José Manuel Pérez Tornero y la sociedad de la distancia como nueva normalidad

Especializado en alfabetización periodística y mediática, el Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona acaba de publicar la primera entrega de un ensayo sobre el confinamiento digital.

Por: Alba Otero y Elena Hita Piera.

La crisis sanitaria originada por el Covid-19 ha cambiado, sin duda, todos los paradigmas de nuestra sociedad, intensificando y sacando a la luz severos problemas que ya formaban parte de nuestras estructuras sociales y culturales. Ahora pertenecemos -aunque probablemente ya lo hacíamos desde hace tiempo- a una sociedad distópica en la que la distancia ha pasado a ser una obligación.

En este sentido, una de las profesiones más afectadas ha sido la del periodismo, a la que llevamos observando años como un barco que naufraga lentamente. Para entender cuál es su deriva, hemos hablado con uno de los periodistas que más apuesta por su regeneración a través de la calidad: José Manuel López Tornero, Catedrático de Periodismo y Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Especializado en la alfabetización periodística y mediática, es actual candidato a presidir Radio Televisión Española (RTVE) y acaba de publicar su último libro La gran mediatización I. El tsunami que expropia nuestras vidas: Del confinamiento digital a la sociedad de la distancia, la primera entrega de un ensayo que estudia cómo los medios digitales, plataformas audiovisuales y redes sociales forman parte de la vida de cada individuo. 

Actualmente nos encontramos ante una avalancha de información que abarca todos los medios y plataformas de comunicación mediática y social. En tu nuevo libro, La Gran Mediatización. El tsunami que expropia nuestras vidas. Del confinamiento digital a la sociedad de la distancia, hablas de la “hipermasificación digital”, ¿cómo ha afectado este concepto tanto a la comunicación personal como global?

Ha sido un tsunami mediático, es decir, un aumento brusco de la intensidad con que los medios actúan en nuestras relaciones, lo que ha producido esta hipermasificación. Hablo de ella porque no es la primera y porque es, tal vez, más sofisticada y compleja que las anteriores. Probablemente, la primera masificación de la historia fue un fenómeno localizado. Se produjo en las grandes ciudades de los primeros imperios. En ellas llegaron a reunirse más de un millón de individuos que experimentaron lo que significaba -en complejidad y dificultad- verse rodeado constantemente de multitudes. Luego, con la revolución industrial y el crecimiento de la población tuvo lugar la segunda masificación, más extendida. Se vivió como una tendencia global que a la larga habría de invertir la proporción de personas que vivían en el campo y en la ciudad. Actualmente somos más de 7.500 millones de personas las que vivimos en el planeta, cuando en los años cincuenta apenas éramos unos 2.500. Y es en este contexto, cuando tiene lugar la hipermasificación, fruto de la masificación física en grandes ciudades, pero producto, sobre todo, de la existencia de una red de conexiones permanentes a través de los medios y de las redes. Su precedente inmediato fue la sociedad de masas que provocaron a mitad del siglo pasado los medios eléctricos de comunicación. Ahora, con los medios digitales estamos en una auténtica hipermasificación.

¿Cuáles son las consecuencias de esta hipermasificación? 

El resultado ha sido la superposición de varias capas de masificación: la de las urbes, que data de tiempo inmemorial, la de la masificación industrial y de la sociedad de masas y la masificación digital y global, mucho más reciente. Cuando surgieron los estudios psicosociales sobre las masas, sus teóricos (Le Bon, Freud, Ortega, Tarde, etc.) dedujeron que las personas se veían influidas por algunas tendencias que aún perviven: una fuerte tendencia a la imitación y a los movimientos compulsivos; pérdida de la individualidad; una emocionalidad que apaga la racionalidad y un sentimiento de pertenencia al grupo que se convierte en una fuerza coercitiva. Hoy en día los efectos son otros. Imitamos como en tiempos de las multitudes, pero no solo a quienes están a nuestro alrededor, sino a personas con las que ni compartimos espacio ni tiempo, que resultan virtuales. Nuestra experiencia es más virtual que real. Perdemos racionalidad en las decisiones, pero no está siendo sustituida por fenómenos psicológicos compulsivos, sino por una maquinaria algorítmica de redes que desconocemos. Somos muy gregarios, pero también muy individualistas y solitarios. Esta masificación, junto a la multiplicación de las máquinas inteligentes, ha cambiado todo: identidades, socialidad y conductas. 

