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Violencia, familia, aleatoriedad y muerte: El cine de Alejandro G. Iñárritu (I)

Hacia el final de sus días, el pesimismo con la condición humana de Ingmar Bergman se estrelló con una afirmación insólita: el director señalaba que, si existía la música, tenía que existir Dios. Algo tan bello como una sinfonía o un réquiem no podría encontrarse en un universo que no tuviera un ser supremo. Para Bergman, que siempre pensó que el único camino posible y real para el ser humano era la muerte, la música representaba un atisbo de esperanza y redención en la complejidad de su encanto. No son pocos los directores que se maravillan ante la majestuosidad de la música. Para Alejandro González Iñárritu se trata de su arte preferido, al grado de afirmar con ironía que “mientras los músicos se elevan, los cineastas se arrastran”.

La música como arte espiritual se presenta en la génesis de las películas que conforman la filmografía del director mexicano; justo en su forma, son filmes capaces de ser leídos como partituras, gracias a la fuerza del montaje y a las emociones que provocan. Iñárritu envidia de los músicos la partitura como un documento que materializa la abstracción, mientras que el guion cinematográfico se le presenta como una herramienta muy limitada a la hora de poner en el papel las ideas que engendran el sentido de una película. Sin embargo, será la fusión de sensaciones, el poder de la música e influencias tan inesperadas en el montaje como el muralismo y el retablo colonial, los elementos que terminan armando una obra cinematográfica, ante todo, visceral.

Son 15 trabajos fílmicos entre cortos y largometrajes (desde 1995 hasta 2022), con tres tópicos centrales que atraviesan toda la filmografía del director: 1) La violencia y sus consecuencias, 2) La familia y las relaciones padre e hijos, y 3) La aleatoriedad y fragilidad de la vida. La complejidad de los temas y la forma de abordarlos, serán dos elementos que se volverán característicos de un trabajo que, con los años, ha sido depurado en estilo y disertación.  Alejandro González Iñárritu como sublime artista y creativo innegable, revoluciona primero el formato del radio, para después innovar en la publicidad, y más tarde arrancar un capítulo totalmente nuevo en el cine mexicano a finales del siglo XX.

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Nacido en la Ciudad de México un 15 de agosto de 1963, Alejandro González Iñárritu fue un niño que desde los 8 años pasaba sus días en las calles de la colonia Narvarte; después de salir de la escuela, llegaba a su casa hasta pasadas las 10 de la noche. Era una ciudad en la que se podía estar con amigos en las calles a finales de los años 60. Más tarde, el hambre de conocer y explorar el mundo, lo hizo abordar un barco carguero a los 17 años donde trabajó como marinero, llegando a Barcelona. Un segundo viaje atravesando el Atlántico un año después, provocaría de forma definitiva que Iñárritu absorbiera todas esas duras experiencias vividas en África y Europa como una influencia determinante en su formación como artista.

Al regresar a México se matricula en la carrera de leyes, pero la abandona casi de inmediato. Intenta después con estudios de comunicación en la Universidad Iberoamericana, cuando lo invitan a participar en un casting de locutores de una nueva estación que en ese momento nacía: WFM. Rodeado de gente muy joven y con una libertad creativa única, González Iñárritu pasó 5 años innovando la radio mexicana. Serían 3 horas diarias ante una audiencia que se sorprendía de la ecléctica mezcla de música y, sobre todo, era provocada y entretenida por los ácidos comentarios de los locutores al aire. En ese momento, la radio era un medio solemne, sin interacción con la gente; el estilo fresco y participativo, provocó furor. El ritmo, la articulación y la capacidad de comunicar en un espacio que le permitía total libertad creativa, provocó que Iñárritu revolucionara el formato radial en el país. Sin darse cuenta, encontró en el radio una escuela que en el futuro le provocaría pensar en cada película como un género musical. Descubrió aquí, lo que se volvería medular en su cine: las frecuencias de comunicación.

