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Lecturas de enero (II)

Una obra de teatro novelada, cuentos fantásticos reunidos, batallas libradas en redacciones de periodismo, guerras en el interior, víctimas de un narcoestado, un héroe de la literatura undergound y un grupo de mujeres elegantes componen nuestra primera serie de lecturas del 2022.

Una casa llena de gente; Mariana Sández

La narradora lo proyecta y la autora lo concreta: una novela teatral, una obra de teatro novelada. Eso logra construir esta propuesta de la escritora argentina afincada en España, Mariana Sández, que parte de los cuadernos y objetos que le deja como herencia una madre a su hija, a fin de ayudarla a completar la biografía de ambas y, de paso, una historia: la que sucedió años atrás en “el castillito de arena”, el edificio mal construido en que ellas vivían en familia, al lado de una pléyade de personajes que, de a poco, van resultando piezas de un rompecabezas trágico. A través de una narración coral en la que la narradora, exitosa dramaturga y actriz, va reuniendo los testimonios —los escritos por la madre en sus cuadernos y los que le confían en amplias entrevistas otros personajes clave— y los recuerdos para reconstruir en la memoria un episodio que definió su vida y trastocó la de su madre, Leila, protagonista de este relato, mujer contrastante, traductora de profesión, escritora sin atreverse a publicar y, sobre todo, criatura encantada por la literatura, esa casa llena de gente que ella habita de forma tan privilegiada como funesta. Narrativa que juega con las posibilidades del teatro, el periodismo, el diario personal, el cuaderno de apuntes, la fotografía y la autobiografía, la primera novela de Mariana Sández —autora de los cuentos de Algunas familias normales— es una fiesta  oscura —y como toda fiesta, con un par de excesos— de la memoria, el lenguaje, la maternidad, la amistad y la fuerza —simbólica y física— de los libros para convertir una deconstrucción íntima en una catástrofe de alcance colectivo.

Cuentos completos; Leonora Carrington

Los cuentos de Leonora Carrington permiten sumergirse al interior de una imaginación tan poderosa como desconcertante; son universos oníricos poblados de criaturas exóticas que son, por un lado, el reflejo de la vida personal de la artista y, por otro, representan las inquietudes de su creatividad artística. De la sorpresa al asco, del amor al horror, son una serie de eclécticos relatos que para el lector serán una llave al surrealismo colorido y orgánico de Carrington, quien también llenó sus lienzos con los mismos elementos insólitos. El Fondo de Cultura Económica editó de forma espectacular en un mismo volumen La casa del Miedo, El séptimo caballo y tres cuentos inéditos de la autora inglesa nacionalizada mexicana; en total 22 relatos cortos en donde la alquimia, la magia, los cuentos de hadas y las reglas sin sentido llenan las páginas que dan una idea de lo fascinante que debió ser la vida de Leonora Carrington, con las turbulentas relaciones y amistades con André Bretón, Max Ernst, Renato Leduc, Pablo Picasso, Salvador Dalí y Remedios Varo. “Conejos blancos” y “La debutante” son fábulas con hienas y personajes leprosos que asustan y enamoran; “El hombre neutral”, con su asquerosa descripción de la política y la corrupción mexicana; “La historia del cadáver feliz”, una tétrica moraleja maternal y el inédito “Jemima y el lobo”, una oscura narración que encierra infancia, muerte y angustia hacia la soledad. Nacida en 1917, Carrington fue una rebelde empedernida que pronto fue expulsada de un par de escuelas hasta que llegó al arte en Florencia, pasando por Londres, París, España, Nueva York y México; sus cuadros y esculturas revelan mundos poblados de gigantes, fantasmas y duendes, rodeados de luz y una vegetación que lo devora todo. Pero son los cuentos de Leonora los que contienen la esencia de su obra surrealista, además de funcionar como mapa de la mente de una de las mujeres más vanguardistas del siglo XX.

Cada mesa, un Vietnam (Antología)

Enric González, probablemente el mejor contador de historias del mapa, prologó y editó un compendio de reflexiones sobre el oficio del periodismo: desde las corresponsalías, la crónica, el reportaje, la entrevista, la interpretación de datos y las historias en zonas de conflicto hasta las batallas libradas en la fuente de deportes, la dirección de una redacción, el fotoperiodismo o la gestión cultural. Si se piensa en clave apocalíptica, Cada mesa, un Vietnam podría ser idealizado como una declaración de guerra; si se aborda en clave formativa, como un manifiesto. El caso es que estamos ante el penúltimo esfuerzo colectivo por dignificar un oficio en extinción: el periodista sin apellidos. Confieso que me acerqué al libro hechizado por la confluencia de plumas como Leila Guerriero, Manuel Jabois, Martín Caparrós y Jacinto Antón, figuras mitológicas en mi resignada labor de lector de periódicos impresos. Lo cierto es que el texto que, de largo, más disfruté fue el de Irene Hernández Velasco, quien se propuso deslegitimar al periodista de despacho, que, absorto en su propia burbuja, pontifica sobre el cómo «hacer calle» y el cómo oler las historias sobre el terreno. Mención especial, también, para Nacho Carretero, autodenominado el Lionel Scaloni del reportaje en profundidad. O qué decir de la lucidez de Jordi Pérez Colomé para desmitificar el llamado periodismo digital: «Este capítulo es absurdo. No hay periodismo digital. […] Una crónica digital, una entrevista digital o un reportaje digital son piezas tradicionales publicadas en internet. […] Cambian las posibilidades, no la base». Pues eso, nada más que añadir. Desconfíen del periodismo con adjetivos y corran a leer Cada mesa, un Vietnam. La derrota es irreversible, pero, como dice el propio Enric González en el prólogo, nuestro deber es demorarla el mayor tiempo posible.