Sin embargo, se ha evidenciado la existencia de una brecha social derivada del aumento de la comunicación digital. Por ello, otro de los conceptos que has utilizado ha sido el de  “sociedad de la distancia”. ¿Estamos a tiempo de transformar las estructuras mediáticas y sociales para revertir las consecuencias negativas de la tecnología?

Hay que destacar que la hipermasificación no es un fenómeno de igualación entre las personas. Esconde un trabajo sistemático de separación y de creciente desigualdad. Hay, por ejemplo, nueve grandes empresas de EEUU y de China que dominan la mayoría de transacciones comerciales del mundo: el consumo de productos, las finanzas, el control de las máquinas, las relaciones sociales o el consumo audiovisual. Apple es la empresa que más dinero ha reunido de la historia y Jim Bezzos, el dueño de Amazon, la persona más rica que ha pisado el planeta nunca. Además, todas estas empresas y plataformas han tejido una red conjunta que, en ocasiones, comparte intereses y abusa de su posición dominante, como han demostrado algunos de los expedientes que les ha abierto la UE. Además, no suelen respetar las reglas fiscales que los demás sí respetamos. Ni las reglas de privacidad y respeto a la intimidad. No hay duda de que constituyen una especie de oligopolio de empresas y personas plutócratas con muchísimo poder. Luego, está el resto de la población. Que en comparación a este núcleo de poderosos no ha dejado de perder peso en los últimos años.   

Esta es la mejor demostración de que la promesa de la globalización y de la sociedad de la información no ha conseguido suprimir barreras. La brecha digital se expande, al igual que la cognitiva, y lo hace a un ritmo exponencial amplificando las diferencias sociales y económicas. Hay que considerar que  la brecha digital es una expresión más de una brecha multidimensional que afecta a los recursos y al poder. 

Asistimos a un nuevo fenómeno de estratificación digital de los individuos, compatible con la profundización del aislamiento individual (confinamiento individual y digital), que va mucho más allá de la potenciación de la vida privada e íntima y se está convirtiendo en un dato esencial de esta nueva sociedad de la distancia que la pandemia nos puede dejar. Tengo la sensación de que la distancia física que nos impone la pandemia, esos dos metros a los que tenemos que mantenernos a distancia de los demás, y el uso de mascarillas, es la mejor metáfora de un distanciamiento digital y moral que se venía produciendo desde hace tiempo. 

En esta línea, en tu artículo “El síndrome de la luz de la farola”, haces referencia a la situación actual en la que se huye de la complejidad de los problemas reales y se proponen soluciones simples. ¿Ha acentuado la pandemia del Covid la crisis de identidad de la prensa y de la sociedad en sí misma? ¿Influye en este aspecto la creación de contenidos carentes de calidad periodística?

Hablo del síndrome de la farola para referirme al hecho de que intentamos resolver los problemas en las zonas y con los métodos que conocemos. Como el que busca la moneda que ha perdido no donde ha caído, sino solo en el estrecho círculo donde ilumina la única farola que hay en la calle.  En realidad, muchos de estos problemas son nuevos y no contamos con mecanismos para resolverlos. En lugar de innovar nos ponemos a trabajar sobre la zona que ilumina la farola. 

En el periodismo ha sucedido algo parecido: puede conservar valores y procedimientos de antes, pero tiene que avanzar mucho. Ante problemas y situaciones nuevas no puede usar ideas-retrovisor que solo ven hacia atrás. Debe innovar, explorar y cambiar, ofreciendo respuestas según el ecosistema mediático en el que vivimos. Tiene que buscar su nueva misión en ofrecer racionalidad y solidaridad a una esfera pública dominada por un movimiento centrípeto de dispersión y fragmentación. ¿Cómo hacerlo? Llevará tiempo descubrirlo. Pero hay que empeñarse y comprometerse en esta nueva tarea.  

