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Un cuento de Maupassant: La tumba

Un hombre había desenterrado el cadáver de una mujer joven sepultada en la víspera.

Cuando era niña, como a muchos, me llevaban a la tumba de mis abuelos en estas fechas. La limpiábamos, poníamos flores, incluso hacíamos una especie de picnic macabro. Sentados en las tumbas, los niños escuchábamos mientras los familiares rezaban o platicaban. 

Estos recuerdos me hicieron pensar en la tumba como tema de mi admirado Guy de Maupassant. Así que busqué entre sus trescientas nouvelles alguna que hablara de esto… Y no me falló. He aquí un cuento muy ad hoc para estas fechas. 

Como siempre la traducción es directa de: MAUPASSANT, Guy. Oeuvres complètes illustrées de Guy de Maupassant. Misti. Ollendorff, Paris, 1900.  

LA TUMBA

El diecisiete de julio de mil ochocientos ochenta y tres, a las dos y media de la mañana, el guarda del cementerio de Béziers, que vivía en un pequeño pabellón en el extremo del campo de los muertos, despertó por los ladridos de su perro encerrado en la cocina.

Bajó de inmediato y vio que el animal olfateaba debajo de la puerta ladrando con furia, como si algún vagabundo merodease alrededor de la casa. El guarda Vincent cogió entonces su escopeta y salió con precaución.

El perro corrió en dirección a la avenida del general Bonnet y se paró en seco junto al monumento de la señora Tonloiseau.

El guarda avanzó con precaución y vislumbró una lucecita al lado de la avenida Malenvers. Se deslizó entre las tumbas y fue testigo de un horrible acto de profanación.

Un hombre había desenterrado el cadáver de una mujer joven sepultada en la víspera, y la sacaba de la tumba.

Una pequeña linterna, colocada sobre un montón de tierra, alumbraba aquella escena repugnante.

Tras lanzarse sobre aquel miserable, el guarda Vincent lo derribó, le ató las manos y lo condujo al puesto de policía.

Era un joven abogado de la ciudad, rico y bien considerado, llamado Courbataille. Fue juzgado. El ministerio contó los actos monstruosos del sargento Bertrand y conmocionó al auditorio.

Escalofríos de indignación recorrían la multitud. Cuando el magistrado se sentó estallaron gritos de: 

—¡A muerte! ¡A muerte! 

Para el presidente fue difícil restablecer el silencio. Luego, dijo en tono grave:

—Acusado, ¿qué tiene que decir en su defensa?

Courbataille, quien no quiso abogado, se puso de pie. Era un joven guapo, alto, moreno, de cara franca, rasgos enérgicos y mirada audaz.

La audiencia chifló.

Él no se alteró y habló con voz un poco velada, algo baja al principio, pero que fue afirmándose poco a poco.

Señor presidente, señores jurados:

Tengo muy poco que decir. La mujer cuya tumba violé era mi amante. La amaba.

La amaba no con un amor sensual, no con una simple ternura de alma y corazón, sino con un amor absoluto, completo, con pasión desesperada.

Escúchenme:

Cuando la vi por primera vez, sentí algo extraño. No fue sorpresa, admiración ni eso que le dicen se llama un flechazo, sino un sentimiento de bienestar delicioso, como si me hubieran metido en un baño de agua tibia. Sus gestos me seducían, su voz me fascinaba, toda su persona me provocaba un placer infinito. Además, me parecía que la conocía desde hacía mucho, que ya la había visto. Llevaba en ella algo de mi espíritu.

Me parecía como una respuesta a un llamado lanzado por mi alma, a esa llamada vaga y continua que lanzamos a la Esperanza durante todo el curso de nuestra vida.

Cuando la conocí un poco más, sólo el pensamiento de volverla a ver me turbaba de una manera exquisita y profunda; el contacto de su mano y la mía era para mí una delicia que nunca antes había imaginado; su sonrisa derramaba en mis ojos una alegría loca, me daban ganas de correr, bailar, rodar por el suelo.

Entonces se convirtió en mi amante.

Fue más que eso, fue mi vida misma. No esperaba nada más en la tierra, no deseaba nada, nada más. No anhelaba nada más.

Una tarde, cuando dábamos un largo paseo por la orilla del rio, la lluvia nos sorprendió.
Al día siguiente le diagnosticaron una fluxión de pecho y, ocho días más tarde, expiró. 