Habiendo explotado la parte radiofónica al máximo y luego de realizar los legendarios promocionales para el Canal 5 de Televisa (experimentando con la estética y la trama), a principios de los años 90 El Negro Iñárritu (como lo apodan sus amigos) fundajunto a su socio Raúl Olvera la compañía Zeta Film, todo un referente en la industria audiovisual en México. Se trata de la productora culpable de muchas de las campañas publicitarias más originales de los 90; temida por otras agencias de publicidad, debido a su poderoso impacto creativo y al control total sobre todo el proceso en la producción de los proyectos.

Iñárritu produjo, escribió, dirigió y editó cientos de comerciales de entre 30 segundos y dos minutos de duración, muchas veces con sólo una cámara y dos actores; fue ahí dónde experimentó con la diversidad de los géneros cinematográficos y el uso del sonido como generador de emociones. Fueron una infinidad de ejercicios de narrativa tiempo/espacio y de sintaxis visual; dichos cortos publicitarios resultaron su verdadera escuela de cine en la dirección, apartado al que llegó luego de la frustración que le dejaban los directores contratados por Zeta Film, quienes no conseguían los resultados esperados a la hora de filmar las ideas del equipo creativo.

Paralelo al intenso trabajo fílmico en la publicidad, González Iñárritu estudió dirección de teatro durante 3 años con el gran director polaco Ludwick Margules; mentor absoluto, le ayudó al cineasta a entender la responsabilidad y privilegio que representa ser director, una posición en la que se debe estar mucho más preparado que cualquier otro miembro del crew. Tiempo más tarde, ya huyendo de la publicidad, con “miedo a llenarse los bolsillos, pero perder el alma”, se marchó a la costa este de los Estados Unidos para estudiar dirección de actores en los talleres de otra leyenda, la maestra Judith Weston. Entendiendo de fondo que las verdaderas batallas están dentro de uno mismo y que reconocer la ignorancia permite la llegada del conocimiento, Alejandro González Iñárritu buscó un ejercicio más antes de intentar filmar su primero largometraje. Tenía que demostrarse a sí mismo que podía dirigir una escena de más de 3 minutos; luego de 7 años creando cortos y comerciales (donde ya dominaba el lenguaje técnico), vendría formalmente la primera ficción filmada en el episodio piloto de un ambicioso proyecto.

Detrás del dinero (1995) fue el primer capítulo de una serie que González Iñárritu le propuso a Televisa. La idea original era filmar 10 episodios dirigidos por diferentes cineastas españoles y latinoamericanos, con un presupuesto estimado de cien mil dólares y un atrevimiento inédito: sería filmada en formato cinematográfico, no en video. Iñárritu produjo, escribió y dirigió el piloto de lo que sería la primera serie mexicana filmada en cine; tendría como plot, seguir un billete que viajaba entre varios personajes, experimentando en cada episodio con géneros tan disímiles como la comedia, el thriller o el drama. Las negociaciones entre Televisa y Warner no prosperaron y el proyecto se vino abajo. Sin embargo, de forma visionaria, el director mexicano tenía en mente desarrollar una serie muchos años antes de la cotidianeidad que hoy atiborra las plataformas digitales.

Con una duración de 34 minutos, la fotografía de Norman Christianson (cinefotógrafo también de La ley de Herodes (1999), de Luis Estrada) y con un cast que incluía a Miguel Bosé, Claudette Maillé, Damián Alcázar y Juan Carlos Colombo, Detrás del dinero resulta un ejercicio sencillo de estética y narrativa que describe el asalto de dos hombres a un banco y las derivaciones de una traición, con toda la intriga y el romance propios de una historia impulsiva que busca impresionar a la audiencia. Alejandro González Iñárritu comienza aquí a mostrar la constante inquietud por la violencia y las consecuencias que ésta deja a su paso; una naturaleza humana traicionera que se tropieza a sí misma en la ambición por la banalidad del dinero y el amor falso. Una frase resume el alma del experimento: “No te la juegues por un banco que te está pagando una miseria”.

