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Editorial

La reina Bond

La Reina Victoria signó una época. Bueno, una larga época.

Cualquiera puede suponer que sucedieron muchas cosas entre 1837 y 1901; décadas de su reinado. Entre ellas, la reglamentación del tenis, del futbol y la publicación de El Capital de Carlos Marx. Pierre de Coubertin, pedagogo, y francés de nacimiento, se dedicó, como en muchos casos en el siglo XIX, justo a lo contrario que su padre le imponía. Quería que fuera militar y ganara honores para una nación que esperaba la ofensiva alemana. Coubertin tenía siete años cuando Francia perdió la guerra franco-prusiana, de la que nació la unidad alemana, de la que toda Europa desconfiaba (tendría oportunidad de entregarle la antorcha al Tercer Reich en 1936, pero ese es otro relato).

Victoria estaba en los mejores años de su vida, de su largometraje, que le alcanzaría hasta el siglo XX. Después de titularse -nada más ofensivo para un padre bélico que un hijo suyo quisiera dedicarse a la educación -Coubertin tuvo una Epifanía. Poco después de aquella guerra, Coubertin viajó al reino de La Eterna. Encontró que allí el deporte estaba -como dirían los griegos -en todos lados. Voltaire se había cautivado decenas antes y de la misma manera por la próspera industria inglesa. El pedagogo -como antes el filósofo- quiso llevar esa experiencia a París. Lo logró -como Voltaire -hasta muchos, muchos años después.

Pero en ese viaje a la isla nacieron los Juegos Olímpicos, lo que después llamarían Juegos Olímpicos. Ante la idea de esa realización (1894), Victoria mando a la mejor flota deportiva que tenía a la mano a Atenas, la nueva y antigua sede del heroísmo. Las naves llevaban a lo mejor de sus más prestigiadas universidades y de su ya adolescente clase obrera. Victoria tuvo que aceptar que Reino Unido terminara en la quinta posición del medallero. Murió cinco años después con el coraje de que los franceses -imitadores, pero anfitriones -ganaran el medallero de los Juegos de París, en 1900.

Eduardo VII consiguió la sede de 1908 para Londres, en cuya edición el Reino Unido arrasaría, por fin, en la obtención de metales. Cuarenta años después -más de 75 millones de muertos después de dos Guerras Mundiales; el resto soviético, tampoco es poca morgue -la capital británica albergaría los “Juegos de la Pobreza”.

A pesar del corazón y la buena voluntad, la delegación terminó en el duodécimo lugar. Ya eran años de la Guerra Fría. Isabel II tenía entonces 22 años y estaba a cuatro -no lo sospechaba, desde luego -de convertirse en Reina del imperio y sus tierras de ultramar.

Las potencias, soviética y estadunidense pusieron al mundo en vilo en 1961, pero solamente dirimieron fuerzas en las pistas olímpicas. En 1989 y 1990 cayeron el Muro de Berlín y La Cortina de Acero. Isabel ya había ganado madurez suficiente para impedir que su flota deportiva boicoteara cualquiera cita olímpico. La mandó a las parcas ediciones de 1980 y 1984, en la que soviéticos y yankees se negaron a pagar boleto. Reino Unido forma parte del puñado de países que han estado en todas las Magnas Justas modernas. Suiza y Grecia son las otras.

Años antes de su jubileo por los 60 años de reinado -que sería más largo que el de tatarabuela -buscó la sede de Londres 2012. Hija del peligro y agente disfrazada del M16 -sobreviviente a nombres como Castro, Kennedy, Brezhnev, Adenauer, Reagan, Wojtyla y Fidel Velázquez -saltó al aire en la inauguración de sus –sus– Juegos Olímpicos. Bond, James Bond, lo atestigua.

La Reina llegaba en paracaídas al estadio olímpico ante una Londres entregada a su emblemática figura.

Ningún humor como el inglés.

Isabel II demostró en 2012 en dónde, en verdad, había nacido el olimpismo moderno:

En la Revolución Industrial.

En eso estarían de acuerdo los franceses Voltaire y Coubertin.

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