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Charly García, la perduración de un genio

Definir a Charly García es adentrarse al corazón del fuego: a veces melancólico, en otras ocasiones fiestero. Existe en el plano del ayer, del hoy y del futuro. Por ello reunimos a diferentes voces de Latinoamérica para que encriptaran por escrito el legado que el genio argentino dejó en sus vidas. Pibes en motos que van a ellos y que solo el viento les hará sentir… nada más.

En 1976, el bandoneonista y compositor argentino Astor Piazzolla (1921-1992), en compañía del periodista —de la misma natalidad— Bernardo Neustadt (1925-2008), visitaron a la conductora Mirtha Legrand en Canal Volver (programa de televisión representativo de Argentina). Las tres figuras públicas entablaron una plática que pasó por diferentes facetas: desde Piazzolla opinando sobre el incipiente rock argentino, pasando por las míticas interrupciones de Legrand a los entrevistados, hasta llegar a la mirada y el humor temporal de Neustadt. El desborde de intelectualidad, popularidad y afición era más que visible. 

Piazzolla expuso su pasión por el talento joven que estaba haciendo otro tipo de música en los años setenta (partían de generaciones pasadas para rejuvenecer su técnica y conectar con la sociedad que les estaba tocando vivir). Para el argentino estos jóvenes tenían inquietudes, por ello conectaba más con sus facetas musicales que con los músicos de tango. «Lo que hace Spinetta y Alas es música de Buenos Aires. Ahora está ocurriendo un fenómeno muy especial y acordarte: estamos hoy en 14 de diciembre de 1976, va a ocurrir el mismo auge que ocurrió con los Beatles en 1960. Ellos están haciendo una nueva música argentina, hay que apoyarlos, ya que son los únicos que pueden salvar a nuestra música que desaparezca».

Astor se refería al Flaco (Luis Alberto Spinetta, 1950-2012), a los grupos Alas y Crucis —pioneros del rock progresivo en español— y a Charly García. Definir a Charly es adentrarse al corazón del fuego: a veces melancólico, en otras ocasiones fiestero, sin embargo, no se logra darle una forma a su esencia: existe en el plano del ayer, del hoy y del futuro. García nos enseñó a no hacer promesas sobre el bidet, a estar cerca de la revolución, a habitar un hipercandombe mientras miramos las nuevas olas pasar.

Charly no es solo su música… es un artista integral, de esos que se empapan de realidad para volver poesía su verdad, pero en momentos en los que la realidad se tapaba bajo la bota censuradora, las ficciones fueron un refugio necesario. Charly se enamoró de las películas y, como toda una generación, se hacía de las suyas para entrar en proyecciones oficiales y clandestinas. Como todo genio se colmó de historias, pero también de técnicas audiovisuales que supo utilizar como recursos de composición musical. Diálogos, montajes, perspectivas… escuchar a Charly es un viaje sensorial. Sus canciones crean escenarios fílmicos en nuestra mente. Suena extraño decir que mi acercamiento al mundo del cine fue gracias a Charly García, aunque es cierto. Había tantas canciones de su extenso repertorio que me llevaron a querer entender más al respecto, a conocer las películas de las que hablaba. Podemos relacionar fácilmente que algunas de sus obras, desde el título, nos anticipan una clara referencia, como Pedro Trabaja En El Cine, Canción de Hollywood, Ojos de Videotape, Película Sordomuda o King Kong. Otras son un homenaje a la vida y obra de algunos de sus directores favoritos, como Kurosawa y Ella Es Tan Kubrick. Entre las letras de algunos temas como Superhéroes, Chicas Muertas, Llorando En El Espejo o Alguien en el Mundo Piensa en Mí, por solo nombrar unas pocas, también podemos disfrutar de astutas mini-crónicas fílmicas, pero hay un mundo hermoso para explorar en el imaginario cinéfilo de García. 