Una vez satisfecho con su capacidad de dirigir el inicio de una historia, con escenas que tuvieran coherencia narrativa y un ritmo tolerable, Iñárritu se embarcó en el proyecto de su primer largometraje que sería Amores Perros (2000), el filme que iniciaría un nuevo capítulo en la historia del cine nacional. Cuando el escritor Vicente Leñero la vio por primera vez, le dijo a Iñárritu que era la película más chilanga que había visto en su vida, en gran parte, por la inconfundible y áspera estética; se utilizó el proceso químico skip bleach, el cual hace que el material de 35 mm se quede con más plata en el revelado, engendrando así una alteración de la paleta de colores hacia los tonos tierra, intensificando el contraste de los negros. El grano reventado y la nerviosa cámara en mano, dan la sensación de una perspectiva que “respira” entre las turbulentas calles de la Ciudad de México, urbe que el director demuestra conocer a la perfección, en su compleja urbanidad.

El año 2000 fue vertiginoso. El PRI salía del gobierno después de una eternidad; el internet comenzaba a ser una herramienta que impulsaba la globalización; de forma paulatina, vendría el proceso de digitalizar casi toda la información. Cuando Amores Perros se estrenó en el Festival de Cannes el 14 de mayo del 2000 (ganando el Gran Premio de la Semana de la Crítica), México se encontraba en un proceso de renovación importante. Por ello, cuando llegó a salas mexicanas un mes después, el 16 de junio, la película se convirtió en un fenómeno, recaudando 95 millones de pesos en taquilla, reactivando de paso, al soundtrack como producto de consumo en el país. El filme fascinó a público y crítica desde el primer minuto de metraje: esa espectacular secuencia inicial que transformó para siempre la forma en la que se vería en adelante al cine mexicano.

González Iñárritu ha dicho que para él Amores Perros es un rock, algo como el disco Sticky Fingers (1971) de Rolling Stones, directo, duro y urbano; es un ejercicio fílmico sensorial que esconde el artificio con un realismo inmediato, casi documental. Son tres universos independientes en la misma ciudad; lejanos uno del otro en niveles psicológico, socioeconómico y geográfico, las historias de Octavio, Valeria y El chivo confluirán en un solo punto: un accidente automovilístico. Los frutos de la violencia, las intrínsecas relaciones de padres e hijos y la constante presencia de la muerte y el azar, son los temas que conforman el alma de la película, que no oculta la influencia de los tiempos fragmentados ya explorados por otros directores en filmes como Pulp Fiction (1994) y El callejón de los milagros (1995).

Con una duración de 154 minutos, Amores Perros se divide simétricamente en 3 partes de aproximadamente 30 secuencias cada una. “Octavio y Susana”, narra la historia del Cofi (un imponente Rottweiler negro) y Octavio (Gael García Bernal), quien está enamorado de su cuñada Susana (Vanessa Bauche). El Cofi peleará en sórdidas peleas de perros para que Octavio consiga juntar el dinero suficiente para escapar con Susana. Sin embargo, en esa inesperada y extrema ruleta que es la vida, un evento súbito hará que Octavio y El Cofi se involucren en un accidente. “Daniel y Valeria” describe el romance entre Daniel (Álvaro Guerrero), un importante editor a punto de separarse de su esposa, y Valeria (Goya Toledo), la guapa y exitosa modelo de moda. Ambos están pensando en irse a vivir juntos para empezar una vida idílica. Justo antes de una comida para celebrar su nuevo departamento, Valeria sale de compras junto a su elegante y diminuto perro Richie, chocando violentamente con el carro conducido por Octavio. “El Chivo y Maru”, relata la vida de El Chivo (Emilio Echevarría), un exprofesor que abandona a su familia cuando se vuelve guerrillero a finales de los años 60. Su hija Maru, crece sin su padre y El Chivo carga con la culpa, ahora convertido en indigente y asesino a sueldo, vive rodeado de perros callejeros. Un día mientras deambula por las calles vigilando a su próximo objetivo, se encuentra intempestivamente con el accidente en el que están involucrados Octavio y Valeria, con lo que se unen las tres historias. El Chivo, rescatará al Cofi iniciando así un camino hacia la redención.

