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La filmografía de Lars von Trier: retablo de un cineasta maldito (IV)

4.- “Considero a las limitaciones como el aspecto más importante de cualquier forma de arte”. Trilogía U.S.A: Tierra de oportunidades y el documental Las cinco obstrucciones.

El nuevo milenio aparecía y con ello más innovación. D-dag Den færdige film (2001) es un extraño ensayo para la televisión en el que cuatro películas se proyectan simultáneamente; el ejercicio termina por medio del montaje de todos los filmes, creando una unidad narrativa insólita. Dirigida por Lars von Trier, Søren Kragh-Jacobsen, Kristian Levring, Thomas Vinterberg (los cuatro creadores del Dogma-95, firmantes de cada certificado otorgado), la trama gira en torno a un grupo de individuos que pretenden robar un banco durante la noche de año nuevo, mientras todos celebran. Seguimos ante un director que gusta de colaborar con otros colegas, jugando con todas las posibilidades del audiovisual, todavía en la estela que seguía emergiendo del movimiento Dogma-95.

La experimentación y el desafío artístico, siguen siendo medulares en la filmografía de von Trier y en Dogville (2003) está el mejor momento del polémico realizador. Una excéntrica crítica a los valores norteamericanos con decisiones estilísticas arriesgadas; influenciada por la ideología teatral del dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht, Dogville propone un distanciamiento emocional entre filme/espectador, para que la audiencia sea capaz de reflexionar de forma crítica y evitar sumergirse en la ficción, centrándose solo en las ideas y decisiones de los personajes. No estamos hablando propiamente de “filmar teatro”, porque el filme brechtiano de von Trier va mucho más allá de ese planteamiento. Dividida en 9 capítulos y 1 prólogo, Dogville se filmó en un inmenso foro en Suecia, con una puesta en escena desprovista de decorados, utilizando solamente marcas en el piso y algunos props. Un set desnudo donde los personajes deambulan entre sus tribulaciones.

Con un impresionante plano cenital, se nos presenta al pequeño pueblo de Dogville, ubicado en las Montañas Rocosas, junto a una mina de plata abandonada y solo una carretera como acceso y conexión con el mundo. Hay unos groselleros, una tienda, un perro y varios hombres, mujeres y niños que son descritos como seres cordiales con contradicciones comunes. La tranquilidad de la comunidad se ve alterada con la llegada de Grace (Nicole Kidman), una elegante mujer que huye de un pasado violento y misterioso. Los habitantes de Dogville aceptan y protegen a Grace a cambio de trabajos pequeños, pero en la medida de que el peligro se va acercando al pueblo, la protagonista se ve obligada a realizar acciones cada vez más humillantes. La barbarie llegará cuando se descubra quién es en realidad Grace y el subsecuente evento que dejará al triste pueblo de Dogville bajo las cenizas.

Se dice que Lars von Trier escribió el guion de Dogville en cinco horas, mientras se bebía una botella de vodka entera. El profundo conocimiento de la estructura psicológica de la mujer que viene mostrando el danés, revienta aquí en una historia que reivindica otra vez el papel femenino dentro del universo von Trier. Si Dogville significa literalmente “pueblo de perros”, Grace es “gracia”, la gracia que recibe como regalo divino el diminuto pueblo; Grace llega y cambia paulatinamente la vida de los residentes de forma positiva, hasta que éstos, al saberse con el poder suficiente sobre la mujer, deciden aprovecharse de la situación. Para von Trier, la población de Dogville es una recreación de los Estados Unidos con todas sus contradicciones y defectos; un lugar donde incluso los niños enseñan los dientes a la menor provocación. Grace castiga a uno de los insolentes niños golpeándolo, lo que significará el inicio de las hostilidades hacia ella. La violencia, una vez que llega a la trama, se revuelve como monstruo amorfo para no irse más.

Hay en Dogville un narrador en la tersa voz de John Hurt que describe situaciones y acciones de los personajes, como si se tratara de un cuento infantil. Lars von Trier opera la cámara al hombro y se nota muy cerca de sus actores y actrices, haciendo cortes sobre el plano para detenerse, hacer observaciones y seguir filmando; la teatralidad del filme alcanza momentos épicos hacía el final del metraje, cuando el espectador descubre que Grace es hija de un peligroso gánster. La joven y su padre (James Caan) tienen entonces un diálogo con fuerte carga filosófica sobre el perdón, la arrogancia y la culpa. Durante su estancia en Dogville, Grace tiene en Tom (Paul Bettany) a un interés amoroso, primero sincero, después falso y al final, cobarde. La protagonista no dudará en matar de un balazo en la cabeza a Tom, desquitando en ese impacto de forma alegórica a las mujeres martirizadas del tríptico Golden Heart. Grace da un disparo al patriarcado, por que Dogville es, después de todo, una rape revenge movie.