En el año 77 saca, junto a La Máquina de Hacer Pájaros, el álbum Películas, un disco cargado de una poética sonora y estructura visual impresionante. En el arte de tapa vemos a los músicos saliendo del cine Metro luego de ver la película Family Plot (Alfred Hitchcock, 1976). De este álbum forman parte la canción Marilyn, La Cenicienta y Las Mujeres que, además del sugerente título, inicia con un fragmento instrumental de Over The Rainbow, la balada escrita para la película The Wizard of Oz,interpretada por Judy Garland, y también la canción ¿Qué se puede hacer salvo ver Películas?, en la que Charly decidió incluir un diálogo de la película Casa de Muñecas (Ernesto Arancibia, 1943). Esta suerte de montajes los usó en varias oportunidades. En Salir De La Melancolía incluyó un diálogo de Gilda (Charles Vidor, 1946) y al final de Cinema Verité podemos escuchar la escena de Rita Hayworth cantando Put the Blame on Mame. También, para Linda Bailarina, cover de la canción de Michael Brown, tomó una frase de Lolita (Stanley Kubrick, 1962) y en No Importa se escucha a Sue Lyon diciendo pícaramente «cha cha cha». Y si hablamos de covers, cabe destacar que Charly reversionó en ukelele una de las canciones más utilizadas en el cine clásico estadounidense, la renombró como All I Do the Whole Night Through, pero en realidad se trata de All I Do Is Dream of You, escrita por Nacio Herb Brown y Arthur Freed en 1934, originalmente para formar parte de la banda sonora de la película Sadie McKee, dirigida por Clarence Brown.

Para El Día que Apagaron la Luz, grabada por Sui Géneris en su regreso en el 2000, García tomó el mítico diálogo entre Paul McCartney y Eleanor Bron en la película Help! (Richard Lester, 1965). De este montaje también surgió un hito en cuanto a la simbología relacionada a Charly: el legendario «Say No More», una frase que hoy la relacionamos con el músico. Además, encontró inspiración en la película The Producers (Mel Brooks, 1967) para diseñar sus brazaletes parodiando a los nazis. Hay canciones que guardan una relación más estrecha con películas en particular, como el título Pequeñas Delicias de la Vida Conyugal, que está inspirado en Scener ur ett äktenskap (Ingmar Bergman, 1973) o el de Bubulina, la prostituta de la película Zorba the Greek (Mikhalis Kakogiannis, 1964). Plan 9 está inspirada en el filme de culto Plan 9 from Outer Space (Ed Wood, 1959); Kill Gil es una alusión a la película en dos volúmenes Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003 y 2004) y Lluvia habla sobre la icónica escena de Singin’ in the Rain (Gene Kelly y Stanley Donen, 1952). En la canción Chiquilín Charly nombra a un bebé que nació en el espacio, inspiración clara a 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968), una de sus películas favoritas. Esta película, junto a 夢 (Akira Kurosawa, 1990), fueron sus númenes para componer el disco La Hija de La Lágrima. En Filosofía Barata y Zapatos de Goma la estrofa «el cine de mi barrio ya me mostró la escena» está inspirada en frases que aparecen en las canciones A Day In The Life, de The Beatles, y Life on Mars?, de David Bowie, además, en una de las escenas eliminadas del videoclip oficial se puede disfrutar a Charly desarrollando un monólogo de la película The Fly (David Cronenberg, 1986). En esa toma espectacular reafirmamos lo que todos sabemos: Charly es un performer nato y lo demostró en sus participaciones en películas como Lo Que Vendrá (Gustavo Mosquera, 1988) o Una noche con Sabrina Love (Alejandro Agresti, 2000). 