La democratización del feudalismo digital puede ser la gran cuestión política del próximo decenio. Y clave. Este fue un tweet bastante interesante en el que mencionaste el término del filósofo coreano Byung Chul-han. ¿Cuál  es el miedo que existe? ¿A qué suceda o a reconocer que lleva años implantado?

Byung Chul-Han es un pensador muy estimulante. Es un escritor que domina el ensayismo breve e incisivo, pero siempre está escribiendo el mismo gran tratado: conservar y revivir los valores humanos en un nuevo contexto de neblina mediática, abordando este problema desde el punto de vista filosófico, cultural, artístico, psicológico y situado, desde mi punto de vista, situado en un cambio político muy profundo. La gran mediatización no ha democratizado la sociedad como se proponían los teóricos de la sociedad de la información, sino que la ha feudalizado, potenciando nuevos señores que realizan sus batallas propias y que nos toman por siervos de gleba. Pues bien, aunque esto resulte extemporáneo, comparar la Edad Media con la actualidad, hay que reconocer que mutatis mutandi hay muchos paralelismos entre las dos épocas. Lo que cambian son las magnitudes y la velocidad de los procesos. Lo que deberíamos hacer es una revolución de los burgos, de las ciudades libres, para conseguir o recuperar, según se mire, la democracia social. Mejoraría la democracia, la ciencia serviría a los ideales humanos, se pacificaría el mundo y se aseguraría el auténtico respeto a cada persona, más allá de discriminaciones, estereotipos y diferencias. Esta es la gran cuestión política que tenemos por delante. El ensayo-río de Chul-Han es una buena fuente para armarse para este desafío político actual.

Con este sistema de convicciones férreas y miedo a lo ajeno, tanto a nivel local como global, ¿por qué es importante destacar la alfabetización mediática y distinguirla de la periodística?

Desde mi punto de vista, cualquier alfabetización es buena por varios motivos: potencia el lenguaje, supone una toma de conciencia sobre el funcionamiento de este y lo transforma, como una especie de ingeniería básica. Asimismo, facilita la adquisición de un mínimo de competencias cívicas que facilitan la autonomía individual y la libertad social. Sin embargo, la alfabetización periodística, que forma parte de la mediática, incluye los medios periodísticos y su lenguaje. Potenciando cualquier dimensión de la alfabetización mediática se mejoran competencias y actitudes críticas que tienen una aplicación multidimensional.

Has afirmado que el fenómeno de las noticias falsas tiene como origen una triple crisis: la de la globalización, la del periodismo de calidad y el deterioro de la esfera pública. Un ejemplo es que, según la consultora Gartner,  para el año 2022  “la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas consumirán más noticias falsas que verdaderas”.

Sí, porque aunque la falsedad y la desinformación han existido siempre, lo que ahora importa es su nuevo contexto, que es global, como nunca antes. Se produce en un momento de debilidad del sistema periodístico, asediado por el monopolio publicitario que ejercen Google y Facebook, y por el hostigamiento de las redes sociales que tienen una política editorial caótica y desordenada. Y porque la esfera pública está perdiendo racionalidad al calentarse en una especie de bipolaridad constante. 

Entre sus objetivos de estudio se encuentran unos aspectos básicos para promover la alfabetización. La ciudadanía se encuentra en un momento de inmersión tecnológica, ¿consideras que se ha dejado influir negativamente socialmente? ¿Cómo crees que se puede o debe promover el pensamiento crítico?

Para pensar hay que hablar y escribir. Y para enriquecer el pensamiento es bueno escuchar, leer y conversar, de manera ordenada, racional y pacífica. Si conseguir estas condiciones resulta difícil hoy en día, el deterioro de la esfera pública está asegurado en el futuro. En gran parte, porque la tecnología está determinando nuestras vidas, cuando debería ser nuestra conciencia compartida públicamente la que gobernara las tecnologías. Por tanto, el pensamiento crítico debe promoverse incentivando el lenguaje, la escritura, la lectura y la conversación entre todos. Tiene que ser el origen de la confrontación de visiones, de ideas, de la argumentación y del afán de descubrimiento. 