Nicole Kidman venía de filmar Las horas (2002) de Stephen Daldry (premio Oscar como mejor actriz) y Moulin Rouge! (2001) con Baz Luhrmann, un filme que con su desparpajo visual y sonoro, es el lado opuesto al minimalismo de Dogville. Lars von Trier pervierte ese imagen estilizada en rojo que se tenía de la actriz, y la hace arrastrarse por el fango y caminar con una pesada cadena en el cuello. Con rumores obvios de problemas en el set y un rodaje tenso, von Trier puso una cabina en el foro donde los actores entraban a confesarse, momentos que quedaron grabados en Dogville Confessions (2003) insólito documental que da pistas de la complejidad de trabajar bajo la dirección del danés.

Más tarde. con el estreno de Dogville en el Festival de Cannes, von Trier buscaría comprometer a Nicole Kidman como la protagonista de su trilogía; visiblemente incómoda, la actriz decía entre dientes “ya te dije que sí, Lars” en plena conferencia de prensa. Lo cierto es que Kidman, gran interprete desde sus inicios, tiene en Dogville una de sus mejores actuaciones, junto con Ojos bien cerrados (1999) de Stanley Kubrick. Su mirada transmite el desconcierto y el miedo iniciales, para pasar después a la rabia que la hace decir: “Para que el mundo sea un poco mejor, mátenlos y quémenlos”.

Cíclica como la vida misma, y como el cine de von Trier, Dogville termina igual que como arranca, con un plano cenital que ahora muestra las cenizas de la triste historia del lugar; solo queda un personaje con vida y es el perro Moises, la única alma pura, que en un imposible zoom in, rompe la cuarta pared y ladra al espectador, fundiendo la pantalla a negros. Lo que viene a continuación sobre los créditos finales es digno de abordarse porque es aquí donde está el verdadero espíritu provocador del director: decenas de fotos en blanco y negro de la violencia y la miseria de la América profunda, mientras suena de fondo Young Americans (1975) de David Bowie. Decenas de imágenes que muestran un Estados Unidos distinto al glamour de Hollywood o Nueva York, revelando que bajo la capa de perfección, estabilidad y riqueza que USA da al mundo, hay todo un mundo de historias donde las carencias físicas y emocionales, descubren una sociedad hipócrita y egoísta. Lars von Trier fue determinante cuando soltó: “¡Jamás pisaré ese país porque lo desprecio!”.

Experimento con tintes apocalípticos (más tarde llegará Melancolía (2011), donde destruirá el mundo) Dogville es un ejercicio brechtiano intenso que contó con la fotografía de Anthony Dod Mantle y una iluminación sutilmente claroscura, que recuerda a las pinturas de Caravaggio. La música de Antonio Vivaldi predice y remarca desde los primeros fotogramas los desafortunados eventos que se irán desenvolviendo. Dogville es una mezcla exquisita de varias de las bellas artes, con un von Trier atacando desde varios frentes, demostrando la importancia del arte en el vida y dentro de la diégesis donde camina sus personajes. El elenco pone los pelos de punta: Harriet Andersson (referencia viva al cine de Bergman), Chloë Sevigny (Kids (1995) y la perversión de USA, presente), Stellan Skarsgård y Udo Kier (actores ya plenamente vontrier); Patricia Clarkson, Philip Baker Hall, Paul Bettany y James Caan, son leyendas histriónicas que bajo el mando de Lars von Trier se notan diferentes, inquietos, con interpretaciones al límite.

El estilo de la escenografía austera y seca de Dogville es memorable porque regresa la atención del espectador a lo esencial: la psicología y las decisiones de los personajes. Los jump-cuts y los movimientos bruscos de cámara todavía estilo Dogma-95 solo refuerzan el interés por una historia que empieza como cuento infantil y termina como tragedia griega. Lars von Trier lleva al minimalismo extremo el uso de sus recursos para entregar un ejercicio único, que jamás se había visto: un filme plagado de reflexiones, donde la escenografía importa poco. Al director le intrigaba si la experiencia sería suficiente para la audiencia y se encontró, como siempre, con una respuesta que se dividió entre quien aplaudió el experimento y quien lo tachó de pedante y falso visionario.