Su amor por el cine lo llevó a componer bandas sonoras para las películas Alicia en el País de las Maravillas (Eduardo Pla, 1976), Pubis Angelical (Raúl de la Torre, 1982) y Funes: un gran amor (Raúl de la Torre, 1993). A través de su música y sus referencias, Charly García se rebeló contra las injusticias y la hipocresía social, denunciando en más de una oportunidad la censura y los actos atroces contra los derechos humanos, ejemplo de esto es su canción Las Increíbles Aventuras del Señor Tijeras, en referencia al infame Miguel Paulino Tato, director del Ente de Calificación Cinematográfica desde la presidencia de María Estela Martínez de Perón hasta fines de la última dictadura cívico-militar, conocido por censurar más de trescientas películas. Carlos Alberto García Moreno me abrió las puertas a un mundo nuevo, me enseñó a conectarme con mi sensibilidad y me invitó a jugar y curiosear con libertad. Gracias a él entendí que todo guarda una estrecha conexión entre sí.

Para mí, Charly es historia, patria y familia. Es perderme en su mundo sonoro de poesía lírica y encontrar puro arte y reflexión. Es nunca sentirme sola si tengo la compañía de su música, porque sus canciones se clavan en mí como una daga, pero a la vez son el bálsamo que necesito para nutrir mis días. 

La banda argentina Reynols tiene tantas particularidades que referirlas iría en contra del sujeto de este artículo. Una sola: su debut tiene características únicas. Se llama Gordura Vegetal Hidrogenada (1995) y al abrir la caja uno se encuentra con una foto del trío y un mensaje: «Este LP: se desmaterializó hace 15 segundos». El chiste quedó fosilizado, pero no inhibe el carácter dadaísta del grupo porteño, formado en Caballito, el barrio donde Charly García hizo la secundaria (la prepa de ustedes; el colegio se llama Dámaso Centeno) y conoció a su partenaire, Nito Mestre, con el que luego formaría el dúo Sui Generis.

En Caballito, el barrio no céntrico que es el centro mismo del mapa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Charly García ofreció uno de los shows más impactantes del rock latinoamericano de todos los tiempos. Fue la presentación de su álbum debut como solista (Yendo de la cama al living), que fue grabado mientras transcurría la Guerra de Malvinas. El 26 de diciembre de 1982, en la cancha del club Ferro Carril Oeste, con una banda en la que se alineaba un jovencísimo Andrés Calamaro, García inauguró la era del rock de estadios en la Argentina. La artista plástica Renata Schussheim preparó, para esa noche, una impactante escenografía, una suerte de ciudad empalizada que terminaría destrozada por ¿misiles? en clara reminiscencia a la reciente Guerra del Atlántico Sur y la sorna de uno de los temas centrales de su despegue solitario: «No bombardeen Buenos Aires». 

Salgamos un poco del centro y mensuremos. Carlos Alberto García Moreno (Buenos Aires, 1951) es acaso de los pocos artistas en el mundo cuyo período de esplendor real se extiende durante dos décadas. Tomemos para argumentar el lapso entre su precoz entrada con Vida (Sui Generis, 1972) y dejémoslo caer en el redundante regreso (vivo y álbum) de Serú Girán (1992). En tres álbumes con Sui Generis, dos con La Máquina de Hacer Pájaros, cuatro con Serú Girán, seis firmados a su nombre y los side groups Porsuigieco y Tango, se establece un cancionero donde se entrelazan influencias (un solo nombre ya olvidado que se pronuncia así de un tirón: BeatlesByrdsPaulSimonChopinJamesTaylorBachEltonJohnGenesisSteelyDanAlmendraWeatherReportJoniMitchellMercedesSosaAstorPiazzollaPrince) aunque, en realidad, sabemos que el que compone, canta y graba es Charly García. Y cuando eso sucede, ya nadie se pregunta sobre etimologías. El hombre posee algo así como el rayo que usan los hombres de negro para ultimar cualquier memoria previa. Desarma y manda.

Este es el momento en que el texto podría derrapar en extensas bifurcaciones sobre autor y obra, aunque podríamos decretar también que a partir del siglo XXI lo suyo es más bien el personaje como obra en sí misma, sin que esto amerite condescendencia o piedad. Para muchos jóvenes argentinos, como mis hijos adolescentes, García es aquel señor capaz de arrojarse desde un noveno piso a la piscina de un hotel y mantenerse no solo vivo, sino a flote. Un avenger de piel, huesos y alcaloides. Pero resulta que quedó abierto el asunto del primer párrafo, así que por ahí anudaremos.

