©Almudena Sánchez.

Eloy Tizón: Seguir escribiendo pese a todo

Uno, un poco, se convierte en lo que ama. Resulta inevitable. Un ser humano termina pareciéndose a lo que sueña. El carpintero, a su silla. El astrónomo, a su eclipse. A ti una noche te creció una barba rusa, intensa, de tanto leer a los rusos, y al levantar la vista del libro te descubriste con gafas miopes y ojos peterburgueses reflejado en los espejos, y ya eras otro, soy otro. Todos somos otros cuando alguien nos ama o deja de amarnos.

Velocidad de los jardines; Eloy Tizón.

Yo, como David Trueba, le tengo más fe al invierno que al verano «pese a la amargura que provoca la felicidad ajena». Tropecé el pasado diciembre con Velocidad de los Jardines, de Eloy Tizón (Madrid, 1964), merodeando en las profundidades del timeline de la inspiradora Laura Ferrero. Compré el eBook en Gandhi, pero como los libros electrónicos me parecen demasiado apocalípticos, emprendí un largo peregrinaje para conseguirlo en papel.

Apenas comencé, aterricé en Zoótropo, un prólogo artesanal que se alimenta de tres matices fundamentales: la memoria autobiográfica, el contexto sociocultural de la obra y un torrente de reflexiones insuperables sobre el arte de escribir. Eran los últimos días del 2017, se cumplían veinticinco años de su primera puesta en escena. Decir que me llegó demasiado tarde sería irresponsable, porque no hay nada más puntual que un libro: «la literatura es epistolar: necesita del otro para existir».

Me hubiese gustado charlar en persona con Eloy, pero me sentí incapaz de sobrevivir a las exorbitantes tarifas de los vuelos transatlánticos no planeados. Por eso recurrí al correo electrónico. Es como una selfie en la Gran Pirámide de Guiza: que lo frío y lo inexpresivo de la pantalla no le quiten perspectiva.

¿Hay anuncios de bolígrafos premonitorios?
Seguro que sí. El anuncio al que te refieres es uno de bolígrafos que menciono en Zoótropo y que decía: «La vida es corta. Escríbela». En mis oídos juveniles aquello sonó como una orden, un programa estético o un lema para toda la vida.

¿Cómo se desmarca el lector que aspira a convertirse en escritor del lector convencional?
Quizá sea un error separarlos. Leer y escribir son dos actividades complementarias; a veces resultan indistinguibles. En cierto sentido, escribir es leer por otros medios. Y la lectura tiene mucho de creatividad e invención. Decía Barthes que la lectura es ese texto que escribimos en nuestro propio interior cuando leemos.

¿Escribir es sobrevivir o encumbrarse?
Veo poco encumbramiento en la escritura, la verdad. Poco de lo que pavonearse. Más bien un salvavidas que nos permite sobrellevar mejor las cargas y adversidades a las que todos nos enfrentamos.

¿Se puede afirmar que eres un esteta?
Es una palabra peligrosa, porque se suele asociar al elitismo, lo cual no es mi caso. Digamos que soy alguien que considera que la belleza formal es importante y trato de ofrecérsela al lector, para compartirla con él. Por eso procuro reivindicarla en mis textos, darle espacio para huir de la prosa descuidada y chapucera, que es una de las cosas que más me irritan.

¿Tienes rituales para escribir?
Más que rituales, lo que tengo son horarios. Me he acostumbrado a escribir por las  mañanas, con luz natural, y dedicar las tardes y las noches a la pareja, la familia, los amigos, la lectura, el cine, las clases o los paseos.

¿Cómo desembarcaste en el cuento?
Creo que no me hizo falta desembarcar: nací ya cuento. Al menos, considero que es mi vocación natural de expresión, después de un breve escarceo juvenil con la poesía, que no cuajó porque ella no me consideró un novio digno. El cuento, con su rapidez de reflejos, me permite libertad para explorar el espacio que media entre lo narrativo y lo poético. Su brevedad constituye un reto, al tiempo que un acicate.

¿Se puede estimular el nervio poético?
Sin duda. No creo que el talento sea algo congénito, sino un largo y paciente proceso de aprendizaje y desaprendizaje, que por suerte no se termina nunca.

¿Por qué siempre se estigmatiza a los cuentos?
¿Se estigmatiza? No lo sé. Me parecería un error grave menospreciar un género que ha producido a Borges. La existencia de Borges –que solo escribió formas breves: poemas, ensayos y cuentos– anula todos los prejuicios que puedan existir en contra del cuento, que a partir de él son producto o bien de la ignorancia o de la mala fe.

¿Existe algo en la narrativa breve que tienda a subestimarla?
Si se hace, no se debería, porque es un error. Por suerte, en las últimas décadas la percepción va cambiando y se tiende a valorar más los cuentos, colocándolos en un plano de igualdad con los demás géneros literarios, ni mejor ni peor. En gran parte se debe al trabajo riguroso de editoriales como Páginas de Espuma, pilotada por Juan Casamayor, cuya labor mereció recientemente ser distinguida con el Mérito Editorial 2017 de la FIL de Guadalajara, en México. Eso quiere decir que algo se mueve.

Chéjov, Carver y Cheever, siendo grandes cuentistas, también habrán sido vistos con cierto recelo.
Ellos eran genios, creadores superdotados a quienes su talento permitió sobreponerse a todas las dificultades y obstáculos de sus vidas, que no fueron pocos. Esa es una enseñanza valiosa que nos brindan los clásicos y que no deberíamos subestimar: los grandes escritores no lo tuvieron fácil. Si tu vida tampoco lo es, no te quejes. Aplícate y trabaja.