Dogville es posiblemente la obra maestra del cineasta, la película por la que será recordado y la que es hoy en día, motivo de interesantes análisis en las escuelas de cine del mundo entero. La cinta participó en la selección oficial del Festival de Cannes de 2003, pero aunque no ganó ningún premio, terminó llevándose mucho más: meterse de lleno en la memoria colectiva de miles de cinéfilos en el mundo, como un experimento extraño pero fascinante, con su discurso sobre la feminidad y la tragedia que empapan un filme de 177 minutos, siendo sólo el principio de un proyecto más grande.


El director danés Jørgen Leth filmó a finales de los años 60 un cortometraje llamado El Humano Perfecto (1967), un filme en blanco y negro en el que por medio de planos fijos y voz en off, se describe la naturaleza humana desnudando introspectivamente a un hombre y una mujer. El corto apenas alcanza los 13 minutos, pero es uno de los filmes favoritos de Lars von Trier, quien, empecinado en “obstruir”, experimentar y auto imponerse reglas en cada nuevo trabajo, propone a Jørgen Leth (su mentor y amigo) realizar cinco versiones nuevas de El Humano Perfecto. Las cinco obstrucciones (2003) es un documental que atraviesa el ensayo, la comedia y las dificultades de la realización cinematográfica, con un von Trier retando y llevando al límite al veterano cineasta Leth.

La obstrucción 1 obliga a filmar en Cuba, sin decorados y cada plano con una duración de 12 cuadros; la segunda marca que debe filmarse en Bombay, en el lugar más miserable posible y Jørgen Leth debe actuar ante la cámara; la obstrucción 3 será con total libertad, sin exigencias; la cuarta deberá ser un remake animado, al estilo de Waking Life (2001) de Richard Linklater; pero la quinta obstrucción es una sorpresa y es la que termina dando sentido al filme entero, un emotivo homenaje a Leth con Lars von Trier detrás de la cámara y el montaje, haciendo la versión final del experimento. Las cinco obstrucciones buscaba desde su génesis un objetivo más fuerte: sacar a Jørgen Leth de una brutal depresión.

Y es que el extraño documental tiene sus mejores momentos en las largas charlas creativas que tienen ambos realizadores; uno exige y el otro acepta al principio, aunque esa camaradería se va desgastando en una tensión latente entre cineastas, al irse haciendo más complejas las obstrucciones. En la segunda versión en Bombay, Jørgen Leth debe acercarse peligrosamente a la porno miseria cuando deba comer un gran banquete en medio de la miseria y mugre de esa ciudad de la India. Leth se muestra incómodo ante las exigencias, mientras von Trier se divierte con las ocurrencias que propone. En la obstrucción 3, pese a darle total libertad al veterano director de rehacer su corto, Leth dice inesperadamente “necesitar agarrarse de alguna regla”, por la dificultad que le representa la libertad creativa absoluta. No obstante, Jørgen Leth entrega un trabajo impecable, rodado en Bruselas, que demuestra su capacidad y compromiso con el experimento de su loco amigo Lars von Trier.
Una de las grandes virtudes de Las cinco obstrucciones es haber acercado al público internacional el trabajo del director Jørgen Leth, creador de documentales de culto, que, en el ejercicio que nos ocupa, termina codirigiendo junto a von Trier. Si bien a estas alturas los rodajes con Lars ya tienen fama de caóticos y cerrados, este documental de 90 minutos da cuenta clara de la terquedad y el fastidio que podía generar el implacable director de Los idiotas. Leth por lo menos en dos ocasiones está a punto de explotar y dejarlo todo en el bizarro ensayo propuesto con von Trier; el filme va intercalando las conversaciones rodadas al estilo Dogma-95, la reflexiones de ambos directores y cada uno de los 5 cortos presentados, lo que lo vuelve un trabajo insólito. La importancia e influencia del arte en la vida, aquí se revela y muta en una “terapia” para el veterano Leth, quien es sacado del infierno de la depresión gracias a las ocurrencias de ese otro director danés.


