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Especial de cine: biopics

Luego de que varios despistados idealizaran Blonde, de Andrew Dominik, como una biopic al uso, la redacción purgante se propuso conversar sobre algunas de sus películas biográficas de culto.

At Eternity’s gate; Julian Schnabel

Por su origen ambiguo, los filmes biográficos se colocan en una zona liminal entre la ficción y el discurso de lo real. La creación de narrativas que ofrezcan una lectura del pasado, así como un retrato del otro, implican la construcción de un andamiaje en el que, inevitablemente, están presentes los recursos expresivos de un relato de ficción. Por medio de la selección, el recorte y el ensamblaje, se reconstruye el pasado y con ello, una imagen del otro. En lo que corresponde al género de la biografía en el cine, los elementos que están en confluencia son aún más complejos en tanto que implican la presencia de la imagen, la interpretación actoral y, sobre todo, la selección de elementos para articular una narrativa del otro. En el caso del filme At Eternity’s gate de Julian Schnabel (2018) la atención está enfocada en la figura del pintor Vincent Van Gogh, un artista icónico en la historia de la pintura occidental y cuya accidentada biografía ha permitido la creación de un imaginario que gira en torno la figura de un artista atormentado e incomprendido por la sociedad de su época. Sin embargo, más allá de alimentar la imagen romántica de un pintor azotado por los prejuicios de su tiempo, el filme sugiere, de manera poética y efectiva, una de las búsquedas más importantes del pintor: la carga espiritual de la obra de arte. Una de las dificultades a las que se enfrenta el cine, en particular en el género biográfico, es representar las ideas y motivaciones de un personaje. Dado el carácter abstracto de ellas, serán las acciones y palabras las que permitirán que éstas adquieran peso y volumen. En una conversación clave del filme, Van Gogh cita una sentencia teológica: “la vida es para sembrar, la cosecha no está aquí”. Ante los cuestionamientos de un sacerdote sobre su obra, el pintor se coloca como el depositario de un don otorgado por Dios que, a su vez, le permite, a través de la pintura, enfocarse en lo invisible, en la cualidad misteriosa y espiritual del mundo que habita. Si el mundo fue creado por una potencia superior, el artista, a través de la pintura, está destinado también a representar lo bello y el carácter trascendental de la creación divina. Van Gogh, en el contexto del filme, instala el sentido de su existencia en la pintura, sus virtudes y fragilidades forman parte de un proceso creativo que va más allá de la representación visual del mundo que observa para otorgarle vitalidad al trazo e ímpetu al color. El artista, sin embargo, es consciente, que su obra está destinada para un espectador que aún no ha nacido y, así como el dios cristiano fue reconocido y admirado en la posteridad, así el pintor obtendrá notoriedad en los tiempos por venir, frente a aquellas lejanas puertas de la eternidad. 

Mommie Dearest; Frank Perry

El día de la madre de 1977, Joan Crawford, una de las más grandes estrellas salidas del Hollywood clásico, estiró la pata. La fecha da un toque de fina y ácida ironía a su deceso, ya que antes estar tieso el cadáver, su ingrata hija adoptiva (bajo dudosas circunstancias), Christina, publicó un escandaloso tell-all –de los primeros libros de su tipo—, llamado Mommie Dearest (o bien, Mamita Querida) que exhibía a la protagonista de Mildred Pierce como una ebria neurasténica obsesionada con la limpieza, su imagen pública y propensa a berrinches espectaculares en los que agarraba a la criatura a fregadazos. Obviamente, Christina fue desheredada por esta ocurrencia, mas no antes de vender al cine los derechos de su memoir (ahora muy cuestionado). El resultado, de 1981, es un ejercicio del otrora notable Frank Perry (Last Summer, Diary of a Mad Housewife, Ladybug, Ladybug) en que toma la biopic tradicional hollywoodense (como Night & Day de Michael Curtiz, en la que Cole Porter deja de ser homosexual, para que lo interprete Cary Grant) y el visceralismo del New Hollywood (onda The Panic on Needle Park): el resultado es, por decir lo menos, fascinante. Elegida de manera indirecta por la propia Crawford (que se deshizo en cumplidos por ella), Faye Dunaway se suelta la melena y se le bota la canica, dando una interpretación Kabuki (la máscara de cold cream, los pelucones, la boca y las cejas) con la que se lanzó, como un perro por la ventana, hacia la posteridad. 40 años después, la Dunaway odia a película con pasión, porque la responsabiliza de marcar el final de su carrera como una actriz ‘seria’, para convertirse en hazmerreír universal. Eso es parcialmente cierto, pero el valor camp de esa película va más allá del cliché de la biopic: es material de leyenda y aún hoy, debe ser vista para ser creída, amén de que en esta febril época en la que el más estrafalario drag está tan de moda, claramente ha dejado huella.

El hombre elefante; David Lynch

Joseph Carey Merrick fue un ciudadano inglés que, a finales del siglo XIX, vivió y padeció la repulsión y desplantes de una sociedad cruel que lo miraba como a un monstruo, debido a las deformidades de su cara y cuerpo producto de una variación severa del llamado síndrome de Proteus. David Lynch llegaba tres años después del surrealismo inquietante de Eraserhead (1977) para adaptar los libros de Frederick Treves y Ashley Montagu en El hombre elefante (1980), la dolorosa y conmovedora mirada a la vida de Merrick, interpretado aquí de forma descomunal por John Hurt. Si bien existe cierta continuidad en los temas que obsesionan a David Lynch, del desconcierto monstruoso de su ópera prima a las desgracias de un hombre que vive humillado y escondido por su apariencia física, se trata de un filme atípico en la filmografía del director, quizá una de sus trabajos más digeribles y lineales junto con la nostálgica The Straight Story (1999). En El hombre elefante la condición humana es mostrada como el verdadero esperpento implacable que castiga y juzga sin reparo; una pesadilla en afilado blanco y negro en la que resulta imposible no emocionarse ante la bondad del protagonista, quien en sus ojos encierra muchas de las respuestas a las preguntas existenciales del ser humano. El doctor Frederick Treves (Anthony Hopkins) intenta incorporar a la sociedad y dignificar a Joseph Merrick después de una infancia terrible y los andares como una triste atracción de feria, empeños que son frustrados por la brutalidad de un mundo que no entiende ni mucho menos respeta a un ser distinto, insólito en su apariencia externa pero radiante en su esencia humana. Nominada a ocho premios Oscar y ganadora del BAFTA a mejor película, El hombre elefante unificó éxito en crítica y público a inicios de los años ochenta, gracias a un argumento que obliga a reflexionar sobre la angustia provocada por una humanidad intolerante e insensible, asuntos que siguen dolorosamente vigentes.

Patton; Franklin J. Schaffner

Historia universal fue una de las materias que más disfruté como estudiante. De todas las asignaturas escolares es la que se aproxima a la oportunidad que nos brinda el cine para imaginar, recrear y reinterpretar hechos y personajes. Pero no siempre abarca a todos los sucesos y sus protagonistas porque no da tiempo; la vida educativa tradicional es poca y la Historia es extensa. De manera paradójica es el cine lo que nos descubre esos aconteceres y seres que forman parte de la memoria del mundo pero de los cuales desconocimos su existencia durante años. Uno de ellos fue el general George S. Patton en Patton (1970), película protagonizada por un extraordinario e imponente George C. Scott. Conocerlo por vez primera fue incómodo. Se quedó grabada en mí la imagen del general que en cuestión de segundos cambió por completo de personalidad. Luego de mostrarse compasivo y orgulloso con un soldado herido en batalla, Patton se transformó en un viejo irascible que abofeteó y trató de cobarde a un soldado víctima de un ataque nervioso. A partir de ahí fue difícil comprender cómo un hombre era tan capaz de liderar estratégicamente tropas en combate siendo poseedor de un carácter tan voluble con sus súbditos, e incluso con sus altos mandos. Para sumergirme en ese conflicto emocional de sus contradicciones vale darle crédito al guion escrito por Francis Ford Coppola y Edmund H. North. ¿Realmente habrá sido así ese señor en vida? El cine me motivó a indagar sobre Patton para sorprenderme con la revelación de que había sido quinto lugar en la disciplina del pentatlón en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 y se creía la reencarnación de Aníbal, ‘el padre de la estrategia’. Tanto en la ficción biográfica dirigida por Franklin J. Schaffner como en la vida real, el general fue un personaje de contrastes que enriquecieron su leyenda. Ford Coppola y H. North hicieron bien en matizarlo con ese pasaje de los nervios ajenos que detonaron su lado energúmeno. Se trata de una de las mejores escenas del cine bélico en la que se aprecia al impulso como arma de doble filo. Esa acción le trajo consecuencias a Patton. Por ejemplo, ofrecer disculpas al soldado abofeteado. ¡Lo que habrá sentido por hacerlo!

Historia de una pasión; Terrence Davies

En la cinta Historia de una pasión (2016), con su acostumbrado estilo contemplativo, el realizador británico Terrence Davies nos regala un melancólico y lírico retrato sobre quien considera la mejor poeta del siglo XIX, Emily Dickinson, una mujer verdaderamente adelantada a su época que legó a la humanidad una vasta obra, con más de mil ochocientos poemas, reconocida hasta mucho tiempo después de su muerte. Davies hace un recuento de la vida de la escritora desde sus años de juventud, durante los días de estudiante, bajo el yugo de una estricta educación católica y en medio de los convencionalismos que dominaban las altas esferas de la sociedad estadounidense, hasta sus últimos instantes de agonía, embestida por una terrible enfermedad que la consumía, mientras las paredes de su casa la resguardaban del exterior, y acompañada hasta el final de su incondicional e inseparable hermana Lavinia (Jennifer Ehle), no sin antes detenerse en el periodo de creación artística, cuando opta por dedicar su vida a su pasión: la escritura.  Es así como el realizador de Un largo día cierra (1992) consigue sumergirnos, mediante unos exquisitos y largos travellings circulares en los que descansa la cámara sobre los rostros de sus familiares, en una atmósfera cálida y hogareña, entorno en el que Dickinson (Cynthia Nixon), encontró la fructífera inspiración para su brillante obra literaria. Una biografía capturada con maestría y sentimiento, por un autor y admirador que alcanza a plasmar como un espejo la soledad y el tormento de un alma libre, inquieta y sumamente sensible, habitando un cuerpo femenino dentro de un mundo dominado por la masculinidad que imponía a las mujeres el estatismo. A la postre,  y a pesar de todo, su incontenible talento pudo encontrar el camino a la posteridad. 

Cleopatra; Joseph L. Mankiewicz

Durante el inicio del rodaje de Cleopatra en los estudios Pinewood, a las afueras de Londres, a Elizabeth Taylor casi le cuesta la vida una gravísima congestión pulmonar. Después de superar uno de los episodios más traumáticos de su carrera, la actriz se reintegró a la producción seis meses después, ahora en Roma, en el famoso complejo Cinecittà. Taylor se instaló en una mansión de mármol rosa en la Via Appia junto a su entonces esposo, el cantante Eddie Fisher. El traslado de la producción a la Ciudad Eterna desencadenó cambios en la dirección y en los dos actores protagónicos masculinos. Todo esto viene a cuento porque no se explica la repercusión de Cleopatra en la cultura popular sin pensar en la pareja conformada por Liz Taylor, la femme fatale del Nilo, y Richard Burton, como Marco Antonio, un romance furtivo que trascendió el plató de cine y que le costó el matrimonio y la estabilidad emocional a la estrella angloestadounidense. Se trató, por diversos motivos, de un rodaje especialmente caótico. La duración final de la película pasó de seis horas a cuatro y el escándalo en torno a las infidelidades de sus protagonistas eclipsó, por mucho, su recorrido en salas. A pesar de esto —y por todo esto—, se trata de una de las películas fundamentales de mi formación cinéfila. Hablamos, creo, de una de las primeras cintas épicas en formato de superproducción que destilaban un indiscutible aroma autoral, un mérito absoluto de un genio inalcanzable como Joseph L. Mankiewicz —que luego no quedó del todo satisfecho con los recortes del montaje. Los diálogos y la propuesta narrativa en ningún momento palidecen frente al centelleo y la magnitud de la puesta en escena, que bien pudo ser simbolizada como el último coletazo de una época en Hollywood. Dos momentos para la historia del cine: la entrada de Cleopatra a Roma y el reproche de Taylor a Burton, cuando le dice: «¿Qué le pasó al hombres que eras?» A lo que el actor galés responde: «Tú me pasaste». Si había algo capaz de tener comiendo de su mano al imperio que marcó para siempre el curso de la historia, debían ser los ojos de Elizabeth Taylor. 