Guerras del interior; Joseph Zárate

Joseph Zárate teje el relato a través de un catalizador trifásico (madera, oro y, necesariamente, petróleo) donde el conflicto ancestral de la explotación ambiental y humana adquiere nombre y rostro. Con milagroso dolor, Guerras del Interior es abstracto e íntimo. Perú es en realidad un país selvático con más del 60 por ciento de su territorio siendo Amazonia. La vida Edwin Chota parece una viga con las que construyeron muchos años antes el Corazón en Tinieblas, Cien años de Soledad, Pantaleón y las Visitadoras, y la historia de Gonzalo Guerrero. Su condición contradictoria de extranjero y nativo (peruano, mestizo y occidental; asimilado a las tribus ashánincas); lo vuelve el héroe perfecto para luchar contra la corrupción de la tala ilegal desde la raíz, y el alma, de la madera misma. Máxima Acuña, no se deja seducir por el fatuo y eterno deseo intríseco en  el oro: algo tan hermoso que se permite ser, esencialmente, inútil. No es una activista ni le interesa serlo. Sólo quiere que la minera repete el hogar donde ha vivido por décadas, donde nacieron y se criaron sus hijos. El caso de aparente sencillez, despierta la herida atávica peruana (y latinoamericana): las consecuencias de  la obsesión por los metales preciosos en la conquista y el virreinato. Si en su vana belleza el oro apareja la idea de riqueza inmediata y accidental; el petróleo, por la necesidad energética e industrial, expande esa falsa promesa a proporciones estatales: la redención a través del petróleo es un espejismo que brota en cada país subdesarrollado cuando el recurso aparece. Aquí la historia se narra desde el punto de vista de Osman Cuñachí. Con el petróleo todo es masivo: genera empleos para todos, enferma a muchos, destruye ecosistemas enteros. Así, la vida de un niño, la de su pueblo y la de su país es tragada por el derrame de un oleoducto. La gran guerra para esta generación y las que vendrán será conciliar nuestras formas de consumo con las necesidades del planeta y la dignidad básica humana. Si continuamos por este camino, esos probelmas dejarán de ser proyectos de activistas para ser las causas de nuestra supervivencia como especie. Con la autodestrucción asomándose en el horizonte, la batalla por nuestra salvación tendrá que librarse desde el interior.   

Ladydi; Jennifer Clement

Presentaré una obra de Jennifer Clement que desafió mis estándares “sanitarios” de lectura al conseguir atraparme durante doce horas seguidas. Recurrí a este texto gracias a la reciente y afamada película de Tatiana Huezo: Noche de fuego, que como ha cosechado premios también ha inspirado críticas despiadadas en su contra, sobre todo gracias al recorte deliberado que se gestionó sobre el manuscrito primigenio de Clement. La autora ha expresado en diversas ocasiones su respeto y agrado hacia el resultado fiel, a la realidad mexicana, obtenido por Huezo. Creo yo que son universos paralelos, unidos por ciertos hilos característicos imperdibles que desembocan en temas diferentes, aunque igual de vigentes a los de la novela, como las autodefensas, pero, al final, partículas separadas. Quedémonos, por hoy, con las páginas y la tinta, que versan sobre la existencia prematura, en todo aspecto, de Ladydi, una niña oriunda del estado mexicano de Guerrero, que persiste ante las inclemencias de un narcoestado que no muestra ni un solo ápice de piedad. La “cultura televisiva” de Rita, la madre de Ladydi, los padres y esposos ausentes de esta comunidad conformada solo por mujeres, las chancletas características de esta zona montañosa, los escorpiones y las lluvias ácidas, patrocinadas por el cinismo gubernamental y la corrupción endémica, son parte del canon de peripecias y “síntomas” de un México vívido que brilla al estar libre de clichés. Rodeada de un lenguaje bastante peculiar, ambientes rurales revestidos con finales trágicos, infancias rotas y maternidades violentas, esta novela, vale cada minuto de su lectura. Les recomiendo esta ficción trabajada con sapiencia hasta los confines de la más cruenta faz de la vida mexicana del interior de la república, que, en muchas ocasiones, es relegada a un titular noticioso por semana. No dejen de leer Ladydi y de seguir pidiendo y preguntando por aquellas historias que se apagan en la oscuridad de un abrazo carcelario, en la selva franca o entre las costuras de una sociedad asediada por la violencia.