Flashback. Antes de filmar Dogville, Lars von Trier filmó un pequeño corto de 6 minutos titulado Dogville: The Pilot (2003), para experimentar y establecer las condiciones estéticas de su trilogía U.S.A: Tierra de oportunidades, esquema que buscaba explorar la historia y los intrínsecos usos y costumbres norteamericanos. Tras el éxito de la primera parte, von Trier trabajó en el segundo episodio que tendría como título Manderlay (2005), que resultaría la única secuela directa para cine en su filmografía. Fin del flashback.
Tras los trágicos acontecimientos en Dogville, Grace (ahora en la piel de Bryce Dallas Howard) y su padre (ahora, Willem Dafoe) viajan acompañados de su séquito de matones por Alabama, al sur de los Estados Unidos, cuando se encuentran con una siniestra plantación de algodón de nombre Manderlay, donde hay esclavitud y segregación racial. Grace, empeñada en la posibilidad de igualdad y democracia como elementos de vida, decide quedarse un tiempo en el lugar para gestionar cambios de fondo, con desafortunados resultados que le explotan en sus manos.

Sin la sorpresa inicial de la puesta en escena de Dogville y los radicales cambios en el elenco, se podría pensar que Manderlay es un filme gris o incluso, repetitivo. Sin embargo, tiene sus propias virtudes y para algunos puede ser mejor que su antecesora. Lars von Trier aquí despliega un discurso político/social sobre esclavitud y democracia, dos piedras en el zapato de la sociedad norteamericana. Manderlay llega a sentirse como una especie de proto-reality show, con una cámara al hombro que espía a los personajes, mientras sus acciones generan conflictos y pasan de víctimas a verdugos conforme la barbarie se acerca nuevamente, como un monstruo voraz.

La teatralidad está presente incluso más que en Dogville, una propuesta de teatro dialéctico distanciado de la ficción, que provoca invariablemente, una aproximación a las emociones. Manderlay se divide en 8 capítulos que cuestionan a una sociedad que ha permitido a lo largo del tiempo situaciones tan lamentables como la segregación y la esclavitud, decidida solamente por el color de piel. Las bases sobre las que se estableció la nación más poderosa del mundo no son siempre las más nobles. El cineasta danés nunca ha pisado suelo estadounidense, pero desde niño hojeaba libros con la historia norteamericana; von Trier utiliza Manderlay para dilapidar los valores y la hipocresía de USA, además de diseccionar las contradicciones de la naturaleza humana, siempre hipnotizada por el poder, la violencia y la sexualidad.

La tiza en el piso, la voz de John Hurt, la fotografía de Anthony Dod Mantle, lo brechtiano y von Trier operando la cámara, son elementos que siguen presentes en esta segunda parte de la trilogía, pero innegablemente, sobresale el cambio de actriz en el papel principal. Nicole Kidman se encontraba ocupada filmando con el director británico Jonathan Glazer esa joya llamada Birth (2004), por lo que los tiempos se fueron alargando y complicando. Si Kidman se negó por compromisos laborales o por la nueva pesadilla que representaba estar bajo la dirección de von Trier otra vez, será una cuestión que quedará en el aire para siempre.

La realidad fue que se fichó a la actriz californiana Bryce Dallas Howard, hija por cierto, del director estadounidense ganador del Oscar por el filme A Beautiful Mind (2001), Ron Howard. Dan escalofríos el pensar qué le pudo decir su padre a la joven Bryce cuando le avisó que trabajaría con Lars von Trier; el contraste es inmenso, mientras Howard es un director convencional cercano a lo clásico, el danés y su cine subversivo suelen ser atemorizantes para muchos. Bryce Dallas Howard seguro encontró un reto importante en Manderlay y no dudó en subirse al barco; la actriz, en ese momento solo había participado como extra en filmes de su padre y tuvo un debut soñado protagonizando The Village (2004), de M. Night Shyamalan.

Bryce Dallas Howard se entrega en un papel que muta en intensidad, sin dejar de pasar por secuencias rasposas, con alto contenido sexual. Su rango histriónico le permite ir de una delicadeza inicial hasta una rabia apoteósica. Manderlay es uno de esos filmes de los que se ha hablado más de lo que sucede alrededor de la película que de la cinta misma. Terco en impregnar de surrealismo el set, y como evidente homenaje a Andréi Tarkovski, Lars von Trier decidió incluir en la trama de Manderlay a un burro. El animal, en un momento determinado de la historia, es atacado para ser devorado por los personajes.

