VOCES DEL CONFINAMIENTO: TANYA HUNTINGTON Y LUIS RESÉNDIZ

Parece inevitable no vivir estos días con síntomas de distorsión: habitando una especie de realidad alterna.

Nos hemos detenido en seco, ciertamente, y aunque es claro que la mano que jaló el freno es una mano humana -el cambio climático y la alteración de ecologías terrestres son la forma misma del capitaloceno salvaje- es menos claro si ese freno será suficiente para transformar un sistema económico que, en su afán de producir la mayor ganancia posible, ha devastado sistemáticamente a la Tierra. La así llamada normalidad, se dice mucho en estos días y con verdad, está en la raíz del problema que condujo a la pandemia. Y mucho se reitera la imposibilidad de regresar a ella, incluso si algunos así lo quisieran.

Cristina Rivera Garza. (2020). Del verbo tocar: Las manos de la pandemia y las preguntas inescapables. 15/04/20, de Revista de la Universidad de México.

Cristina Rivera Garza escribe lo anterior tras recuperar una frase de Walter Benjamin: Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia. Parece inevitable no vivir estos días con síntomas de distorsión: habitando una especie de realidad alterna. La conferencia diaria de Hugo López-Gatell se ha instaurado como la nueva telenovela de las siete. 

En aquel extraordinario artículo, Rivera Garza ubica el fenómeno como una aproximación. Vivimos con el botón de la hipervigilancia encendido. Somos la extranjera que, arrojada sin maletas en una ciudad extraña, se esfuerza por crear analogías para poder visualizar —entender es mucho más complicado— lo que sucede frente a sus ojos. Esto se parece a. Bien podría tratarse de. (…) Cada esfuerzo es sólo una aproximación. De pronto, recuperando también un tuit reciente de Margo Glantz, ¿el encierro limita la creatividad? Lo que abunda son los profetas. 

Con el pretexto de ahondar en lo que representa este freno en la ruta que conocíamos -y dábamos por sentada- como realidad y cotidianidad, además de la obvia imposibilidad de atisbar o adivinar el futuro -pero clara insistencia por intentarlo-, platiqué con Tanya Huntington -poeta, ensayista y pintora- y Luis Reséndiz -crítico de cine y ensayista-.

LA CUARENTENA NOS RECUERDA QUE HAY MUCHOS ASPECTOS SUBJETIVOS DE LA REALIDAD

RP: ¿Cómo enfrentas el confinamiento? ¿Cómo se ha modificado tu cotidianidad a través de esto?

TH: Si fuera a hacer un retrato hablado de mi propio hubris, algunos de sus rasgos principales tendrían que ver sin duda con mi contexto originario: nací en un lugar de provincia remoto y pobre de Estados Unidos a una familia de granjeros o rancheros o vaqueros. Mis padres fueron los primeros de su estirpe en obtener una educación universitaria, a menos que contemos la escuela normal de la que se graduó mi abuela materna. Entre los valores fundamentales que me inculcaron se encuentran los de estar prevenidos siempre ante cualquier tipo de crisis, y de mantener la calma en tales situaciones cuando se presenten. De no perder la cabeza y de ser autosuficiente, ante todo. Además, el clima en Dakota del Sur se parece al de Siberia, gracias a lo cual soy ludópata de los juegos de cartas y de mesa, además de poseer un afán para todo tipo de actividades de encierro.  Gracias a lo cual, mientras se desata esta tragedia, no me siento particularmente rebasada por las circunstancias, aunque a la vez reconozco que son extraordinarias -en varias generaciones no hemos tenido que enfrentar nada así como especie, pues. Por otro lado, dado que tanto yo como mi esposo nos dedicamos a las letras y a otras artes, la cuarentena se asemeja bastante a nuestra cotidianeidad. Menos los viajes, claro, y la alberca -que es quizás lo que más extraño en estas fechas. Suelo nadar varios kilómetros por semana.

RP: ¿Hasta qué punto el confinamiento puede ser una suerte de aislamiento de la realidad? Contamos, evidentemente, con medios suficientes para mantenernos conectados a todas partes, pero me gustaría saber hasta qué punto procuras mantener el vínculo con el afuera. ¿Ha representado un cambio radical en lo relativo a los vínculos?

