La literatura es una frontera que siempre nos está pidiendo saltar obstáculos: José Agustín Solórzano

Tras el encuentro de dos viejos camaradas del bachillerato, los destinos de un ambicioso escritor, un fotorreportero necrófilo y un narcopolítico se entrecruzan en el sórdido camino mexicano, lo que dará lugar a una historia sobre la violencia en el país, pero también a un diálogo muy polémico y cruento entre los quehaceres literario, periodístico, político y delincuencial.

Se trata de la novela Taller de literatura (Fondo de Cultura Económica, 2023), de José Agustín Solórzano, en la que el periodista Rodrigo Salamanca se anima a aprender literatura con un antiguo compañero, Arturo Romero, quien busca algún contacto para indagar al crimen organizado y la política desde dentro, lo que da lugar a una insólita aventura en la que se mezclan la muerte, el humor, la violencia y las letras.

“El escritor de hoy vive encerrado en sí mismo, mira el mundo pero para adentro, como un trozo de mierda que quiere sacarse del cuerpo, puro estreñido la hace de literato hoy día. Usted es igual, Arturo. Para qué quiere hacer una novela sobre el narco en México, ¿de verdad pienso que su libro cambiaría algo, que mejoraría nuestro país? No lo creo”, le dice el narcodiputado Rubén Camargo al ambicioso escritor Romero.

Sobre esa novela conversamos con Solórzano (Valle de Santiago, Guanajuato, 1987), autor de al menos nueve libros. Ha obtenido los premios de Poesía Carlos Eduardo Turón y Regional de Literatura para Niñas y Niños del Instituto de Cultura de Guanajuato, ambos en 2015, y el de Ensayo María Zambrano en 2016. En 2022 ganó el Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón, además del Nacional de Novela Joven José Revueltas, este último por Taller de literatura.

¿Por qué hoy una novela como la tuya, la historia de un fotorreportero que se reencuentra con condiscípulo que es escritor, en un contexto de violencia y delincuencia organizada? Ello, también tomando en cuenta lo que dice Arturo Romero acerca de la literatura, el consumo y la trascendencia.

Primero, es una necesidad primaria mía, personal, de escribir sobre mis inquietudes y acerca de lo que me interesa. Ya después viene una necesidad externa de evidenciar una realidad y también de conmover al lector.

Es una historia que yo quería contar, y traía la inquietud de estos personajes, el contexto; segundo, que creo que es importante también que la gente lea este tipo de historias que te confrontan, que te ponen ante una realidad que a veces tratamos de evitar (me incluyo). Por otro lado, también que podamos tener lectores que nos atrevamos a leer algo diferente a lo que comúnmente nos acercamos y que, además, sea disfrutable, porque también hay mucha literatura que es diferente pero que te exige cierta disciplina al momento de leerla.

Yo quise hacer un libro no muy complejo, que pudiera leerse por el simple hecho de continuar para ver qué sigue en la historia.

Hay mucha realidad, pero también mucho humor en la novela, como, por ejemplo, lo que dice Arturo Romero sobre que el escritor es priista, católico guadalupano y busca vender libros, no trascender. También me llamó mucho la atención el capítulo llamado “Premisa”, con el verbo, el antiverbo, la diosa gramática, muy juguetón pero con muchos asideros en la realidad. ¿Qué nos dices de este aspecto de la novela?

La publicación de la novela ha traído muchas sorpresas; una de ellas es ese capítulo, el de la premisa, que no estaba planeado. Es algo que en un momento escribí, y cuando estaba desarrollando la novela me pareció interesante colocarlo y darle algunos toques.

Cuando escribí la novela y la revisamos con más gente, todos me decían que estaba de más, que no tenía que ver, y yo dije: no, se mantiene porque lo quiero tener ahí. Muchos otros lectores, en presentaciones, en mensajes, me han dicho que esa parte está muy padre, que le da sustento al estilo, etcétera. Se me hace muy interesante cómo las cosas para unos pueden parecer la basurita y para otros el diamantito.

Lo otro: Arturo es un personaje que, en lo personal, me parece aberrante: yo no tendría amistad ni siquiera lejana con una persona así. Es el conglomerado de todos los vicios que puede tener un escritor; sin embargo, hay muchas cosas de él que yo también he pensado. Él es un personaje desfachatado, rastrero, lo que le permite hablar así y decir cosas que muchos no se atreven a pronunciar. Por eso en esa parte dice (y en eso estoy de acuerdo): nos convencemos o nos autoconvencemos como escritores de que vivimos para trascender, de que “ya ves que a Kafka después lo hicieron famoso, a Joyce también y no sé qué”. Entonces desde allí comenzamos a vivir una vida de miseria y de “algún día”, que es un poco esta moral católica de que en el cielo vas a tener tu recompensa. Pero Arturo dice: “No, la recompensa es aquí. Si tienes que escribir basura, escríbela, pero consigue algo a cambio”.

