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Mi hogar es cualquier parte: ¿cómo se siente un hogar?

Empecé a leer el libro de Mi hogar es cualquier parte, de la escritora y periodista española Carla Fibla García-Sala, antes de convertirme en una migrante en mi propio país.

Curiosamente en mi antiguo hogar no hubiera entendido a profundidad la esencia de esta obra y vivido la magnífica investigación documental.

Este libro me recordó en demasía el libro de Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie. Ambas relatan desde la perspectiva interna y externa el inaudito racismo con la raza negra en pleno siglo XXI. Pareciera que es un pasaje de algún libro de Historia Universal al leer sobre la esclavitud y el inhumano trato a millones de personas; sin embargo, ambas externan que esta situación tristemente no ha terminado y seguramente no terminará.

Hace un año en Estados Unidos, la noticia del asesinato de George Floyd causó indignación mundial y recordé con tristeza una conversación con una exjefa, a raíz de ver la imagen que también se viralizó del pequeño sirio Aylan Kurdi, el niño que perdió la vida ahogado y fue fotografiado en una playa turca.

Ella me dijo creía que ahora vivíamos rodeados de más violencia, antes no se veía tanto exceso. Sin embargo, mi postura fue distinta. Le respondí que seguramente siempre había sido similar, o quizá peor, la única diferencia es que ahora una noticia puede darse a conocer en todo el mundo en cuestión de segundos. Entonces la violencia no es privada, es colectiva.

García-Sala defiende su teoría acerca de los efectos positivos de la migración. Aunque es un tema delicado porque en la mayoría de los casos son personas que huyen de una guerra, de una recesión económica en su país o falta de oportunidades, concuerdo con ella.

Nací y crecí en la Ciudad de México. Ahora que estoy en otro Estado de la República trabajando en una empresa de inmigrantes europeos, soy la que se siente ajena a su propio país, lengua y cultura. Pero la combinación de ideas, vivencias, personalidades y educación ha enriquecido mi estancia en un lugar al que llegué un poco atemorizada por la incertidumbre.

Hubo un apartado del libro con el que me sentí identificada: «al ser un migrante, te conviertes en un cliché, blanco de comentarios y prejuicios cargados de estereotipos. He sido parte de esas vivencias… tuve que negar mi lugar de nacimiento por malas caras, elevados precios y hasta malos tratos, recibí rechazo en mi propio país». ¿Se imaginan lo que viven personas que cambian de continente, de costumbres y de vida?

Sin embargo, pese a una lista interminable de contras, me quedo con la frase de un amigo británico que vive en Tailandia: «No podría volver a vivir en un lugar frío, nací y me crié en el lugar equivocado, allá soy el más feliz y me siento pleno».

Hoy comparto el mismo sentimiento, amaba mi vida, extraño muchas cosas, pero en este preciso momento ya no me siento en casa, me siento verdaderamente en mi hogar.

¿Ustedes están en casa o en un hogar?

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