TH: Tu pregunta nos lleva a otra  -¿qué es la realidad? Creo que cuando menos, esta cuarentena nos recuerda que hay muchos aspectos subjetivos de dicha realidad. Aspectos que podemos convertir en herramientas y moldear de manera activa, viendo así qué realidad resulta si somos más ermitaños que callejeros, o si comemos en casa y no en la calle. Son elementos suficientes como para que esta nueva realidad se sienta bastante alterada, aunque sigan operando las mismas reglas de la física. Creo que el elemento más decisivo, como planteó Sartre, son los demás. Podemos procurar un cielo o bien, un infierno con las dinámicas que creamos. Y claro, cuando digo “los demás” eso incluye al daimon según Kristevaese aspecto ajeno de nosotros mismos que no solemos encarar, y que puede o potenciarnos o destruirnos. Es decir, no creo que estemos aislados de la realidad, creo que nuestra realidad se ha vuelto mucho más interiorizada, mucho menos volcada hacia afuera. Más centrífuga, menos centrípeta, si quieres. De hecho, siempre me han parecido bastante arbitrarias las herramientas que hemos elegido para moldear esa realidad externa, como si fuera a martillazos. Por ejemplo, ¿por qué elegimos una señal de alarma para despertarnos artificialmente y obligarnos a salir a la calle, como si todos los días estuvieramos lidiando con una emergencia, un cataclismo inminente? ¿Qué nos dice eso sobre nuestra construcción artificial de la realidad? Más que mantener el vínculo con afuera, estoy aprovechando la coyuntura para trabajar en los vínculos hacia adentro.

RP: Qué maravilla aquello del despertador, porque en ese espectro tan extraño que es Twitter me he encontrado con bastante gente que afirma mantener sus rutinas con el mismo horario sin saber muy bien, después, cómo llenar ese espacio: en el juego de realidades que planteas, es como si siguiésemos, de algún modo, volcados a vivir según la cotidianidad preponderante hasta que estalló esto, cuando en realidad -valga la redundancia- estamos habitando(nos) de otra forma. Haré una pregunta muy general, a ver a dónde nos lleva: ¿atisbas, de alguna forma, este fenómeno como un punto de inflexión para nosotros como sociedad?

TH: Ojalá que más que un punto de inflexión, se convierta en un punto de reflexión. Si a la gente le provoca ansia soltar una rutina que siempre fue un artificio, los invitaría a pensar en cuáles aspectos de esa rutina son realmente necesarios, y cuáles son prescindibles. Más allá de esta pandemia, para asegurar nuestra supervivencia como especie es no solo necesario, sino vital que replanteemos nuestra relación con nuestro entorno. Esta cuarentena nos ha demostrado que sí somos capaces de organizarnos, aunque de manera imperfecta, para reducir nuestra “huella humana”. Hemos visto la manera en que alrededor del mundo, nuestros ecosistemas se han vuelto menos tóxicos en cuestión de semanas. Si esa realización se convirtiera justamente en un punto de reflexión, sería un paso muy importante. Disiparía el mito de que no podemos hacer nada para salvar el ambiente, porque tienen preeminencia nuestras prácticas económicas formales actuales. Mencioné antes los juegos de mesa. Con este fenómeno, hemos visto que existe la posibilidad de vivir en el planeta de otra manera, que algunas de las reglas que juzgamos inamovibles de este “juego de realidad” pueden romperse o bien, reescribirse.

RP: Hablaba del tema de la resignificación o mutación en los vínculos personales, sobre todo apoyado en un artículo que compartiste por Twitter, de Socorro Venegas en Literal Magazine: “Los padres a control remoto”, el cual cierra con la frase “pienso en todos esos que no han podido elegir con quién o quiénes encerrarse a sobrevivir o naufragar”. ¿Qué responsabilidades se asumen en esta cuarentena, en lo relativo a concientizar / hablar de lo que pasa / mantenerse informado?

