Oro para las heridas

Cubrir de oro las heridas. Ponerles nombre y darles color. Dejar que cuenten su historia. Aceptar que son las heridas las que nos construyen.

Existe en la cultura japonesa una interesante técnica para reparar objetos rotos llamada kintsugi. Consiste en arreglar las fracturas de los objetos -sobre todo de la cerámica- con barniz de resina espolvoreado, mezclado con polvo de oro, plata o platino. El objetivo principal es simple y tangible: recomponer objetos; sin embargo, es, a la vez, mucho (muchísimo) más que eso.

El kintsugi parte de una filosofía centenaria que reivindica la importancia de mostrar las grietas, roturas y «heridas» de las cosas. Cada marca otorga -según esta creencia oriental- un valor añadido a la condición de los propios objetos y -lo que es más importante- cuenta su historia vital. Por ese motivo, la técnica persigue el hacer visibles los signos de cada reparación; sus huellas. Oro. Plata. Platino. Colores. Que griten. Que narren, a golpe de vista, su existir. 

En japonés, la palabra kintsugi significa «carpintería de oro». Y tiene, claro, todo el sentido del mundo. El método busca -ni más ni menos- que destacar la belleza en la rotura. La luz. ¿No es esa, en esencia, la labor de un carpintero? Recomponer.  Reconceptualizar. Buscar la óptica del encanto. 

Nuestro funcionamiento como seres humanos es curioso. Mucho. Enunciamos complejas y sensatas filosofías, las convertimos en métodos y las aplicamos con aquello que nos rodea, pero no con nosotros mismos. El kintsugi rompe una lanza a favor de aprender a ver la virtud en las heridas y grietas del pasado, de colorearlas y aprender así a quererlas. El kintsugi entona un mensaje de esperanza y sensatez: «son las heridas las que construyen». Un mensaje que, sin embargo, parece no calar lo suficiente cuando se trata de nosotros y de nuestras circunstancias -como con acierto diría Ortega y Gasset-. 

La cultura de la perfección

Desde la cuna soportamos el peso de las imperfecciones. Nos enseñan que lo roto no sirve, que las heridas han de ocultarse y que los golpes del pasado deben, sin excepción, quedarse allí. Ni recomposición ni valor. Maquillaje y yeso. Nos enseñan a perseguir la irreal meta de ser paredes lisas, sin fisuras. O, al menos, a luchar por parecerlo de puertas hacia fuera. Impecables y enteros a ojos ajenos, por muy rotos que estemos en realidad.

Es la cultura de la perfección. La que impide que no podamos ni siquiera plantearnos la idea de integrar el kintsugi en nuestra propia mirada. No. No estamos preparados para hacer visibles nuestras heridas. Mucho menos para abrazarlas y otorgarles valor que merecen por el simple hecho de estar. No somos, todavía, tan congruentes. Mirar hacia dentro cuesta siempre mil veces más que hacerlo hacia afuera.

Una lástima mayúscula. Sería algo tan precioso como justo. Cubrir de oro las heridas, tanto las ajenas como las propias, e integrarlas en el «todo» que somos. Ponerles nombre y darles color. Dejar que cuenten su historia; que es, al fin y al cabo, la nuestra. Para no olvidar el pasado. Para tener presente cada golpe y rasguño, como signo de superación y fortaleza vital. Para aceptar que, efectivamente, son las heridas las que nos construyen.

Se requiere un exhaustivo trabajo de campo que reconceptualice la idea de perfección. Que huya de la integridad y apueste por las sumas de fragmentos. Puede que así, más pronto que tarde, seamos capaces de (auto)aplicarnos la filosofía del acierto y cubrir de oro nuestras heridas

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