Transmodernidad en el Palacio Postal de la Ciudad de México

Un estudio sobre el Palacio Postal o Quinta Casa de Correos de la Ciudad de México nos muestra la validez que posee un análisis transmoderno, mediante el cual se dibujan los trazos de la repercusión política en el ámbito social y urbano.

Como bien plantea la transmodernidad, los conceptos han perdido legitimidad en tanto no dan cuenta de gramáticas periféricas. De ahí la necesidad de hacerlo a través de la descripción crítica del desarrollo espacial de las ciudades latinoamericanas.

Por lo tanto, bajo este esquema, el discurso hegemónico se establece como fruto de la dicotomía entre el campo y la ciudad. Allí, donde la gestión política da cuenta de un proceso de legitimación que se materializa por medio de la arquitectura, misma que funciona como una condición de posibilidad para pensar la transmodernidad mexicana.

Es así que el contexto cobra vida críticamente; ya no es un pensar abstracto ni un mirar nostálgico. Es la fijación de un modelo concreto dentro del ámbito público. El Palacio Postal es, sin duda, un ejemplo claro y al mismo tiempo paradigmático que cumple con todo lo dicho anteriormente, asemejándose en el inconsciente colectivo a la novela del Palacio de los Sueños de Ismaíl Kadaré, donde cada sueño era sometido rigurosamente a una inspección.

Revisión que sin duda, pudo haberse dado en el porfiriato de una manera similar, pues el gobierno mexicano, a principios del siglo XX, precisaba de un lugar físico que pudiera servir de punto político estratégico. Función que el servicio postal comenzó a realizar después de que se terminó la construcción del recinto en 1907, gracias a un trabajo que pretendía subsanar los problemas de comunicación que resultaban de los particulares y sus crecientes inversiones. 

II. Breve historia de la Quinta Casa de Correos

Su construcción se inicia en el año 1902, en lo que por entonces era la Ciudad de México, cuando el discurso político, en otras palabras, se legitimaba en el espacio urbano. La Quinta comenzaba a convertirse en una institución pública, “aparato de vigilancia” 1 diríamos hoy en día, cuya “microfísica del poder”2 se concretó en una superficie de 3, 730 m². Sitio donde se ubicaba anteriormente el Hospital de Terceros Franciscanos. Aquí, a diferencia de Bellas Artes, Adamo Boari logrará un propósito arquitectónico singular, pues su diseño se construirá con la ayuda del ingeniero Gonzalo Garita. 

Y es que los primeros pasos de una modernidad tardía no se rastrean en México en las diatribas peyorativas de los políticos porfiristas. La verdadera incorporación de México se da en la arquitectura. Artesanos mexicanos dándole forma al Palacio Postal, mientras trabajan con materiales traídos desde el viejo continente y Estados Unidos. 

Aquí el eclecticismo no se queda en una mera renuncia a los postulados previos, aquí se fusiona con el gótico isabelino y la presencia inmanente del plateresco. Junto con el cuidado artesanal al que fuera sometida la cantera blanca en su exterior, cuyo trabajo traído desde Pachuca luce impresionante. El  “interés comunitario geográficamente fragmentado” 3 se percibe claramente. Al interior, sin embargo, la situación cambia drásticamente. El espacio funciona en relación ahora con la habitabilidad, los ornamentos que van desde el mármol hasta la herrería de bronce dorado traída desde Florencia nos muestran la pretensión por solidificar un discurso político. De nuevo América Latina y Europa, México y la épica histórica. La emergencia transmoderna se cumple en la medida en que se va estudiando la obra en su plenitud.

El recubrimiento de columnas esconde al hierro que soporta el edificio; pese a su semejanza con el mármol, no es otra cosa que yeso bajo el tratado de una técnica depurada denominada escayola, la cual es el ejemplo, también, de la superficialidad en el discurso del Gral. Díaz: un buen gobierno que esconde el juego político que establece dentro de su propio séquito.

Todo aparece objetivamente allí. Desde la marquesina que nos recibe, cuyo nombre verdadero es pan coupé, pues la denominación se da en función de la demanda ideológica que ponderaba la burguesía nacional, ya que comúnmente se le conoce como chaflán.  Hasta los dragones de las fachadas, que miran desde diversos ángulos a la sociedad capitalina, se preguntan, como si no lo creyeran, quiénes son aquéllos que pasan, pues ayer fueron soldados de Juárez, combatientes de Mariano Escobedo, y ahora desempeñan un papel de espectadores en La Ciudad de los Palacios. El domo, por último, recubre el ornamento, mostrándonos que así se legítima un discurso. 

No hay duda, tenía razón Fredric Jameson: los “elementos arquitectónicos”4 son el hilo textual que nos permite dar cuenta del análisis crítico. Se puede concluir que la Ciudad de México es también un sujeto histórico y un proyecto inacabado, un testimonio filosófico que emerge desde la periferia de la modernidad para acentuar una narrativa distinta, cuyas consecuencias plantean un discurso que vendrá a cimentar la narrativa política que conocemos hoy en día.

  1. [1] Cfr. Michel Foucault, Defender la sociedad, Argentina, FCE, 2014. ↩︎
  2. [2] Cfr. Michel Foucault, Vigilar y Castigar, Argentina, Siglo XXI, 2003. ↩︎
  3. [3] David Harvey,  Espacios de Esperanza, España, Ed. Akal, 2009. Pág. 56. ↩︎
  4. [4] Véase Fréderic Jameson, Postmodernism, or the cultural logic of late capitalism, USA, Duke University Press, 1992. ↩︎

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *