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Mar de piedra, o cómo navegar en busca del origen

¿Qué pasa cuando alguien desaparece? El vacío es imposible de llenar, el vacío es una zona muerta, árida, alrededor de la que prospera la vida. Se pueden tejer hiedras, trenzas de flores e insectos. Se pueden sembrar tomates y amores. Se puede sembrar cuanta vida queda en el vasto mundo. Pero ahí está el hoyo de la tierra muerta, pelmaza clara. El que falta siempre va a faltar.

Mar de piedra; Aura García-Junco

Estamos de cara a esos futuros cercanos a ratos tan certeros como tan espantosos por el eco que generan en el presente. (Es que en realidad no estamos tan lejos.) Esto es lo que precede nuestro mañana: hoy, este ahora que es todo el fundamento de lo que se aproxima. Aunque también el ayer. Todo tiene que ver con el tiempo, la manera en que este legitima, crea, transforma, eclipsa de ciertas maneras. (Acaso un desprendimiento temporal para comprenderlo todo. Al menos para intentarlo.) Pero el tiempo no está solo: eso está claro. Sin embargo, algo tiene en sí que vuelve todo más cercano, hace observar con otros ojos ese espanto, el miedo a lo que nos golpea de fuera, las tragedias que se presentan con tal naturaleza. Nos responde automáticamente, el tiempo, diciéndonos que hay cosas que no cambian ni siquiera a pesar de su paso. Ni siquiera la muerte ni lo que trae consigo, pues, aparentemente, no desaparecen por completo el rastro de quienes ya no están. Es el consuelo de la memoria: no desaparecer completamente: ser recordados, vivir en el otro. Pero también forma parte de ese lenitivo tomarse de algo, abrazarse a la esperanza del destino, de aquello que ya está escrito. Creer en el destino de las cosas: que todo pasa por algo. El dolor y saberse rotas nos hace enfrentarnos a las posibilidades. 

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Mar de piedra (Seix Barral, 2022), la más reciente novela de la autora mexicana Aura García-Junco, nos ubica en el año 2025, en una distópica Ciudad de México. En ese punto donde antes el júbilo y la estridencia permeaban, ahora sólo podemos hallar (im)permanencia, un mar de piedra. Un memorial de víctimas. Desapariciones, asesinatos, encuentros, conflictos: todo. Morir ahora significa erigirse como una estatua en la calle de Madero. Es un grito que se alcanza a escuchar antes de ahogarse, una reflexión convincente que espabila lo ordinario y echa mano de tres personajes cuyas realidades tan cercanas permiten no perderse cada suceso, cada encuentro: una maestra, renuente y promotora de la academia que la emplea, en constante lucha con la culpa y las preferencias sexuales suyas que la acorralan de cierto modo con la sociedad; un hombre, alcohólico en recuperación, volcado por completo al encuentro místico para hallar la solución divina, con temor a hallar una respuesta equivocada; y una joven despavoridamente atrevida, trabajadora (más por necesidad que por gusto), víctima de abuso, atravesada, para muy mal, por el sistema de mierda que nos tiene condenados. Los lugares comunes, podría pensarse. Sí, claro, contestaría yo. De qué más podría valerse algo tan real si no es de lo común, de eso que nos concierne a todas. Y es que no es sólo eso, sino que la también autora de El día que aprendí que no sé amar (Seix Barral) reconfigura los géneros a su modo para contarnos esta historia, la ficción reconstruye con lucidez lo que quiere narrarnos. Parece decirnos que hay otros modos de entender todas las preocupaciones, los problemas sociales, la violencia, esa cultura del abuso y la impunidad, de la duda perpetua por culpa de las desapariciones. Es de por sí complicado escribir sobre todo esto que interpela nuestras realidades. Y lo es porque existe el riesgo de banalizar, de tratar con condescendencia lo relevante y legítimo, e incluso puede llegar a ser desechado sin más si el texto fue escrito sin un motivo real. Es decir, pese al grado de ficción, literatura, creatividad, y todo lo que se deseé que forme parte de la escritura, no puede hacerse sin ese grado de responsabilidad por lo que se cuenta. No es que sea quien escribe responsable de lo que sucede allá afuera ni que esta persona promueva con sus textos, sino que es uno responsable de lo que escribe. Quién si no. Y más en este mundo descompuesto, roto, paralizado, donde la confianza es escaza y no lo es, por otro lado, la violencia, el egoísmo y la abrumación. Tal como dijo Aura García-Junco en una entrevista que tuvo recientemente: «La metáfora de las personas desaparecidas como estatuas que están o no están sí habla de una realidad contemporánea que las personas en este país conocemos bien, pero me gusta pensar que las novelas viven en su peculiaridad y no es su tema general».

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Toparse de frente, tan tajantemente a lo —ahora aparentemente— inexorable y ruin nos lleva a buscar explicaciones fuera de lo «normal», quizás más allá de lo evidente. Las alternativas brotan cual sucesos mágicos, ficticios. La literatura, como decía antes permite comprender, de algún modo, lo inteligible. Entendiendo la comprensión como una especie de consuelo y razonamiento ilógico frente a lo razonable, a esas explicaciones dadas por consecuencia. Aquí hay algo más allá que sólo números y estadísticas que, si bien prueban algo, solo provocan estallidos mayúsculos ante la desesperanza y el desbordamiento. Es necesaria la contención para sobrevivir este caos. No importa si ello nos hace pretender vivir entre un mar de piedra o si estamos entregados a las creencias polinesias y decidimos que todo está escrito, pues todos estos caminos han de conducir, afortunada o desafortunadamente, al mismo destino. Es un dibujo con colores vivos en medio de una gran página en negro.

Mar de piedra, Aura García-Junco, Seix Barral, Ciudad de México, 2022, 272 pp.

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

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