Piercing; Ryu Murakami

Siempre que escucho el apellido Murakami me vienen a la cabeza todos los grandes nombres de la literatura contemporánea. Los ganadores al premio Nobel y los eternos aspirantes. Mi mente se llena de prosa poética y trascendencia semántica. Y cuando lo busco en Google el resultado siempre es el mismo: Haruki. Cuando entras a una librería encuentras cientos de ejemplares de La muerte del comendador, Tokio Blues o incluso ese que va sobre footing —que es lo mismo que decir «salgo a correr» pero con un tono pedante innecesario— o spinning —que es lo mismo que decir «no me gusta correr pero tengo que amortizar la cuota del gimnasio—, cuyos lectores acaban tan hartos de pensar en si tienen que comprarse calzado para supinadores o pronadores que se ven obligados a salir de la librería e ir directamente al Decathlon para pedir consejo. A decir verdad, Haruki Murakami es un escritor tan leído como amado, pero ¿qué pasa con su hermano? Ryu Murakami es a la literatura underground lo que Haruki Murakami es a la literatura de masas. Un puto genio sin reconocimiento. Alguien capaz de contarte en tres líneas lo que a mucha gente le cuesta expresar durante toda una vida. Un cronista infatigable de todos los males que acechan a la sociedad moderna. Alguien tan sumamente brillante y peligroso que debemos dar gracias porque tenga una máquina de escribir a mano y no un cuchillo. Sus obras exploran lo más macabro del pensamiento moderno, y con una sencillez que resulta hasta morbosa (Leer: Azul casi transparente —el más conocido— o Sopa de miso –el más descatalogado—). Piercing es un libro extraño. Y muy corto. Una pesadilla preciosa en la que la locura ajena se convierte en propia tras desentrañar los misterios de la mente humana. Un relato fatídico sobre la paternidad, un cuento de terror sobre la infancia, una declaración de intenciones en toda regla. Lo que consigue en 126 páginas es lo que Hunter S. Thompson anhelaba conseguir después de obsesionarse con El Gran Gatsby. La gran síntesis, el recorte final supremo. Si Ryu Murakami no ha triunfado tanto como su hermano, es porque no le hace falta. Basta con leerlo. Hay artistas que están por encima de la gloria eterna.

Las Elegantes; Didi Gutiérrez (Antologadora)

Antologar no es cosa sencilla: siempre hay que enfrentarse contra todos los escépticos que acusan a uno de mentiroso, falsificador y aprovechado, o hay que lidiar con aquellos que denostan la labor de investigación porque creen que no es ardua o que no implica ningún esfuerzo. Sobre todo porque desconocen el proceso, pero, en todo caso, me parece que antologar es para puras valientes. En Las Elegantes, la también ensayista Didí Gutiérrez rescata a diez cuentistas que estaban sumidas, como tantas otras, en el olvido de la literatura mexicana (o, arriesgándose, podríamos decir que mundial). Las —ahora famosas— Elegantes fueron un grupo de mujeres que, al son de la compañía y lo que parecía un taller literario, escribieron, cada una, un relato, es decir: diez relatos en total —que muy probablemente en el calor de la lectura pueden leerse como una sola novela despedazada a propósito. Pareciera no existir nada en común entre cada relato más que una cosa: a excepción de dos historias, todas se relacionan en Las Bonitas, un poblado que, quizás, pudiera encontrarse en el sur del país. Aunque, siendo más sinceros y coloridos, podríamos decir que en todas el humor insiste, se percibe y no agota, existe en cada una cierta sinceridad que atraganta, un estilo único y probablemente irrepetible por su construcción tan cuidada y única, y un deseo de que lo que se está leyendo no termine. Y no que no termine sólo por capricho sino porque lo que se está leyendo realmente vale la pena. Frente a ello, no deja de sorprender, sin embargo, que sigamos descubriendo autoras de hace más de tres décadas. Que de pronto alguien las ponga sobre el mapa después de que fueran casi borradas de la historia. Y es acá donde digo, nuevamente, que antologar, sobre todo en cuestiones de olvido, la frivolidad y el escepticismo, es una chamba sólo para las valientes. Por ello estoy seguro de que tanto Leonor Enciso como Wendy Tienda, Susana Miranda, Tania Hinojosa, Lola Herrera, Julia Méndez, Roberta Marentes, Fidelia Astorga, Aurora Montesinos, Alí Boites y Nora Centeno están eternamente complacidas con Didí por haberlas reunido así, tan juntas, y, sobre todo, tan elegantes.

 

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