Eso, a la vez que es una realidad, es una evidencia del medio literario. Actualmente nos han acostumbrado (me incluyo) a que, si quieres publicar, si quieres que te lean, pues tienes que competir por becas, por premios, por todo. Entonces te vuelven un carácter (sobre todo a los escritores que sólo se dedican a escribir) como el del perro que está encerrado y que, si avientan un pedacito de carne, pues se va a lanzar por ella muerda a quien tenga que morder.

Eso es un poco lo que quise mostrar con Arturo en ese contexto. Sí es mucha realidad lo que dice, pero se puede dar ese lujo de decirlo porque es un personaje que está hecho para eso.

Es muy interesante porque parece ser el más duro de todos, pero termina por ser el más ingenuo. Vamos sobre la vertiente del periodismo de Rodrigo Salamanca, con una visión también muy severa, por ejemplo, cuando lo llama su jefe de redacción para decirle que cómo hacer bien un trabajo que puede hacerse mal, y añade: los consumidores de basura pagan por basura. Es una crítica fuerte.

Salamanca es el protagonista. Yo también estuve en medios un tiempo, seis años en oficina, y me tocó conocer ese ambiente. Obviamente, hay muchas diferencias en los medios; a mí me tocó estar en un par de periódicos, vi eso y es la realidad a veces, más ahora que la gente ya no lee ni los digitales: nos conformamos con leer la cabeza que nos muestran cuando vamos dando scroll al Facebook y al Twitter. Si la cabeza te dice mentiras y lo de adentro otra cosa, ni cuenta te das; te puede decir: “Encontraron agua en Marte”, no lo abres y tal vez era la broma del Día de los Inocentes, pero ya lo compartiste.

Es un poco entender que, al medio, a los que ganan dinero, que son los directivos y todos ellos, pues no le interesa lo que escribas, sino lo que quiere es que le des un gancho para que la gente haga clic y le muestren la publicidad, hablando de medios digitales. En medios impresos con más razón: quiero que mi periódico se venda porque ya me pagó el gobernador del estado para que su nota vaya en la portada; me valen madre la nota roja y lo que pongas; o sea, haz como que escribiste y ya.

Es un poco eso también, en general; además, no se le tira a este enemigo invisible que es la ignorancia de todos y en la que todos estamos conformados, y vicios en los que estamos participando porque el periódico te vende basura, pero tú participas de eso al compartir notas sin haberlas leído y al no consumir notas y crónicas de reporteros que están haciendo su trabajo. Todos somos parte del problema, realmente.

Está muy acorde con la realidad tu libro, hoy que se habla de las elecciones. En ese sentido, ¿cuál es la diferencia que debe haber en el tratamiento de estos problemas por parte de la literatura y del periodismo? En la novela el reportero Salamanca se imagina: él es la frontera y el escritor Arturo el puente.

Eso es interesante porque cuando hice esa analogía me refería directamente al personaje: como persona Arturo es más como alguien que se quiere quedar todo para él, como una frontera, y el otro es más como un puente que alguien quiere cruzar.

Pero hay personas que llevan más allá la analogía y dicen: es que la literatura es la frontera y el periodismo el puente. Es una buena lectura, pero es algo que no escribí de manera consciente, aunque es interesante. Si me preguntaras como lector y no como autor, pues sí tiene que ver mucho: la literatura es una frontera que siempre nos está pidiendo saltar ciertos obstáculos para llegar a ella, desde físicos, como decir “es que la librería está lejos” o “es muy caro comprar libros”, hasta intelectuales, como saber que implica un esfuerzo mental mayor la lectura de un libro que la de una serie de Netflix.

También tenemos que emplear el periodismo en un sentido que no sólo es el del periódico impreso o de las notas, sino también la manera en que se comunica la información de una manera masiva, y que siempre es más como un puente. Pero ahora, a veces, la gente ya ni cruza el puente: ya nada más ve el otro lado y se imagina.

Es muy complejo; yo creo que habría material que nos daría para un ensayo o un libro acerca de esas confrontaciones y de esas diferencias entre la literatura y el periodismo. Pero sí es muy interesante esa lectura que hacen, sobre todo por el final de la historia., aunque yo nunca pensé en eso.

