Souvenir

En casa debe haber más souvenirs que comida en la heladera. Desde los 15 años, cada cierto tiempo (veinte o treinta días, aproximadamente), agarro uno sin que nadie lo note y lo tiro al basurero.

Por: Martín Salvador

Siempre he odiado a los souvenirs, el nombre en idioma francés ya me molesta.

Tengo la teoría de que no sirven para nada más que ser reboleados a la basura cuando uno llega a su casa.

Es un objeto que lo tenes que aceptar con una falsa sonrisa y una frase como: “¡Qué lindo!”, “¡Que original!”, “¡Me encanta!”; pero todos por dentro piensan: “¡Qué porquería!”, o un “¿Para qué corcho quiero un cenicero si no fumo?”; “Gracias, Elena, por este espejo diminuto para que me pueda ver la cara de ojete que tengo por este innecesario regalo”.

Quizá exagero un poco. Sin embargo, todos en el fondo saben que tengo razón.

En casa debe haber más souvenirs que comida en la heladera. Si no traen mis viejos, son mis hermanas las que traen cositas, y las dejan sobre los muebles como si esas porquerías adornaran algo. Desde los 15 años, cada cierto tiempo (veinte o treinta días, aproximadamente), agarro uno sin que nadie lo note y lo tiro al basurero.

Hoy estoy por cumplir veintidós años, y en estos últimos siete años tengo que haber tirado cerca de ciento diez de esos “adornitos”, y nadie, nunca se quejó; ni siquiera se han dado cuenta del faltante.

Mi problema con los souvenirs comenzó de niño –con unos nueve años–. Con mis vecinos estábamos organizando una súper guerra de coquitos. Todo un día entero me dediqué a buscar coquitos y guardarlos para tener municiones.

Con globos y botellas me había armado dos coquitos, para tener repuesto por si uno se rompía.

Éramos cinco pendejos de mierda que no tuvimos mejor idea que acordar un día para recagarnos a cocazos.

La guerra iba a ser el domingo nueve de febrero. Recuerdo hasta la fecha exacta. El día sábado me acosté temprano para estar bien descansado para la batalla. Al día siguiente, me levanté temprano para ver dibujitos y veo que se empezaron a levantar todos en casa –lo que nunca–. Los domingos, siempre, mis papás se levantaban en la hora de “El Laboratorio de Dexter” –a los nueve años uno mide el tiempo en base a los dibujitos que estaban pasando porque no sabía la hora-:

—Vamos, Vale, vos que ya desayunaste, aprovecha a pegarte una duchita, fue lo que mi vieja, toda despeinada, me dijo como saludo.

¿Qué le pasa?“, pensé; en unos minutos arrancaba “La Vaca y el Pollito” y me lo iba a perder.

Luego de un largo reproche, me duché. En mi pieza estaba mi vieja esperándome:

—Dale que es tarde, ponete esto rápido, mientras me daba una camisa blanca con mangas cortas y un jean. “¿Qué es esto? ¿Vamos a una fiesta de disfraces? Una camisa no es ropa de un niño y un jean menos“. La ropa de niño –o por lo menos de mi yo niño, y supongo que la de todos– son los botines de futbol, unos cortos y alguna remera que se pueda ensuciar.
—¡Quédate quieto para que te peine!, me regañaba para hacerme la raya al costado.
—¿A dónde vamos?
—Vamos a la iglesia. Escúchame bien, Valentín: —cuando la vieja me llamaba por el nombre completo es porque es importante lo que se viene— es el bautismo de tu primo Esteban, así que compórtate. ¡Y no te ensucies la ropa, por el amor de Dios!
—¿A qué hora volvemos? Hoy vamos a jugar con los chicos.
—No sé, hay almuerzo en un salón, así que seguro que al finalizar la tarde.
—¡Pero, mamá! Hoy tenemos un juego importante con los chicos —no podía decirle que era la fecha de la guerra porque me mataba ella misma antes de que pisara cualquier campo de batalla — .
—¡No jodas, Valentín! Juegan todos los días, mañana ya se ven de nuevo.

El segundo reproche del día y aún no eran ni las diez. Tanta preparación y entusiasmo tenía por la guerra que, al final, me la iba a perder por el bautismo del maldito de Esteban. ¿Quién lo conoce a ese?

Fuimos al bautismo. Nunca me había aburrido tanto en un lugar. No había otros niños para jugar, tenía puesta una maldita camisa y, para colmo, me estaba perdiendo la mejor guerra del mundo mundial. Cuando la tarde ya estaba concluyendo –cerca de la hora de “Los Caballeros del Zodiaco“–, por fin nos íbamos de ese infierno.

Empezamos a despedirnos, se acercó la tía Rosario y me entregó el souvenir. Yo lo agarré con mi mejor cara de orto, hasta que mi vieja me pegó un codazo y me tiró rayos láser de los ojos con su cara de asesina; entonces sonreí, mientras le decía:

¡Muchas gracias, tía Rosario, qué lindo!“, pero por dentro y con bronca, decía: “¡Gracias por hacerme perder la guerra de coquitos, y por este estúpido chupete de porcelana, querida tía!”

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