TH: Ya veo – muy buena, por cierto, la columna de Socorro. A raíz de ella, una amiga me comentó que su fuente de angustia principal son, de hecho, sus padres – ¡que hasta fueron a un taller para que pintaran el coche, “aprovechando”! En general, por supuesto que creo que es un deber nuestro mantenernos informados. La ignorancia es como ese sueño de la razón que retrató Goya, el que engendra monstruos. Me ha interesado más en estos días contemplar la relación que entablamos con nuestro entorno/interno, pero quizás sea porque afortunadamente, en esta etapa de mi vida, no tengo que lidiar con una problemática exacerbada en cuanto a los vínculos personales que mencionas. Las personas a mi alrededor tienen mi apoyo incondicional, y sé que tengo el suyo. Los seres queridos que están a distancia –mi hijo, por ejemplo, o mis padres– son personas sensatas, y no tengo que preocuparme por ellos o mejor dicho, por las decisiones que tomen. Ahora bien, en el pasado me ha tocado vivir con quienes sostienen las relaciones a través de la violencia emocional y el dramatismo extremo, y desde luego, me alegro mucho de no tener que pasar esta cuarentena con esas personas. Más allá de lo fellinesco del señor que intenta cruzar los pirineos porque se le acabaron los cigarros, o de la esposa del alcalde que fue arrestada por irse de reventón a un bar, nos hemos enterado que se han disparado las cifras de violencia doméstica. Hay hogares que son como platos petri, en donde se cultiva la violencia. Hay parejas que no conciben al amor como un proceso constructivo, sino como una tensión destructiva constante que devora todo. Actualmente conozco dos casos de mujeres que han abandonado su lugar de cuarentena por otro, y me gustaría que todas pudieran sentirse seguras de que su lugar de cuarentena no está grabado en piedra. Me gustaría que existieran universalmente esas redes de apoyo. Y por supuesto, creo que es una responsabilidad ética estar dispuesta a ofrecer mi techo a cualquier pariente o amigo que necesita urgentemente cambiar de lugar porque se siente amenazada o atrapada. En cuanto a la crisis económica que se ha desatado, desde hace años contribuyo mensualmente a Médicos sin fronteras y Oxfam, porque sé que la ayuda médica y alimenticia que brindan estas ONG a personas en estado limítrofe es real, y porque creo que es mejor eso –dar todos un poco, en la medida en que podamos– que desgarrarnos las vestiduras o realizar actos de caridad performáticos. Eso, y por supuesto exigir a nuestros gobiernos locales que rindan cuentas en ese sentido: que hagan su trabajo, pues. Debemos recordar también que aunque nos fascinemos con las grandes figuras nacionales o internacionales, el nivel de gobierno que nos afecta más en el día a día es local, invariablemente.

UNO SE INVENTA PEQUEÑOS RITUALES A FIN DE ORGANIZAR EL MUNDO A DIARIO, A FIN DE CONTROLAR MÍNIMAS PORCIONES DE REALIDAD

RP: ¿Cómo estás llevando la cuarentena? ¿Qué modificación de hábitos has tenido, o te has visto obligado a llevar a cabo? ¿Cómo ha modificado, en general, tu cotidianidad?

LR: Pues creo que la misma que todos, ¿no? Quizá tengo una ventaja: de por sí gran parte de mi chamba es a distancia —el trabajo remoto ha sido para mí, durante los últimos diez años, simplemente “trabajo”—, así que esa dimensión del asunto, que a algunos ahora les parece novedosa, abrumadora o ambas, la tengo más dominada. Extraño, eso sí, salir a correr y a caminar, que son actividades con las que he aprendido a lidiar con mi ansiedad, y extraño el bullicio de las calles de la zona donde vivo, cerca del Barrio Chino. Es raro que esté todo tan tranquilo. El hábito que más he resentido perder, no obstante, es el cine. Qué fea esta vida sin salas gigantes de cine. También extraño salir a comer. No la paso tan mal, entre que no soy un absoluto desastre en la cocina y que me pido un par de veces a la semana algo de fuera, pero me urge sentarme a una mesa a comer algo delicioso preparado por alguien que sí sabe lo que está haciendo…

RP: Ahora que hablas del cine, ¿crees que exista cierta transformación en el espectro del entretenimiento?… Diversos sistemas de streaming, como Netflix, a pesar de ser, a priori, los grandes beneficiados del confinamiento, parecen dispuestos a explotarlos aún más. Están las Netflix Parties, por ejemplo: un sistema para chatear entre amigos mientras se disfruta la serie/película. ¿La transformación que diversos sistemas generen durante este periodo la ves como un punto de inflexión de cara al futuro?

LR: Suelo tener una idea del cambio que rehuye de los puntos de inflexión y de los principios y finales rotundos. En este caso, las watching parties es algo que conozco y que incluso he hecho desde antes de la pandemia con mis amigos, en parte porque durante años he vivido en ciudades distintas de las de mis amigos más cinéfilos. Dicho lo cual, creo que esto sin duda va a repercutir, tal y como la producción de Coca-Cola durante la Segunda Guerra Mundial repercutió en la imagen global de la compañía favorablemente. Netflix y Prime y algunos otros servicios se cimentarán, eso me parece evidente, pero creo que esta pandemia más bien aceleró cosas que ya estaban pasando: la remotización del trabajo es una de ellas, el entretenimiento en casa es otra. El mundo cambiará para permanecer igual.

RP: Por ahí podríamos decir que quizá hemos ido avanzando por una senda individualista, sedentaria incluso, motivada por la gran cantidad de opciones en el menú de entretenimiento en casa y la posibilidad de generar vínculos por redes sociales sin salir de casa. Pero, de pronto, hablar de esa distancia como algo obligatorio o impuesto, trastoca y genera escozor. ¿Vislumbras un cambio en los vínculos y las formas de relacionarnos?