En un nuevo sistema de difusión vertical, ¿cómo reformulan los nuevos medios el concepto de ciudadanía? ¿Deberíamos exigir nuevas formas de participación democrática?

Se ha hablado de ciudadanía como un conjunto de derechos y unas capacidades de actuar, algo que conviene llevarlo al campo de los medios. La afirmación de los derechos mediáticos de todos, por ejemplo, el acceso universal a Internet; el derecho al respeto y a la no discrimnación; el derecho a la concordia y a la paz me parece lo fundamental. No habrá democracia si no afirmamos estos nuevos derechos y no podrán alcanzarse si no lo hacemos de forma participativa, cooperativa y solidaria.  

Relativo a la alfabetización mediática, recientemente se ha hablado de cómo las redes sociales pueden ser un portal para difundir noticias o crearlas a través de los formatos que presentan. ¿Cuáles son los retos que se nos plantean a los periodistas para crear contenido de calidad? 

Necesitamos un periodismo más comprometido con los valores humanos y más alejados del show-business. De interés humano real, no de sentimentalismo banal.  Investigador, explorador, con afán de descubrir, explicar y dar a conocer. Más participativo y transparente, menos doctrinario y propagandista. Más profundo, culto y más imbuido del pensamiento científico y de la creatividad de las artes. Un periodismo que sepa contribuir, por todos los medios, a un nuevo discurso sobre lo social y la humanidad, sobre el futuro de nuestro planeta y mucho más comprometido con una nueva ética social. 

Siguiendo la premisa de una cultura participativa donde, en el Estudio de Inteligencia artificial aplicada al periodismo 2019-2020 del Observatorio para la Innovación de los Informativos en la Sociedad Digital (OI2), se explica el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) en el periodismo, ¿crees que habrá una buena implementación de las “máquinas” en las redacciones? ¿Podrá sostenerlo el modelo de negocio que sigue vigente?

Una buena aplicación de las máquinas sería una aplicación transparente, ética, responsable, participativa y democrática. Si no es así, se contribuirá al deterioro del periodismo de calidad y a su precarización. Pero creo firmemente que esto puede hacerse. Me entristece escuchar a quienes no han pensado en esto y se niegan a hacerlo.

El movimiento de noticias masivo ha propiciado que muchos medios de comunicación hayan abusado del clickbait. ¿Cómo se incorporará en la IA?

Creo que ya sabemos, y hay pruebas empíricas de ello, que la obsesión por la métrica y por las audiencias en el periodismo, más allá del umbral obligado y necesario, es un elemento de perversión. Es potenciar el show-business o la propaganda, no el periodismo. En el periodismo de calidad se plantea una reformulación del modelo negocio.

La premisa de E. Thorson plantea que gastar dinero en las redacciones aumenta la calidad, lo que incrementaría la circulación y los ingresos. ¿Se podría crear un modelo circular en la IA? Por su parte, P. Meyer específica que la relación entre calidad periodística y rentabilidad se representa como una campana de Gauss donde, a partir de cierto punto, el coste de aumentar la calidad es mayor que el beneficio. ¿Se podría aplicar esta teoría? A raíz de todo lo planteado, ¿cómo se configuraría un nuevo modelo de negocio para un periodismo de calidad?

El periodismo de calidad necesita muchos más recursos de los que ahora se disponen. Pero esta inversión de recursos, con el actual oligopolio que ejercen las plataformas digitales y las nueve grandes, no revertirá automáticamente en una obtención de recursos. Y mucho menos cuando se trata de negocios que no son globales. Para que esto sea verdad hay que obligar, en primer lugar, a que las grandes plataformas respeten las reglas y no abusen de su posición dominante. Es preciso, también, que paguen impuestos. Y se necesitan legislaciones antitrust

Por eso me parece adecuada la idea de que en ocasiones “a partir de cierto punto el coste de aumentar la calidad es mayor que el beneficio”.  Insisto, luchemos contra el poder de las plataformas y consigamos nuevos modelos de negocio en los que no haya que desdeñar la inversión pública y la contribución cívica. Vayamos más allá del modelo comercial en el periodismo. 

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