Para aquellos que oficiamos de periodistas, una singularidad de Charly solía ser que ATENDÍA EL TELÉFONO. Su línea casera, fija. No había que llamar a un secretario de un primo de un jefe de prensa dependiente de un mánager para obtener un dato. El número de teléfono de su piso sito en la intersección de las avenidas Coronel Díaz y Santa Fe era el vox pópuli con más misterio de la entera ciudad de Buenos Aires. Y en aquel momento de Reynols publicando el no-cd de marras, García estaba atravesando la etapa previa a su marcial y humorístico reality horror Say No More como alter ego y fuga. Su leitmotiv era «La vanguardia es así» y de ahí que el velado homenaje de los Reynols consistió (dentro de la falta de consistencia material de su edición) en deslizar el número fijo del ídolo, perdido en un collage de frases y letras, como un códice vital para comunicarnos con la mejor antena del cono sur. Del hombre capaz de resumir en cuatro minutos el futuro, el pasado, la alta cultura y el eslogan. Y es que, tan pagados de nosotros mismos (de él aprendimos que, en realidad, «Woody Allen es un porteño que vive en New York»), los argentinos nos reímos de costado cuando en la Rolling Stone gringa publican esas listas de «Los 500 discos más importantes de la historia». Es que… ¿cómo es que puede haber 500 obras mejores que Clics modernos, eh?

A Charly García seguramente lo escuché en esos canales de televisión por cable, donde pasaban programas especiales de música, bajo el manto de mi hermano mayor. Pero, en realidad, la música de Charly llegó a mi vida gracias a mi madre, por aquel disco o CD de la cantautora argentina Mercedes Sosa, llamado Cantora, un viaje íntimo, un álbum doble de duetos con diversos intérpretes, en el cual el genio participó. Ahí fue que lo conocí y desde entonces me ha acompañado de manera intermitente los últimos diez años. Hablar de García es hablar de rock argentino. El cantautor, vocalista y multiinstrumentista de personalidad extravagante se ha consolidado como un referente musical en el rock and roll y es considerado un ícono cultural no solo de Argentina, sino de Latinoamérica. Charly es un fenómeno artístico que desborda talento. Su forma tan especial de tocar y de transformar la música ha influenciado a muchísimas bandas musicales. Con una larga lista de discos, Piano Bar (1984) es el álbum que ha acompañado mis días más pensativos y solitarios también. Que su música no nos falte nunca.

Charly es Buenos Aires. Tan rápido y caótico en su tránsito de luz y de sudor. Violento como la angustia acumulada por un país hermoso que está hasta el cuello de las decisiones de sus gobernantes y de sus canales de televisión que rara vez dejan de transmitir rumores amarillos sobre el secreto de la inmortalidad de Mirtha Legrand. Charly es un golpe del viento nocturno en Puerto Madero. Es un par de zapatos que arrastran tango cerca de la estatua de Mafalda, cagada por perros y ratas con alas. Charly, beatle de medio tiempo, perdido en el sur del continente que se expande cuando sus manos se suspenden sobre los cuchillos blancos y negros del piano que por siempre será para él un juguete rabioso. 

Cumplió setenta el anecdotario más audaz de su patria y está su madre para decir «Carlitos, lo has logrado», pero también está la gente en el Colón, le acogen como al más importante de los viejos músicos cultos… porque lo es. No sobra decir que su oído absoluto comenzó a educarse con Liszt y Bach. Queda la duda si interpretó, más tarde, cuando menos involuntariamente, alguna pieza de Johann Sebastian Mastropiero.