El libro es más de los lectores en el momento que sale y cualquier interpretación es válida porque es un diálogo con el lector.

También me llamaron la atención las referencias clásicas que haces en la novela: los muertos son como dioses griegos, una banda se llaman los Troyanos y el discurso final del diputado narco se basa en La Ilíada. ¿Cómo introducir esas referencias en este mundo tan sórdido como el que describes en la novela?

Siempre me ha gustado la intertextualidad, el diálogo entre una obra y otra, y La Ilíada siempre me ha parecido una gran pieza; Homero es un personaje muy interesante del que he dicho que todo ya lo hizo él: volvemos a La Ilíada, a La Odisea, y siempre es la misma historia, pero contada de diferente manera porque se trata de amor, de venganza, de violencia, de una guerra.

Partiendo de eso, quise hacerlo muy evidente. Siento que el intertexto siempre le da una robustez a la literatura, hace que la gente diga “¡ahh!”. Los que la han leído dicen: “¡Ah, mira, qué padre!”. Y es cierto porque es como una guerra, como las floridas o la troyana, y también estos dioses que siguen presentes con nosotros, pero ahora de maneras diferentes.

Eso le da ese saborcito a la literatura; siempre me ha parecido que una novela que refiere a otras obras y dialoga con ellas (no sólo que las refiera, lo que puede ser una nota a pie de página) es lo que la hace más robusta y le da un sabor más interesante, además de que también puede ser como legitimarte un poquito como autor.

Por ese lado, siempre lo comento en los talleres que imparto: es parte de legitimarte entender o darle a entender al lector que no eres cualquier escritor, sino que también has leído, que también estás trabajando en tu gramática y en la construcción de estilo, que no nada más estás poniendo “güey” por ponerlo. 

Sobre el intertexto y el diálogo que mencionas, hay otro personaje en la novela que es Aquiles, quien se cree Goku, guerrero sayaijín de Dragon Ball. ¿Cómo integraste esto en la novela?

Es el mismo caso de La Ilíada: es otro intertexto, otro diálogo. Es una obra de otro tipo, mucho más contemporánea, que para quienes crecimos en los años 90 marcó nuestra infancia y la forma (es algo que a veces olvidamos) en que percibimos la realidad. Lo que se lee, que en la infancia pueden ser caricaturas, también te educa.

Presentó un personaje como Aquiles, que lo único que tenía en su casa era eso y cuya cosmogonía era esa; además, tiene un ligero retraso mental que le impide diferenciar esa ficción de la realidad. Es este personaje quijotesco que cambia las novelas de caballería, pero con una nueva épica.

Es muy divertido; lo hice porque quería recobrar esa épica de mi infancia, pero también porque creí que era interesante ver cómo te puedes sentir hasta culpable de reírte de lo que está sucediendo.

La verdad, a mí en lo particular es el personaje que más me gusta, con el que siento cierta afinidad; sin embargo, es un personaje brutal, que no se tienta el corazón para hacer cosas terribles. Esa es un poco la idea: que en un momento digas como lector: “Me estoy riendo de esto, pero es como cuando me río de un chiste de humor negro”, y a veces dices: “Me da risa, pero me la voy a aguantar”.

La novela también es sobre la muerte: empieza y acaba con ella, e incluso el fotorreportero es un necrófilo. ¿Hay cierta estetización de la muerte, de los occisos?

Sí, era un poco jugar desde esa mirada distorsionada de Rodrigo, de esos hechos que suceden mucho en México desde esa otra óptica. Es como estetizar esta crueldad, esta violencia que está sucediendo en nuestro país. Hay un feminicidio y Rodrigo lo ve de una manera en la que comúnmente no se observaría: el cadáver para él es una escultura, y justifica su necrofilia a partir de disertaciones raras.

La idea era ver esta ola de violencia que está sucediendo, pero desde la mirada de alguien que la ve como algo hermoso.

Otra parte que me gustó mucho fue la de la entrevista, el encuentro entre el escritor y un diputado narco, un hombre poderoso, pero también culto y capaz de hablar de literatura. ¿Cómo construiste este personaje?

Es un ejercicio literario; el personaje como tal es un poco cliché. Antes de que entre en ese capítulo, es el personaje cliché del narcopolítico: una persona con poder político pero que está involucrado con el crimen organizado y que maneja ciertos hilos. Es el personaje de la novela negra y de las series.