¿Y cómo se sobrepone a ello Eloy Tizón?
Yo no soy un genio, así que no me queda más remedio que remangarme y remar durante muchas horas para intentar hacer algo mínimamente digno, que no me avergüence releer al día siguiente o al cabo de diez años. A veces lo consigo y a veces no. Como casi todos.

¿Es turbulenta la transición del cuentista al novelista?
No tiene por qué. No son excluyentes. Dos maestros que acabas de mencionar, Chéjov y Cheever, alternaron los dos géneros con sobresalientes resultados en ambos, al igual que algunos otros autores. Ahora mismo, más cercano a nosotros, está Andrés Neuman, que es capaz de prodigarse tanto en la novela larga como en el cuento, la poesía, el aforismo… Sin duda es un ejemplo de versatilidad infrecuente.

A propósito de novelas, escribiste La voz cantante, Seda salvaje y Labia.
De entre las tres me quedaría tal vez con Labia, que es uno de mis libros más personales, donde volqué parte de mis orígenes familiares y en la que indago en una cuestión que siempre me ha intrigado: ¿cómo surge la vocación literaria? ¿De dónde brota esa pulsión humana de contar y que nos cuenten historias? ¿Sirve para algo? ¿Podríamos sobrevivir sin ella? Ese misterio me fascina.

¿Eres alérgico a las recetas literarias?
Sí, desde luego. Bastante alérgico. Las considero una estafa. Tal vez esté equivocado, pero para mí la literatura de verdad empieza donde terminan los trucos, las recetas de cocina, las normas y todos los sagrados mandamientos sobre cómo escribir, y se abre a un territorio inexplorado y movedizo, donde queda todo por hacer.

¿Demasiado clásico para los modernos o demasiado moderno para los clásicos?
Ambas cosas, me temo. Pertenezco a una generación (la de los nacidos en la España de los años sesenta, conocida como baby boom) que se ha quedado un poco en tierra de nadie. El paso de lo analógico a lo digital nos sorprendió en plena juventud, con el pie cambiado. Estamos entre la academia, el mercado y la vanguardia, sin encajar en ninguno de los tres. Claro que no acabar de integrarse ni ser digeridos, estar un tanto fuera de lugar, puede ser una ventaja a la hora de escribir sin ataduras.

Bolaño decía que el primer requisito de una obra maestra era pasar inadvertida.
Lo bueno de la literatura es que es tan amplia, tan inabarcable y oceánica, que te permite encontrar ejemplos tanto en un sentido como en el contrario. Obras convertidas en bestsellers instantáneos e inacabables (como el propio Quijote), junto a libros que se abren paso dificultosamente. Es cierto que a veces lo nuevo se topa con resistencias y tarda en ser aceptado. Pasó con Moby Dick, que necesitó ochenta años para imponerse, lo cual amargó los últimos años de Melville. En México, al principio costó trabajo asimilar que Pedro Páramo de Juan Rulfo o José Trigo de Fernando del Paso sean dos novelas maravillosas. Al fin la calidad, aunque cueste, se abre paso.

Velocidad de los jardines, en su momento, pasó bastante inadvertida.
Sí, fue eso que algunos puntillosos denominan un succès destime, es decir: una obra nacida a contracorriente, con vocación minoritaria (o casi marginal) y escasas ventas al principio, pero que con el tiempo va encontrando lectores cómplices que se encariñan de ella, la defienden, la sostienen y aúpan, la recomiendan a otros lectores, gracias a lo cual amplían su radio y se libran de caer en el olvido.

¿Es una obra maestra?
Eso no me corresponde a mí decirlo. Sería de una vanidad insoportable. Lo que sí puedo afirmar es que puse en ella lo mejor que tengo, igual que he hecho con mis restantes libros, con recepciones desiguales.

¿Zoótropo es su mayor legado autobiográfico?
Hasta ahora, es lo que más se acerca a ello. Es un texto que combina tres registros: en primer lugar, la memoria autobiográfica; en segundo, el contexto sociocultural en que se fraguó Velocidad de los jardines; y en tercer lugar, una serie de reflexiones personales sobre la propia escritura. Todo lo que se cuenta en Zoótropo es verdad, sucedió así. A mí, que estoy acostumbrado a trabajar con imaginaciones y personajes de ficción, mantenerme fiel a los hechos me costó bastante esfuerzo.

¿Quiénes mitifican los libros?
Los lectores. A la hora de la verdad, los libros les pertenecen y son muy dueños de preferir este o aquel. En el fondo, todo se reduce a un lector que se enamora de un libro. Y ya está. Esa es la imagen básica. De ahí parte y se concentra todo.

¿Por qué trascienden unos libros y otros no?
Ah, ese es el gran misterio del arte. Resolverlo equivaldría a solucionar la cuadratura del círculo. Ese enigma está muy bien expuesto en la película Inside Llewyn Davis de los hermanos Coen, que me gustó mucho, en que el protagonista es un músico folk de los años sesenta que lo tiene todo a favor para triunfar y sin embargo, no triunfa. Se estanca. ¿Por qué? Por una serie de pequeñas y casi microscópicas calamidades: una pizca de mala suerte profesional, algunas elecciones sentimentales desafortunadas, poca habilidad para gestionar el propio talento… Parece poca cosa. Sin embargo, esos diminutos matices lo cambian todo.

¿Cuál es el peor defecto de un escritor?
La vanidad. La prepotencia. El resentimiento.

¿Y su mayor virtud?
La constancia. No desanimarse ante las adversidades. Seguir escribiendo pese a todo.

Mejor tener fiebre que tener bibliografía.
Sí. Soy de la opinión de que la literatura no es una cuestión de cantidad, sino de intensidad y emoción. No se trata de escribir mucho para empapelar el mundo, sino de tener puntería y acertar con lo necesario.

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