Charly García hizo felices a Julieta Sandoval, a la Pichona Sujatovich, maestras de piano y composición, pero allende, tuvo éxito, lo mismo con las nenas de Sandro que con las borgianas y las darinianas. Hace días que la gente se ríe de Charly en redes porque intentó raptar el micrófono de una reportera unas décadas antes, pero dentro de la piscina hay setenta años de grandes canciones, en compañía de los únicos héroes nacionales después de Evita, Gardel y San Martín. Setenta de pasar por estudios y destruir hoteles y cristales a fuerza de sentirse el mentiroso más bello, el de la mayor honestidad intelectual. Es un grito que ya no se detiene bajo el bigote, porque es nacional como el dulce de leche. Es tan mundial —para la grey de la insurrección— como el Diego, que no logró llegar a los 70. Abrió paso a otros jugadores de su especie que desaparecieron de a poco por las drogas o las hemorroides. Otros se mudaron de país para evadir impuestos. Y Charly sigue omnipresente en cualquier territorio, con bilis para vivir lejos del caballito, mas cerca de todos los que le rinden culto en conciertos casi siempre incestuosos. 

Quizá en su país nadie ha dicho tantas veces la palabra boludo, ni ha podido serlo al tiempo que es un genio que imparte clases a todos. Hacer un rock de sutilezas, introspecciones y misticismos cuesta la cárcel.

No es sábado por la noche, pero evidentemente y entendiendo esto en un plano global, nos siguen pegando abajo. Charly García manifestó sus crónicas explosivas y políticamente personales en los nueve tracks de Clics Modernos, su segundo álbum como solista que grabó en Nueva York, entre cajas Roland TR-808 de ritmos, samplers, sintetizadores y fotografías de Uberto Sagramoso. Notable, elocuente, autoproducido, consecuente, el disco impacta sin cesar a nuestros pecados mortales como metralleta invencible, recuerda a los 30 mil (aproximados) «dinosaurios» desaparecidos durante la dictadura argentina de 1976, al «Nunca más» y al régimen militar del Proceso de Reorganización Nacional que dispuso del control nacional; se entrometió en las Malvinas en 1982 y mancilló los recuerdos de las madres de la Plaza de Mayo de 1977.

Golpes de Estado, María Estela Martínez de Perón y la ley marcial que escupió a las calles a los hombres de gris, rodaban por la mente de su argentinidad, que en 1983, año de publicación del material, escapaba de los carceleros de la humanidad con un ritmo alocado, novedoso, íntimo y robótico que no dejó de criticar y autoexplorar su psique verde, aprisionada siempre, como el genio que ha sido desde los días de Sui Generis y Serú Girán. Pop, rock, incluso tango (dicho por el mismo Charly), esta entrega ochentera muestra al rey angustiado por el entorno argentino y la sangre dentro de los hogares, al maestro atribulado y lleno de ideas filosóficas a punto de expandirse, al músico que observa a la luna chorreando problemas y dilemas sin parar. Planteando injusticias, bramando por la brutalidad de un puñado de milicos que dejan huellas que se convirtieron en la piel curtida de un pueblo desvalijado. Con la restauración de lo más cercano a una democracia en 1983 de la mano de Raúl Alfonsín, Charly destapa un documento sociomusical que repercutió en las víctimas de la dictadura y los acribillados del camino, como Rucci, uno de los guiños del disco, muerto a balas en 1973, peronista y líder sindical. García homenajea y lamenta la imposibilidad de amar y el cambio de color de las trincheras, mientras se rehúsa a dejar de protestar y se mofa de la venta a Fiorucci o las críticas por su estilo excéntrico: charlístico.

El álbum no es una expresión comercial de las masas, todo lo contrario, es… no sé exactamente lo que es, porque ni a Charly le importa cuántas etiquetas le pueden añadir a su trabajo, mientras se disfrute y, con esto, acudan los retratos vívidos, relucientes y mentalmente tangibles de Joe Blaney en el estudio y James Brown tras las rejas por dejarse ir contra los de azul en un frenético asalto libertario. Atestado de tonos frescos para la Argentina del 83, Clics Modernos corre tras el Shadowman (obra del grafitero canadiense Richard Hambleton)de su portada y resucita a un tipo maravilloso que nos observa desde la lejanía con sus ojos de videotape, y entre tanto, juzga lo acontecido aquel 24 de marzo: el terrorismo de su estado, la persecución aleatoria e incoherente, los míticos vuelos de la muerte y los conciertos en diciembre en Luna Park con la gente coreando las piezas más novedosas y confusas de Charly.

