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Balada para un recuerdo

—¿Alguna vez lograste que chocarán?
—Nunca —dice Lucas, mientras elige dos piedras nuevas. Pero tengo toda la vida para intentarlo.

Ser feliz era esto; Eduardo Sacheri.

El primer rastro que tengo data del año 2020 —sí, el de la pandemia—, seis años después de su aparición. Debió ser la noche en el que grabamos un podcast sobre la literatura y el futbol, o no, y solamente le estoy buscando endilgar un punto de salida, como a todas las historias, y necesito establecer un principio para poder seguir narrando este viaje y ordenar todos los sentimientos que viví al atravesarlo.

A pesar de saber donde me dirigía, al iniciar el recorrido cerré los ojos, aguanté el aire en el centro del cuerpo el mayor tiempo que me fue posible y di los primeros pasos. Nunca lo había intentado, es cierto, pero conocía la ruta de principio a fin, miles (miles) de veces la he acompañado desde la distancia. 

Una caja de recuerdos
Y fiestas de guardar
Media vida en cada intento
Y la otra media en pinzas de metal
Ya es un clásico
Seguir la zanahoria con tu aliento aquí detrás

Los primeros pasos, como aquellos en la infancia temprana, son difíciles y llenos de inseguridad. O tal vez cautela y timidez, o todo mezclado dentro del hipocampo o el corazón y ese lugar que algunos llamamos alma. Seis escalones antes del primer descanso, la bajada es irregular (o tal vez era solo la perspectiva que tenía desde lo alto), concentrarme en eso y nada más, alrededor -o dentro de- ese laberinto de memoria con la que viajo y el recuerdo demasiado fresco como para exponerlo a la luz. Esperaré a que sequé lo suficiente para que se desintegre solo con el correr del tiempo.

Un desorden milimétrico
Me acerca hasta el lugar
Lleva a cabo mi propósito
De ser cuchillo y presa a la par
No es tan trágico
Jugar con la distancia y heredar su soledad

Al detenerme a respirar por primera vez de forma voluntaria, miré, al filo del descanso, hacia arriba y hacia abajo. Un largo trecho por delante y la imposibilidad de regresar por detrás. Ahora que lo registro en palabras, en realidad nunca hay regreso de nada, no en esta vida, ni en las que sigan de esta. Nunca se vuelve al punto de partida y si lo haces no eres nunca el mismo que inició el viaje. Quizá, esa distancia y la soledad que se hereda sean lo mejor que pueda suceder.

Cuarteles de Invierno
Rompiendo su silencio
Muñecas de hielo
Testigos de este encierro
Fue tan largo el duelo que al final
Casi lo confundo con mi hogar

No es fácil desplazarse en un interletrado (ignoro cuantos de ustedes lo han intentado) al ir descendiendo en él, puedes encontrar frases (palabras) que te confunden o, peor aún, con las que quieres viajar por siempre. Reconocerte (o empezar a conocerte) en el espejo es un ejercicio de valentía o de necesidad, por lo que no me sorprendió que alguna parte de mi sombra quedara adherida en esos dos últimos escalones.

Botiquines para amnésicos
Leyendas de ultramar
Soldaditos pre-soviéticos
Sellé mi Guerra y Paz particular
Hay un misterio
De mapas que no llevan al tesoro
Ni a epicentros
A punto de estallar
Son las leyes de la física
Y el tiempo no se pone en mi lugar
Ya es un clásico
Perdí el salvoconducto y ahora espero al emisario
Que nunca llegará

Vértigo como señal de alerta, como turbación del juicio, como latidos profundos y sudoración en las manos, vértigo como vivir en incertidumbre, vértigo al visualizar el siguiente párrafo por el que debía descender, recordando que para llegar al final de esto había que cruzarlo, porque desde muy dentro del tórax conozco la existencia de mapas que no llevan al tesoro y que muchos de ellos te encierran en bucles de tiempo y espacio. Al pisar la penúltima línea, miré alrededor con una vana esperanza de que por fin llegara alguien con aquel salvoconducto aún sabiendo que el deseo era no solo inútil, sino doloroso. Di los pasos restantes para llegar al descanso deseando que eso que sentía desapareciera.

Cuarteles de Invierno
Rompiendo su silencio
Muñecas de hielo
Testigos de este encierro
Fue tan largo el duelo que al final
Casi lo confundo con mi hogar

Conocer el camino no significa saber recorrerlo. Conocer el camino solo es eso: comprender que después de un paso sigue otro y otro más. Volví a detenerme en el mismo lugar y recordé a Leila Guerriero y sus letras: “Habituarse a una hermosa risa humana, a un cuerpo vivo, cuesta muy poco. Dejar partir, en cambio —dominar el arte de perder—, cuesta la vida”. 

Por mucho que vuelvo
No encuentro mis recuerdos
Los busco, los sueño
Lo propio ya es ajeno
Cayeron los bordes
Y el vaso ya está lleno
Y ahora sólo intento vaciar
Sólo necesito despegar
Fue tan largo el duelo que al final
Casi lo confundo con mi hogar

Al bajar el último tramo, miré arriba, no para ver lo recorrido, lo hice para buscar miradas, para saberme solo, porque estaba decidido a llevarme conmigo todas esas frases, todo ese sentir, todos y cada uno de los significados que puedan tener. Fue entonces que extendí los brazos, abracé las letras y las metí en el bolsillo donde guardo las emociones, donde pongo lo que me gusta, porque solo en ese lugar es donde disfruto una y otra y otra vez todo lo que esta canción pueda traer a mi vida. Ahora que me pertenece, puedo afirmar que esos tres minutos y cincuenta y cinco segundos que me llevó cruzar el corazón y la memoria de lo que siento, han valido el viaje, y sé, además, que al leerme recordarás que siempre estaré ahí.

*Cuarteles de Invierno; Vetusta Morla (La Deriva, 2014)

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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