Si algo resalta en Amores Perros desde su inicio, es el manejo del sonido y el punto de vista de los personajes, comenzando por los perros mismos. Cuando El Cofi entra al coliseo a pelear, es desde su perspectiva que el público entra al siniestro lugar, lleno de sangre y humedad de muerte, con los ladridos y los gritos como recordatorio de lo que está por venir. Por su parte, Richie se pierde bajo la duela del departamento de Daniel y Valeria; a punto de ser devorado por las ratas, el sonido incisivo de las patas del pequeño perro que camina de un lado a otro ansioso, es un reflejo de la destrucción de la psique de la pareja, que desde el interior se desquebraja. Por su parte, El Chivo vive entre la mugre y la violencia de las calles con varios acompañantes caninos, hasta el día que rescata a El Cofi; en una de las secuencias más intensas de la película, el Rottweiler mata a todos los perros de El Chivo, quien enervado lo encañona. El indigente encuentra en los ojos del perro la naturaleza violenta que él mismo carga y en lugar de matarlo, decide perdonarlo y enderezar sus acciones en el futuro.

Amores Perros presenta una tragedia en 3 actos, estableciendo el conflicto en los primeros 10 minutos. A partir de ahí, por medio del soberbio montaje, se van narrando e hilvanando las tres historias de forma independiente, con ciertos momentos que Iñárritu y el guionista Guillermo Arriaga llamaron “anzuelos”, donde salpican una historia de modo aparentemente incongruente con otra, pero que, en realidad, se van alimentando minuto a minuto, hasta llegar al choque. Iñárritu afirma que su dirección empezó desde el guion mismo, exigiéndole a Arriaga explorar muy a fondo a personajes y circunstancias hasta encontrar la esencia de lo que él buscaba. El director confiesa que existió también un storyboard en la preparación de la película, que funcionaba como una partitura, lo que le permitía no perder el punto de vista de cada personaje durante la filmación. Es la estructura pasado-presente-futuro en Amores Perros, una de sus virtudes más importantes, porque el espectador se pasea primero entre la violencia, la ausencia paterna y el azar, para después entender las consecuencias de las familias rotas y la muerte, llegando al final con un atisbo de esperanza y justicia.

Se establece también aquí, el equipo creativo y crew cinematográfico que acompañará a Alejandro González Iñárritu en los siguientes proyectos, un verdadero dream team que hizo historia: eldiseño de producción de Brigitte Broch; el diseño de sonido de Martín Hernández; la música de Gustavo Santaolalla; la supervisión musical de Lynn Fainchtein; el guion del ya mencionado Guillermo Arriaga, y la virtuosa fotografía de Rodrigo Prieto. Con 3 nominaciones al Premio Oscar, Prieto es colaborador habitual de Martin Scorsese y Oliver Stone; en Amores Perros, la cámara en mano del cinefotógrafo acerca al espectador de forma documental a las acciones y rostros de los personajes. Hay una narrativa en cada movimiento que eleva el lenguaje cinematográfico a un nivel no visto antes en el cine mexicano, con una cámara que “jadea” mientras observa la sangre, la muerte y la violencia. La fotografía granulada y verdosa de Rodrigo Prieto, junto con los agresivos y la vez sutiles movimientos de cámara, establecen la estética y la gramática visual de una película que se desarrolla en una ciudad que pareciera puede “olerse” y “sentirse” en cada plano; Iñárritu no niega que Amores Perros tiene una fuerte influencia visual de cintas como Man Bites Dog dirigida por Benoît Poelvoorde, Rémy Belvaux y André Bonzel (1992) o la durísima Breaking the Waves (1996) de Lars von Trier.