Ahora todo se mira mate, como un delirio de persecutor, como un tiempo de paz extranjero, en donde aún Charly no se tiraba del balcón de un noveno piso hacia el agua dosmilera, ni subía al escenario en una ambulancia ni estampaba Say No More entre los pibes degenerados. En fin, tiempos de un descontrol limitado, mutilado, desnutrido y deformado. ¿No eran esos los detalles de la sociedad de entonces? No comprendo, nunca he comprendido por qué carajos no nos dejan salir. Si en realidad no somos tan malos, nos encontramos confiando en nosotros más que nunca. Pero comprendo que tienen miedo de que nos evaporemos, de que desaparezcamos sin rastro, pero eso sí: dejando detrás la cuerda que no mantiene unidos a la nada abismal. Ha amanecido y me encuentro más convencido de que la noche sabatina me ha alcanzado con los dinosaurios en la cama y los bigotes bicolores.

Por Ikram Casas

El rock latinoamericano ha tenido y tiene demasiados exponentes, muchos recuerdan a Soda, otros a Enanitos, y quizá algunos a Caifanes o Los Fabulosos Cadillacs, por mencionar algunos. Pero hay un exponente que desafortunadamente aún no ha tenido el reconocimiento que merece. Participó en dos bandas trascendentales y desde hace varios años su carrera como solista ha mantenido al género en lo más alto con cerca de 30 álbumes de estudio, su nombre es Carlos Alberto García, mejor conocido como Charly García. Cantautor, multiinstrumentista, productor discográfico y estrafalario de tiempo completo, Charly García tiene una trayectoria en la industria de la música con la que muchos solo sueñan. Su talento, su espíritu «rebelde» y su visión adelantada a su época lo han llevado a convertirse en una leyenda viviente del rock en español.

Casi nada acerca de este intérprete es común, tal vez solo su nombre. Esto es algo que se refleja en todo lo que Charly toca, por ejemplo, su primera banda: Sui Generis, que se refiere a una expresión en latín que quiere decir «que es muy peculiar, que no coincide exactamente con lo que designa, sino que es algo distinto, original o extravagante». Pero ¿qué impacto tiene Charly García y su música en la vida de sus fans? Personalmente me parece que su música plasmó en mí la idea de que en ocasiones se debe sustituir el término «raro» por «peculiar». Siento que Charly, con su música y con su actitud desinhibida, ha logrado —tal vez de forma inconsciente— exponer que la rareza no existe, pero existe la peculiaridad. Es decir, él es una persona sumamente excéntrica, lo refleja en su forma de vestir, de cantar, de escribir, de componer, de grabar, su forma de pensar, su aspecto físico e incluso de comportarse arriba y abajo del escenario. Desde aventarse de un noveno piso de un hotel para aterrizar en una piscina hasta mostrar el trasero desnudo en concierto frente a miles de personas.

No me refiero a que su objetivo principal sea cambiar la vida de quienes lo escuchan, pero al expresarse y cantar de una forma tan desinhibida, libre, espontánea y auténtica, lo logró. Charly García es un innovador en muchos sentidos, uno de ellos fue en su forma de grabar sus discos como solista. En su tercer álbum, Piano Bar, Charly utilizó un método que no era para nada común en 1984, el intérprete de bigote bicolor grababa las canciones en el estudio como si estuviera tocando en vivo: improvisando, alterando la canción y modificando la letra. Partiendo de eso, en post producción rehacía la voz o agregaba efectos sonoros que tal vez ni siquiera coincidían con lo que Charly quería hacer con la pista en un inicio. Otro ejemplo de algo en lo que innovó fueron sus letras. Por ejemplo, con su segunda banda, Serú Girán, hay una canción con el mismo nombre de la banda que está totalmente en un idioma inventado. Para ser honesto, hay muchas canciones, tanto de Charly en solitario como de sus bandas, que hasta la fecha no he podido descifrar de qué están hablando o a qué se refieren.