LR: Creo que cuando este encierro termine (cuando termine, y también tomando en cuenta la posibilidad de entrar y salir del encierro, como ya han planteado algunos investigadores médicos) tendremos un previsible periodo de intensificación de las reuniones sociales –sé que yo me quiero poner profundamente atarantado durante una fiesta que dure un par de días, al menos– pero creo también, o al menos quiero creer, que habremos aprendido una pequeña lección, o al menos algunos de nostros. Pienso en las medidas del terremoto, aquella de las mochilas y demás, y pienso en cuánta gente no sigue esas recomendaciones de seguridad en la Ciudad de México, y me doy cuenta de que como especie tampoco es como que aprendamos mucho. Por otro lado, también debo decir que me parece muy, muy pronto para “vislumbrar” cosas. Esta crisis va para largo y lo único que puedo vislumbrar ahorita es lo que voy a comer durante la semana…

RP: Sí, quizá. Creo que queda de manifiesto que de pronto podemos buscar adivinar lo que vendrá sin tener mucha noción de lo que está sucediendo. En mi caso, al menos. Es como quererse quitar de encima esta situación, sin comprenderla aún muy bien, sin saber dónde está la línea entre el acto responsable y la histeria desbocada. Tal vez sea una pregunta algo extraña, difícil de generalizar, pero al refugiarte durante el confinamiento en películas, libros y demás, crees percibirlos de igual manera que “en situación normal”? O algo en esta cuarentena trastoca nuestra visión de las cosas?

LR: Ajá. Las artes adivinatorias son una de las formas de la neurosis. La necesidad de controlar engendra la ilusión de controlar, ¿no? Uno se inventa pequeños rituales (pisar los cuadros de un solo color, por ejemplo, o llegar a determinado poste durante una carrera) a fin de organizar el mundo a diario, a fin de controlar mínimas porciones de realidad. La pandemia nos empuja al máximo de los descontroles, de forma acaso solo similar a los tiempos de guerra o de grandes catástrofes naturales, y como siempre, la neurosis nos lleva a fabular la pandemia, a leerla como un designio sagrado (de ahí todas esas tonterías de que “nosotros lo provocamos” o de que “es un castigo” por la homosexualidad o la contaminación), o en su defecto, a pretender volver a sujetar las riendas de la realidad mediante el vaticinio. Yo prefiero asumirla un día a la vez. Más que interpretar el pasado o darle forma al futuro, prefiero darme cuenta de que no tengo control (una lección ya de por sí bastante dura) y vivir con esa realidad poco a poco mientras observo, en la medida de lo posible y de lo que considero adecuado para mi salud mental, lo que hace el gobierno, la gente, el mundo alrededor del mundo. Parte de eso claro que implica refugiarme en los productos culturales, y creo que es inevitable sumar la pandemia a la lectura, tal y como es inevitable sumar todas las otras cosas que nos pasan. Como medio mundo, por ejemplo, vi Tiger King, y me pregunté hasta qué punto la pandemia habrá ayudado al éxito rotundo de la serie. Uno se pregunta si sería posible que esta serie hubiera alcanzado el peso que tuvo en la conversación en redes de no ser porque estamos todos encerrados en nuestras casas… y la respuesta es siempre multifactorial, ¿no? Viendo la serie en todo su grotesco esplendor resulta inevitable pensar que todo eso albergaba ya un notorio potencial de viralización que quizá habría tardado más tiempo en detonar sin la pandemia. Pienso, también, en la burdeza innecesaria de parábolas de la desigualdad como El Hoyo, esa oda a la obviedad que se estrenó también en Netflix, y pienso no solo en la estupidez inherente al razonamiento de esa película sino en la pertinencia de referirnos a este sistema desigual mediante metáforas tan tibias (o quizá es solo mi reacción de rechazo ante una metáfora malhecha. es posible también). Hay que pensar, claro, que los mismos programas están cambiando. Soy un adicto a los late shows y ha sido interesantísimo ver cómo se adaptan, desde el simplón acercamiento de El Pulso de la República (uno de los programas con menos imaginación de la historia de los medios, similar a un show de televisión local de Televisa) hasta el refinamiento de The Daily Social Distancing Show de Trevor Noah o la infinita caja de recursos de Last Week Tonight con my man John Oliver. Al mismo tiempo, ver esas formas de adaptación es tan esperanzador como desolador: te da la sensación de que el ingenio humano puede contra todo y, a la vez, de que no somos nada sin los otros. En otro rasgo menos denso, ayer vi She’s All That en la noche y tampoco pude evitar sentirme asqueado ante el manoseo adolescente. De por sí soy medio alérgico al contacto físico excesivo, pero esta película, donde los morros se tiran al agua y se besan y se encueran y tocan lo que sea y donde sea me generó una repulsión un poquito hilarante que solo es posible en estos tiempos de distanciamiento social…

  • RP: Revista Purgante.
  • TH: Tanya Huntington.
  • LR: Luis Reséndiz.

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