El accidente donde convergen las tres historias no es sólo un choque automovilístico producto de la imprudencia que genera la violencia y las mentiras. Es la colisión también de dos mundos socioeconómicos diferentes, representados incluso en las mascotas. Octavio y El Cofi encarnan el lado popular y menos privilegiado de la ciudad, mientras Valeria y Richie son la burguesía con su despreocupación e hipocresía. Los perros también sufren las consecuencias de un accidente que provoca cambios profundos en las vidas de los involucrados. El Chivo, siendo testigo del evento, se aprovecha robando el dinero de Octavio (una acción cuestionable); no se inmuta ante la muerte del amigo de Octavio, Jorge (Humberto Busto), pero no duda en ayudar a El Cofi y llevárselo para curarlo (una acción piadosa). Y es que los personajes en Amores Perros son ambivalentes, ninguno es completamente bueno, ni malo, sus acciones van ejecutándose de acuerdo con la aleatoriedad que la vida les va imponiendo. Los rostros del impresionante cast, expresan muchas emociones con sólo algunas miradas, en una película cargada de silencios que se mezclan con la “acupuntura” musical del genio Gustavo Santaolalla.

Producida por Zeta Film, Amores Perros sigue siendo a 22 años de su estreno, una experiencia cinematográfica visceral y catártica. Sus poderosas imágenes quedaron atrapadas para siempre en la retina de las audiencias de todo el mundo; fue aplaudida y elevada a la categoría de las grandes películas en la historia del cine. La reciente edición de Amores Perros en The Criterion Collection lo confirma, junto con el torrente de premios que se llevó por todo el orbe: BAFTA a mejor película extranjera; nominación al Globo de Oro y al Premio Oscar en la misma categoría después de 25 años de ausencia de nominaciones para México; premio de la audiencia en el Festival de Chicago y 11 premios Ariel, entre los que destacan mejor director, mejor fotografía y mejor ópera prima.

Por si fuera poco, y haciendo eco a las declaraciones de González Iñárritu sobre lo importante que es la música para él, el director le pidió a Lynn Fainchtein que les propusiera a diferentes grupos musicales la creación de una canción individual para la película. El resultado: un soundtrack ecléctico que mezcla las canciones utilizadas de forma extradiegética en el filme, con otras totalmente nuevas, compuestas expresamente para la cinta, reflejando de forma profunda el espíritu melancólico y violento de la película, aderezado todo con la música original de Santaolalla. No es necesario decir que el disco fue un éxito absoluto de ventas en aquel año 2000, provocando que siguientes películas mexicanas pusieran mucha atención en la producción y comercialización del soundtrack, como Todo el poder (2000) o Y tu mamá también (2001).Amores Perros marcó un nuevo episodio en la filmografía nacional. Nadie volvería a ver al cine mexicano como antes. Influencia en infinidad de cineastas como Gerardo Naranjo, Amat Escalante, Michel Franco o Tatiana Huezo, la primera película de Iñárritu terminaría siendo apenas el principio de una trilogía que seguiría explorando con la ferocidad, las familias quebradas, la falta de comunicación y la presencia persistente de lo accidental como detonante de la acción. En Amores Perros, desde los primeros sonidos sobre negros con los que arranca el filme, hasta el nostálgico y esperanzador desenlace con El Chivo y El Negro (antes Cofi) caminando hacia un futuro incierto, se establece que la universalidad de su temática es lo que la vuelve trascendente y poderosa.

Por Armando Navarro Rodríguez

Periodista. Cinéfilo y lector empedernido. Escribe sobre cine, arte y literatura.

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