Hablando de sus letras, en la canción Los dinosaurios hace referencia sobre cómo literalmente desparecían personas por sus acciones o formas de pensar en Argentina debido a las dictaduras y al régimen tan estricto en el que estaban. Otro ejemplo podría ser La grasa de las capitales, donde criticaba algunos ideales o conflictos políticos de ese tiempo. Sería imposible para mí pensar en Charly y no recordar algunas expresiones artísticas que lo describen muy bien. La primera es un fragmento del poema de Charles Bukowski, Style (Estilo), cuya primera estrofa es:

A fresh way to approach a dull or dangerous thing.
To do a dull thing with style is preferable to doing a dangerous thing without it.
To do a dangerous thing with style is what I call art.

Una nueva forma de abordar algo aburrido o peligroso.
Hacer algo aburrido con estilo es preferible a hacer algo peligroso sin él.
Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo arte.

La razón por la cual relaciono este fragmento con Charly es porque él es un cantautor de rock y tal vez haya una infinidad de cantautores del género que, con el tiempo, son monótonos o aburridos en sus letras, sus ritmos e incluso sus métodos. Sin embargo, con cada disco en el que García participaba, reinventaba su propio sonido y estilo. Hacía algo peligroso, pero con estilo y lo mejor de todo: lo ejecutaba perfectamente. La segunda referencia sucede en la película La La Land de 2016, donde en una escena uno de los personajes dice: «How are you gonna be a revolutionary if you’ re such a traditionalist?».

Charly García es un revolucionario y tradicionalista al mismo tiempo. Es revolucionario porque creó, bajo su propio estilo, un sonido que no se salía completamente del rock, pero era distinto al de los demás. A pesar de eso, también es un tradicionalista porque en la esencia de su música siempre prevalecen los «pilares» bajo los que dieron vida a este mismo género: la rebeldía, la indomabilidad, la insubordinación y la irreverencia. Es por eso por lo que, para mí, Charly García es una dicotomía viva perfecta, porque es el tradicionalista más revolucionario.

No estaba del todo seguro de cómo encarar la escritura de esta brevísima reflexión. Ya se ha dicho mucho que Charly García libró su más grande batalla al arriesgar su vida componiendo metáfora tras metáfora, yendo de la cama al living, para denunciar los horrores de una dictadura que vio en el pelo largo de sus jóvenes algo subversivo. A últimas fechas, lo primero que se me viene a la mente al hablar del genio argentino es el semblante impasible de Harry Dean Stanton en Paris, Texas, la obra cumbre de Wim Wenders. Este es la primera vez que lo digo en voz alta, por temor a ser recluido o señalado con dedo flamígero. Pero basta ya. Hablo de esto plenamente consciente de las consecuencias que podrían desencadenar. Imaginen por un momento la mítica escena del video en Super-8 o la del peep show mientras suena:

Pedimos perdón
Corriendo, enmascarando el fin
Por eso te busqué, por eso diseñé
La máquina de ser feliz.

Y hablando sobre momentos epifánicos en mi historia personal con Charly García, me veo obligado a recurrir a la entrevista que le hicieron en Monitor Argentino, aquel programa conducido por Jorge Dorio y Martín Caparrós. Durante la charla, el cantautor hablaba de que toda música tiene una letra y que el verdadero reto era precisamente ese: saber escucharla. Salió Chopin a cuento, para luego desembarcar en Prince, a quien Charly veía como una gran inspiración creativa. Caparrós, recargando sobre el piano, contraatacó de inmediato: «Entre Chopin y Prince hay una distancia grande, ¿la llenás con otras cosas?» A lo que el genio rebelde respondió: «Sí, con ravioles». Nada más que decir. Charly García en estado puro. 

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