La cuestión, es que el burro fue realmente asesinado en el set, lo que provocó que se recibieran más de 300 cartas de activistas de los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Dinamarca, quejándose por la acción y pidiendo respeto por la vida de los animales. Zentropa salió con un comunicado para anunciar que la escena sería eliminada; von Trier trató de apagar el fuego diciendo que era un burro enfermo que de todas formas iba a ser sacrificado y que la muerte del animal había sido en nombre del arte, subrayando que era más importante el discurso político y social de su película que la muerte del asno. Desde luego que estos comentarios solo avivaron el repudio contra el director y el proyecto, quien terminó el episodio declarando que la intención en cada filme rodado es provocarse él mismo, ir al límite.

Con 139 minutos de duración, Manderlay participó en la selección oficial del Festival de Cine de Cannes en 2005, cosechando más polémica que preseas. Si bien von Trier sigue proponiendo y tocando temas de alto impacto, el filme hinca los dientes nuevamente en la miseria de una Norteamérica que nadie quiere ver: el siniestro epílogo con cientos de fotos en blanco y negro musicalizado con Young Americans de Bowie vuelve a aparecer, con la muerte, la esclavitud y el abuso ahora como banderas. Luego de ver a Grace atravesar el mapa de los Estados Unidos en un plano cenital, tras abandonar y huir ahora de Manderlay, lo que el espectador encuentra es que la protagonista se acerca peligrosamente a un lugar llamado Washington, el epicentro político norteamericano.

En la conferencia de prensa en Cannes, al presentar Manderlay ante la prensa escandinava, Lars von Trier habló de lo que sería la tercera entrega de su trilogía U.S.A: Tierra de oportunidades. Muy seguro de sí mismo, en su mejor momento físico y mental antes de la depresión que lo alcanzaría meses después, von Trier asegura que para Washington (nombre oficial del posible filme) ya tenía la aprobación de Nicole Kidman y Bryce Dallas Howard para incorporarse al proyecto, en una trama en la que ellas se desenvolverían como hermanas, algo al estilo del Marqués de Sade y sus Justine y Juliette. Sin embargo, el director confiesa que lo que tiene escrito es una basura y que quizá el tercer capítulo nunca se filme; Lars dice amar los proyectos inconclusos y que en ese momento, su próximo filme será una película Dogma.

La conferencia de prensa de Manderlay es en sí memorable tanto en información recabada como en elementos estéticos; el video de 27 minutos pasa casi como una cinta Dogma-95, con los bruscos movimientos de cámara, los periodistas y el director hablando en danés, severos jump-cuts y los colores claros de la ropa contrastando con el verde de la naturaleza. El evento resulta divertido porque von Trier responde con seguridad y soltura ante su prensa escandinava, en el festival que lo abraza siempre, filme tras filme. Estamos ante un momento irrepetible, por los tiempos oscuros que están por llegar.


En los 128 años de vida que tiene el cine, si tuviéramos que referirnos de forma simbólica a un Dios de la cinematografía, y se mencionara, por ejemplo, a Stanley Kubrick, con su simetría y luminosidad, (podría ser Bergman, Tarkovski o Hitchcock también) la contraparte sin duda sería Lars von Trier, como un demonio que filma desde el infierno. Al igual que Arthur Rimbaud, Charles Bukowski, Charles Baudelaire y el Marqués de Sade, el danés busca los temas en el lado oscuro de la naturaleza humana, lo que lo convierte en un poeta maldito más, el último. Dogville, Manderlay y Washington, como una trilogía inconclusa, pero innegablemente trascendente, sorprende por su estética y el manejo de los temas que obsesionan a su autor.

Lars von Trier, a punto de caer en un abismo depresivo del que solo podrá salir por medio de la catarsis que provoca el proceso creativo, sigue afilando sus dientes para abordar la feminidad, la tragedia y la dicotomía del bien/mal con filmes atiborrados de elementos artísticos que nos recuerdan justamente para lo que sirve el arte: provocar la reflexión intelectual por medio de la incomodidad y el goce de exponerse a una obra artística.

Por Armando Navarro Rodríguez

Periodista. Cinéfilo y lector empedernido. Escribe sobre cine, arte y literatura.

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