Durante las horas de agonía, el asombro y el espanto me impidieron comprender bien y reflexionar.

Cuando estuvo muerta, la desesperación brutal me dejó tan aturdido que no tenía siquiera pensamiento. Lloraba.

Durante todas las horribles fases del entierro, mi dolor agudo y furioso seguía siendo un dolor de loco, una especie de dolor sensorial, físico.

Luego, cuando partió, cuando la enterraron, mi espíritu se aclaró de pronto y pasé una serie de sufrimientos morales tan espantosos que incluso el amor que me dio era caro a tal precio. 

Entonces, una idea fija entró en mí:

No la volveré a ver.

Cuando se piensa en esto durante todo un día, ¡se apodera de uno la demencia! ¡Piensen! ¡Un ser está ahí, lo adoras, un ser único, porque en toda la extensión de la tierra no existe otro que se le parezca! Ese ser se ha entregado a ti, crea contigo esa unión misteriosa llamada Amor. Sus ojos te parecen más vastos que el espacio, más fascinantes que el mundo, esos ojos claros donde sonríe la ternura. Ese ser te ama. Cuando te habla, su voz derrama una oleada de felicidad.

¡Y de pronto desaparece! ¡Piensen! Desaparece no solo para ti, sino para siempre. Está muerto. ¿Comprenden esta palabra? Nunca, nunca, nunca, en ninguna parte volverá a existir ese ser. Jamás esos ojos verán ya nada; esa voz, nunca una voz semejante, entre todas las voces humanas, pronunciará de la misma forma una de las palabras que pronunciaba la suya.

Ningún rostro volverá a nacer semejante al suyo. ¡Jamás, jamás! Se guardan los moldes de las estatuas; se conservan las marcas que permiten reconstruir los objetos con los mismos contornos y los mismos colores. Pero ese cuerpo y esa cara nunca volverán a reaparecer sobre la tierra. Y sin embargo nacerán millares de criaturas, millones, miles de millones, y mucho más aún, y entre todas las mujeres futuras jamás la volverás a encontrar. ¿Es posible? Pensar en eso te vuelve loco.

Existió veinte años, no más, y ha desaparecido para siempre, para siempre, ¡para siempre!

Ella pensaba, sonreía, me amaba. Nada más. Las moscas que mueren en otoño son tantas como nosotros en la creación. ¡Nada más! Y yo pensaba que su cuerpo, su cuerpo fresco, cálido, tan dulce, tan blanco, tan hermoso, iba a pudrirse en el fondo de un ataúd bajo la tierra. Y su alma, su pensamiento, su amor, ¿dónde?

¡No volver a verla! ¡No volver a verla! Me atormentaba la idea de ese cuerpo descompuesto que quizá podría reconocer. ¡Y quise contemplarlo una vez más!

Salí con una pala, linterna y martillo. Salté el muro del cementerio. Encontré el hoyo de su tumba; todavía no lo tapaban por completo.

Descubrí el féretro. Y levanté una tabla. Un olor abominable, el aliento infame de las putrefacciones subió hasta mi cara. ¡Oh, su lecho, perfumado de lirios!

Aun así, abrí el ataúd y hundí dentro mi linterna encendida… y la vi. ¡Su cara era azulada, hinchada, espantosa! Un líquido negro había fluido de su boca.

¡Ella! ¡Era ella! Me sobrecogí del horror. ¡Pero estiré el brazo y tomé su cabello para atraer hacia mí aquella cara monstruosa!

Entonces me detuvieron.

Toda la noche guardé, como se guarda el perfume de una mujer tras un abrazo amoroso, el aroma inmundo de aquella podredumbre, el aroma de mi amada.

Hagan ustedes de mí lo que quieran.

Un extraño silencio se dejó caer sobre la sala. Todos parecían esperar algo más. Los jurados se retiraron para deliberar.

Cuando regresaron al cabo de unos minutos, el acusado parecía no temer nada e incluso faltarle la capacidad de pensar.

El presidente, con las fórmulas de costumbre, le anunció que sus jueces lo declaraban inocente.

Él no hizo ni un gesto y el público aplaudió.

Por Elena Preciado Gutiérrez

Traductora de inglés y francés. Ama la danza, los atardeceres y la poesía. (Maupassant, Guy de. Junto a un muerto y otros cuentos de terror. Sudamericana, Argentina, 2016.)

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