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Editorial

Un Ochoa para todo

Con críticas cuasimundiales a propósito de un torneo por venir y unas eliminatorias bajo mínimos, México se aposentó en Doha con mil fantasmas encima, un Martino discutido —más incluso que Osorio hace 4 años— y unas estrellas tocadas como Jiménez y otras fuera de circulación, a lo Corona, secando a Polonia y Lewandowski a tal punto que empezó a aprisionarse a sí mismo. No fue un torbellino que mareara a Szczęsny, pero jamás dio pelota por perdida con una presión y robo tal que Polonia no podía hilar una secuencia de pases decente, rogando porque el bota de oro fuese a agarrar la bola en medio de la cancha y llevarla bajo la camiseta al arco rival como si tuviera 8 años. Crímenes mucho mas grandes se ven en este Mundial. Y en Qatar. Los reales y los que se inventan.

La única muestra de peligro polaco surgió cuando un error atrás, en un espasmo de rebeldía atípica, costó a México uno de esos penales que ahora se marcan porque, al parecer, se debe. Y a tal punto estuvo fría e inconexa Polonia que Lewandowski, de profesión killer, erró el tiro ante un Guillermo Ochoa que se crece Copa del Mundo tras Copa del Mundo como si lo despertaran de un letargo regenerador listo para la gran cita. Los mundiales no los sufre en el cuerpo, sino que los asimila en la cabeza. 

México, pues, volvió a presionar arriba, tras esa inyección de adrenalina que contó como un gol, para dejar sin juguete a los polacos. Alexis Vega se convirtió en un cuerpo extraño que prometía más de una rotura de cadera, pero cuando sucedía, los de Europa Central se multiplicaban por decenas como si fueran minions, frustrando las fuentes de inspiración mexicanas. De ahí que Martino lanzara al aparato a Raúl Jiménez, un futbolista que no ha sido el mismo desde aquella terrible lesión en la cabeza y que, aún arrastrando tales secuelas, logró posicionar con su juego de espaldas y su capacidad de agraciado minutero a unos compañeros que ya veían más claro el camino. Lozano se activó sobre el final y Antuna, aunque desacertado, vino a remarcar el peso de los costados. No fue el triunfo o la exhibición que colocaría a la selección con un pie en octavos, pero vaya si recordó que puede jugar un fútbol bastante más decente de lo anticipado.

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