Pero en el momento en que le di la esfera de personalidad e incluso de su lenguaje en ese capítulo fue interesante, y me gustó porque lo que hice fue como pasar ideas ensayísticas, de confrontar a la política con la literatura, pero ponerlo en la voz de alguien. Tenemos la idea de que la literatura es algo elevado, prístino, donde hay luz, bondad y cultura, y que la política es todo lo contrario: que es rapaz, oscura, que solamente es por el dinero y el poder.

Pero hay casos en las que las pones a la par, y el político le dice al escritor: “Tú no eres tan diferente a mí. Los literatos ya no son más que lo mismo que nosotros”. Hay un fragmento que describe esto y también al personaje de Arturo: le dice que si es necesario él podría echarse mierda sólo para que las moscas se acercaran, porque es como buscar siempre la aprobación y el aplauso.

Se me hace muy interesante, pero es más como un discurso ensayístico que encajo en la voz de este personaje y le doy toda una personalidad.

Me han dicho que es ficción porque no hay políticos así; no conozco muchos, pero creo que podrían ser. Pero creo que podría ser: no creo que todos los políticos sean tan tontos.

Sobre el poder de la literatura hay dos posiciones encontradas en la novela: una que la sobrestima, que es la de Arturo Romero, que le llega a decir a Salamanca que no lo van a matar porque es escritor y, mejor aún, porque es amigo de un escritor. La otra es la del narcodiputado, que le dice socarronamente que si cree que con sus textos va a mejorar el país. ¿Cuál es el poder de la literatura e incluso del periodismo en estos contextos?

De cierta manera sobrestimamos el poder de la literatura y del arte, pero creo que también lo subestimamos; suena contradictorio, pero es así. Lo sobrestimamos en el sentido de que creemos que podemos cambiar el mundo con el arte, y sí, pero no creo que lo haga una sola persona con un solo libro en un solo momento: es un proceso que lleva años y siglos tal vez. Ahora, por decir algo, yo no puedo negar que El Quijote cambió el mundo, pero lo digo 500 años después de su publicación.

Yo le digo a la gente: “Todos leímos El Quijote”, y me dicen: “Yo no lo he leído”. Les digo que sí porque ya es parte de su cultura, ya lo ubican, saben quién es Sancho, etc. Les comento: “Cambió tu vida sin que tú te dieras cuenta; incluso antes de nacer el Quijote ya estaba en tu ADN cultural”.

Claro que la literatura puede cambiar el mundo, pero decir que yo, haciéndola en este momento, puedo hacerlo, es sobrestimar: no lo voy a hacer, y si quiero creerlo así, me voy a frustrar y moriré siendo un mediocre.

Esa es la contradicción: la obra puede trascender y cambiar el mundo, y no me voy a enterar. Es muy rara una obra que lo haga, y si lo hace es por un contexto que no tiene que ver directamente con lo literario o lo artístico, sino porque ya había mucho poder político detrás o una economía que requería de ese momento y muchas otras cosas.

El mundo es mucho más complejo de lo que los artistas lo vemos, pero a veces nos la creemos y decimos como Arturo: “Ah, sí, yo voy a cambiar el panorama”, ya no digamos del mundo, sino sólo del literario.

En su discurso el narcodiputado dice: trabajamos con los mismos elementos que los literatos, pero con una diferencia: nosotros buscamos la mentira a través de la verdad, y los escritores buscan la verdad a través de la mentira. ¿Qué tanto hay de cierto en ello?

Es completamente cierto, sobre todo si lo vemos de una manera más analógica: el político, incluso el buen político (el que no es tranza, que no está buscando sólo su beneficio) tiene que mentir, idealizar el mundo; tiene que decir: “En seis años, cuando esto acabe, va a ser un mejor país, va a haber esto y lo otro”. Es una mentira, una idealización de algo que sabe que no va a suceder, pero tiene que vender esa mentira para ganar el voto.

El escritor está al revés: el lector sabe que es una mentira lo que está leyendo, pero quiere creérselo como una verdad. Es un poco esa analogía.

Hay una parte donde Romero le dice a Salamanca que tiene que pensar, entre otros asuntos, quién es su lector. ¿Cómo te imaginaste al lector de Taller de literatura?

Desde hace tiempo cuando escribo sí me planteo un lector ideal, y para no complicarme, mi lector ideal fue alguien como yo, que le gustara lo que me gusta leer. Pensé en mí, en qué me gustaría leer si yo estuviera comprando el libro. Espero que haya más yoes que les gustara esto.

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