Mr. Turner; Mike Leigh

La ignorancia tiene sus ventajas. A un inglés una película acerca de J.M.W. Turner, uno de los pintores paradigmáticos del romanticismo anglosajón, lo obliga a confrontar esas partes de su identidad cultural que rayan en el nacionalismo caricaturesco —algo como Frida y Diego en México o Goya y Velázquez en España. A mí, la ignorancia me permitió maravillarme con la misma película sin la veneración impuesta con la que uno se acerca a los “clásicos nacionales” que conviven en nombres de premios y en latas de galletas o calendarios de carnicerías. La película invierte el enfoque tradicional del biopic y pasa de “la vida del genio”, un semidiós inalcanzable, al “genio dentro de la vida”, donde vemos a un artista excepcional como hombre de su sociedad y tiempo: conflictos académicos, pérdidas personales, líos amorosos a los cincuenta. Alguien capaz de disfrutar el contraste entre la pedantería del salón y la algarabía de la música popular. Una vida que resulta ser la de un genio casi por casualidad. El atajo visual de las películas sobre pintores es usar su estilo en la cinematografía hasta proyectar en la pantalla una versión fílmica de sus obras más célebres. En Mr. Turner se agradece la forma orgánica donde el homenaje al pintor se rinde en cada escena, desde una comida familiar hasta la réplica del momento del que surgió su cuadro más famoso. Junto a la proeza fotográfica, el vestuario y el diseño de producción hacen que por momentos la película se pueda oler y sentir. Mr. Turner concluye con su inicio, recordándonos que los artistas son esas siluetas misteriosas que observan el baile de la luz y la oscuridad, donde por instantes capturan la belleza eterna de la vida cotidiana.

La teoría del todo; James Marsh

La teoría del todo es una película biográfica del físico teórico, astrofísico, cosmólogo y divulgador científico británico Stephen Hawking, dirigida por James Marsh y protagonizada por Eddie Redmayne. El guion fue escrito por Anthony McCarten, basado en el libro de Jane Hawking, la esposa de Stephen, por lo que el filme abarca gran parte de la vida de la pareja. Si bien la cinta hace demasiado énfasis en la enfermedad del físico y obvia algunos detalles sobre su obsesivo trabajo profesional, la película sirve como introducción a la vida una persona que nunca dejo de luchar por el conocimiento. De hecho, uno de los diálogos del filme refuerza particularmente esta idea, cuando él dice estudiar el matrimonio entre espacio-tiempo. La historia comienza en el final, haciendo una alusión al tiempo en dirección opuesta. Después pasamos al año de 1963, en Cambridge. En términos generales, la fotografía es limpia y con luz suave, con una mezcla de colores cálidos y fríos muy intensos. La música del compositor islandés Jóhann Jóhannsson es lo suficientemente sobria y perceptible. Resulta que Stephen cursa el doctorado en la Universidad de Cambridge, llega tarde a clase, pero se mantiene al margen. Junto con su profesor y compañeros destacados van a una conferencia del físico matemático británico Roger Penrose. Hawking se plantea aplicar la teoría de Penrose a todo el universo; es decir: buscar regresar en el tiempo hasta que el universo sea mas pequeño y se llegue al principio. Durante el desarrollo del tema de tesis, su enfermedad, una esclerosis lateral amiotrófica, va en ascenso, afectando directamente su motricidad. El diagnostico es de “dos años de vida” y él decide seguir con su investigación. Al final, Hawking y su esposa estuvieron juntos durante 25 años y tuvieron tres hijos. Durante el resto de sus días, Hawking nunca dejó de estudiar el agujero negro y, especialmente, de preguntarse sobre TODO. 

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