Diles que no me maten

Consigue su trascendencia a cualquier época (de ahí su independencia del tiempo): por su escritura, su estilo plural, multicultural, adaptable, universal; y por lo que narra: dentro de ello, hay cosas, muchas, que no han cambiado, que siguen siendo las mismas.

Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
Luvina; Juan Rulfo.

Septiembre. 1979. Ernesto González Bermejo entrevistaba a un Juan Rulfo que fumaba cigarros Delicados con toda la calma del mundo. El entrevistador suelta algo que semeja a un disparo en medio de una batalla de cuchillos: ¿Qué es para usted la literatura? Y Rulfo, ente sobrio, responde, seguro aspirando el humo de esos cigarros que con tanta calma fumaba: “Una mentira. La literatura es una mentira que dice la verdad. Hay que ser mentiroso para hacer literatura, esa ha sido siempre mi teoría. Ahora que hay una diferencia importante entre mentira y falsedad. Cuando se falsean los hechos se nota inmediatamente lo artificioso de la situación. Pero cuando se está recreando una realidad en base a mentiras, cuando se reinventa un pueblo es muy distinto. Aquellos que no saben de literatura creen que un libro refleja una historia real, que tiene que narrar hechos que ocurrieron con personajes que existieron. Y se equivocan: un libro es una realidad en sí, aunque mienta respecto a la otra realidad.” El libro es una realidad en sí. Aunque mienta. Porque miente, pero no falsea. Porque no es lo mismo, lo dijo Rulfo, lo sigue diciendo con el eco que hacen sus palabras.

Para 1979, Juan Rulfo había labrado, con un esfuerzo lacónico, lo que significaba esa insignia que lo colocaba como esteta de lo que había hecho con anterioridad; es decir: El llano en llamas y Pedro Páramo. Publicadas en 1953 y 1955, respectivamente. Y su (casi) siempre olvidada novela corta El gallo de oro, escrita en 1958, pero publicada hasta 1980, seis años antes de su muerte. Aunque ello no significa menos trascendencia, pues antes de ser publicada como novela, sirvió a Gabriel García Márquez y a Carlos Fuentes para adaptar dicha obra para la pantalla grande con una película dirigida por Enrique Gavaldón en el año de 1964. Luego fue readaptada por Arturo Ripstein en 1986, pero esa historia le será delegada a otro escrito. O quizás no. Aquí no se sabe. No hay certeza más allá de que Juan Rulfo era, es, aún hasta nuestros días, un escritor prodigioso, enigmático. Y su obra, su legado, intemporal: es independiente del paso del tiempo. Esa misma intemporalidad, hace que, a su vez, sea inagotable. A partir de ello, “cada quien tiene su Rulfo privado”, como diría la novelista Cristina Rivera Garza. Es leer a Rulfo a través de Rulfo para así construir uno propio. A través de lo que escribió, que no fue mucho, pero sí fue todo y, también, suficiente. Como mencionó el ya fallecido poeta Hugo Gutiérrez Vega respecto a su breve legado: “es más que suficiente para tener una obra enorme. Yo creo que Juan se quedó callado porque ya había dicho lo que tenía que decir, después de escribir Pedro Páramo, quién va a atreverse a escribir otra cosa, tuvo razón en quedarse callado y en dejarnos esas dos perlas raras de la literatura universal”. Dos, hablando de El llano en llamas y Pedro Páramo. A eso sumar El gallo de oro. Más que suficiente. Porque, se ha repetido hasta el cansancio, el volumen de lo que se escribe no construye el éxito ni mucho menos lo legitima. Se puede hacer mucho con tan poco (por decirlo, incluso, de una manera condescendiente). Aunque lo que el jalisciense hizo no fue, en definitiva, poco.

Por eso mismo, también, consigue su trascendencia a cualquier época (de ahí su independencia del tiempo): por su escritura, su estilo plural, multicultural, adaptable, universal; y por lo que narra: dentro de ello, hay cosas, muchas, que no han cambiado, que siguen siendo las mismas. Hay cosas que simple y llanamente no cambian por más que pase el tiempo. La similitud de tanto que ha trascendido al tiempo es prueba fehaciente de que el tiempo no soluciona todo (y a veces nada), sino que sólo pasa. Aquello que antes menciono,  convierte su obra en algo circular: puede ser intemporal y por ello inagotable o es inagotable porque es intemporal. No hemos de detenernos a investigar ahora. Se sabe que es, y esa es la única certeza. Una certeza literaria que ha estar sólo viva hasta que muera.

Extrañamente, como no ha de suceder con todos (sino es que con ninguno) los escritores que mueren con pluma en mano, Rulfo le dedicó los último veinte años de su vida a la burocracia, trabajando para el Instituto Nacional Indigenista de México en la edición de una relevantísima antología antropológica contemporánea y antigua. No dejó nunca de escribir. Eso también es cierto. Pero no echó mano de la magnificencia literaria. Sólo él supo, y, si acaso, Clara Aparicio, su amadísima, su chiquilla. Pero nadie más. Y resta de saber nada si lo ha dejado acá todo. Cuando fallecido Rulfo, Juan José Arreola escribió: No puedo creerlo; no puedo decir que esté muerto. Él no ha muerto; ha nacido con todos los que amamos la literatura; no creo en las letras universales, creo en las letras de Sayula; su obra es la más notable realización del impulso de un pueblo. Rulfo consagró la voz de la tierra. Nadie puede continuar su obra, ni él mismo se atrevió a hacerlo. Y nadie ha intentado continuarla. Y nadie podrá si es que algún día alguien, por alguna razón, ha de intentarlo. Él no ha muerto, dice Arreola y hace eco. Y, ante eso, ya no se escucha sino el silencio de las soledades.

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