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La otra mirada

Cuando el día llegue y no tenga más remedio que dejarla ir, lloverá en la ciudad a cántaros, como hoy siguen lloviendo los recuerdos en mi alma.

El confinamiento durante los domingos ha cesado, al menos por ahora. Son las nueve de la mañana y me despierto recién, luego de una semana ajetreada. La inmensa alfombra gris que es el cielo cede sigilosamente a breves rayos de sol. Es una epifanía. 

Las horas se me escapan de las manos y el mediodía se levanta mirándome de reojo. 

Almuerzo. 

Los minutos transcurren, posiblemente media hora, quizá menos, la hora no importa.  Abro la puerta de mi casa ante la mirada atenta de Minina, mi gata, que no deja de mover la cola. 

Por naturaleza, los gatos se comportan indiferentes ante las personas; sin embargo, Minina no es así. Cuando cierro la puerta, lo único que me queda a la vista son sus grandes ojos, como discos dorados, y un breve maullido como diciendo adiós. 

Merodeo por las calles. La cámara al interior del morral. Minutos después la cámara en ristre, a punto de lanzar los primeros flashes del día. La tarde se va asentando con la fuerza de los rayos del sol. Hacía un año que no cometía la extravagancia de ir a fotografiar la ciudad; la última vez ocurrió en un famoso balneario a sólo veinte minutos de donde vivo. En aquella ocasión, mientras fotografiaba la orilla y el muelle, alguien jaloneó la correa de la cámara. Era un viejo vago que me escupió profiriendo frases obscenas regadas con tufos de alcohol y cigarrillo. Luché con todas mis fuerzas, aunque hubo ocasiones en que estuve a punto de ceder ante ese cuerpo hirsuto y sórdido, lleno de arrugas. Hasta hoy no he vuelto al muelle, pero quizá algún día regrese. 

A medida que llego a la avenida principal donde se halla una conocida universidad y comienza mi faena fotográfica, me siento observado. Una familia de cinco integrantes -dos hombres, una mujer, una niña y un niño- que están a punto de entrar a una camioneta, seguro para ir a la playa, clavan los ojos en mí, mientras capto con la cámara, una Canon Rebel EOS SL1, las pistas, los árboles, las casas, los jardines, los pájaros, el cielo azulino muy distinto al de las nueve de la mañana. Es un espectáculo cotidiano, digno y a la vez estrambótico.  El niño de la familia grita: “¡Está tomando fotos!“. No lo miro. Sólo me rio. Me rio con la mascarilla que no cesa de hostigarme. Me rio solo, como a veces lo hago en mi habitación o cuando voy camino al trabajo. La locura es herencia de familia que no me limita ni me debilita, por algo tomo fotografías y escribo o intento escribir textos delirantes, románticos y algunos extravagantes que plasman lo más tierno y complejo de la condición humana. 

Me muevo a otro sitio. 

La cámara descansa sobre mi vientre como un bebé. A medida que avanzo, la miro. La acaricio. La ausculto. Son casi ocho años de convivencia con ella. Dos veces la he llevado a un especialista para que le realice mantenimiento. La correa luce algo desteñida. El obturador funciona bien. El lente sigue reflejando imágenes nítidas. Las imágenes son la naturaleza de la cámara. Han sido innumerables escenas las que se han captado a través de la Canon Rebel EOS SL1, como innumerables han sido los momentos que me he visto durante viajes, en comisiones de trabajo, en familia, por diversión, por actividades voluntarias, como ahora, ante el sol que me aprisiona, el viento que golpea mis sentidos y las miradas absurdas que parecen inquietar la senda de mi destino. 

La memoria es frágil, es imposible recordar todos esos momentos, escenas de la condición humana que se vincularon de alguna u otra manera con mi vida.  

Sigo mi camino muy cerca de la plaza mayor. Las calles son un desierto que implica la llegada del toque de queda. 

La noche va tomando forma y se vuelve más intensa. El cielo parece nublado. No sé si hoy lloverá de nuevo como ha ocurrido durante dos semanas. Miro de nuevo la cámara acurrucada junto a mí.  Capto las últimas imágenes: fantasmas desenvolviéndose entre jardines, bancas, balcones de casonas a punto de venirse abajo, postes de luz como puntos de fuego perdiéndose a lo lejos; una ola de flashes que se corta inesperadamente por el sonido de un silbatazo y una voz dura: “¡Retírese!”. 

Una corriente fría paraliza mi cuerpo por unos minutos.  Apenas si puedo mover los ojos que distinguen el rostro circunspecto de una silueta verde que sigue allí con el rifle pegado a su brazo derecho. 

Ya en una calleja desolada, abro el morral para guardar la cámara. La miro otra vez. La acaricio. La ausculto. Cuando el día llegue y no tenga más remedio que dejarla ir, lloverá en la ciudad a cántaros, como hoy siguen lloviendo los recuerdos en mi alma. 

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