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MoMA: el portentoso templo del arte moderno

No hay belleza sin algo extraño en sus proporciones.

Francis Bacon

Cuando en 1929 el Museo de arte moderno de Nueva York (MoMA) abrió sus puertas por primera vez, los fundadores de ese santuario artístico soñaban con crear un espacio en el que el arte más provocador y vanguardista, consiguiera un equilibrio completo con los logros artísticos conseguidos en el pasado inmediato. La reciente remodelación y ampliación de sus instalaciones en el año 2019, ha conseguido la creación de galerías cuidadosamente coreografiadas en donde conviven y contrastan las diferentes disciplinas: fotografía, pintura, escultura, arquitectura, diseño, obras en papel, arte performativo, multimedia y cine.

Ubicado en el corazón de Manhattan, es parte del tejido urbano de la zona. El MoMA está en el número 11 de la calle 53, entre la quinta y sexta avenida, ocupando casi una manzana completa. Su discreta fachada no es tan impresionante como la de otros museos, por mencionar recintos estilo el Guggenheim, el Museo Americano de Historia Natural o el MET, pero al igual que un buen libro, la grandeza y trascendencia del MoMA está en su interior. 

Una impactante colección permanente de más de 200 mil piezas: 30 mil fotografías; 3 mil 700 pinturas y esculturas; 11 mil dibujos; 2 mil 200 videos; 61 mil grabados y libros; 30 mil películas; 3 mil obras de arte performativo y 32 mil obras de arquitectura y diseño. Esta ecléctica mezcla de estilos, artistas y vanguardias, tiene una premisa contundente: el arte de nuestra época (el arte moderno), es tan importante como el arte hecho en el pasado. A lo largo y ancho de sus 6 pisos y un sótano, el MoMA representa toda una experiencia en la apreciación del arte y su evolución.

Legendarias exposiciones temporales: la de su apertura, con el arte postimpresionista en 1929; Picasso: 40 años de arte (1940); El arte gráfico de Edvard Munch (1957); Cartier-Bresson (1968), Manuel Álvarez Bravo (1971), Andy Warhol: una retrospectiva (1989), Jackson Pollock (1999); el centenario de Jean Vigo (2005); Wack!: arte y revolución femenina (2007) y René Magritte: el misterio de lo ordinario (2013), entre muchas, muchas otras, han sido un mosaico colorido y fascinante de arte moderno. El MoMA vive dentro de la eterna disyuntiva entre qué es arte y qué no lo es, subsistiendo entre el público que aplaude y espera nuevas expresiones artísticas, y aquellos puristas que no dejan de voltear a ver hacia el renacimiento, negándose a revisar las inquietudes de las nuevas voces.

La idea original de Abby Aldrich Rockefeller, Lillie P. Bliss y Mary Quinn Sullivan, fundadoras y coleccionistas del MoMA, ha ido creciendo con los años hasta convertirse en un templo innegable del arte. Hoy por hoy, es uno de los 10 museos más visitados del mundo y parada obligatoria en Nueva York. Perderse dentro de sus laberínticos e inmensos espacios, es una delicia indescriptible que llena los sentidos de color y vanguardia.

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Descartando de inicio la planta 6, que es un espacio para exposiciones temporales y una tienda, el recorrido del MoMA debe iniciarse desde el piso 5. La recomendación es llegar 30 minutos antes de la apertura, para poder apreciar mejor lo que para muchos es el plato fuerte del museo: la galería “1880s-1940s”. Al igual que Dante Alighieri, el visitante tendrá que emprender un descenso, pero en este caso no es a los infiernos, sino a un recorrido que comienza surrealista, avanza hacia la abstracción, y termina en performances y películas experimentales. El viaje da una idea exacta de la evolución del arte y del museo mismo a través de los años. 

Lo primero que puede verse es La noche estrellada (1889), de Vincent van Gogh, la famosa pintura postimpresionista que mezcla cielos arremolinados con un centellante color amarillo. Las tribulaciones, físicas y mentales del pintor son reflejadas en una obra que inmediatamente atrapa la mirada gracias a su carga de color y melancólica perspectiva. Cientos de personas pasan muchos minutos contemplando sus trazos, llenos de expresión, simbolismo y sentimientos. 

En la misma columna, a espaldas del cuadro de van Gogh, está La persistencia de la memoria (1931), de Salvador Dalí. Ícono del surrealismo, este pequeño lienzo está lleno de sombríos y alucinógenos detalles; un paisaje onírico en el que habitan relojes que se derriten como quesos y hormigas que carcomen metal. Una monstruosa criatura descansa al centro con una sospechosa calma. Es un vívido paisaje de ensueño que parece resumir las intenciones de los surrealistas: desestabilizar las normas culturales y sociales, mientras con su arte describían sueños e ideas únicas.

A unos pasos, en una íntima sala aparte, se encuentra Nenúfares (1914-26), del artista francés Claude Monet. Obra maestra del impresionismo, se trata de un tríptico de paneles tamaño mural de una densa composición, que representan plantas acuáticas que florecen en un luminoso estanque verde/azul, con reflejos de nubes salpicadas de un color púrpura. La vista se pierde en esa inmensa extensión de agua y luz, creando una sensación única de inmersión total dentro del cuadro para el espectador.

El MoMA es casa de dos obras del gran artista belga René Magritte: El asesino amenazado (1927) y El falso espejo (1929), provocativos trabajos surrealistas que esconden en su interior una distorsión de la realidad, forzando a la audiencia a cuestionarse quién está viendo a quién. Un enorme ojo que actúa como umbral entre mundos reales y fantasiosos, provoca una encrucijada entre mirar y ser observado por el lienzo hipnotizante. La perspectiva onírica de las escenas de Magritte transmite una paz extraña, en parte debido a los tonos claros de sus pinturas.

El artista conceptual más influyente del siglo XX, Marcel Duchamp, quien elevó los objetos cotidianos a la categoría de arte y cambió para siempre la forma de ver el mismo, está presente en esta galería con Rueda de bicicleta (1951), un ready-made (objetos comunes sacados de su entorno y presentados como arte) provocador que no es otra cosa más que un banquito robado de Brooklyn y una rueda de bicicleta parisina, unidos. Duchamp pensaba que lo más importante en el arte, era la idea del artista.

La versión original de esta obra del año 1913 se perdió inesperadamente. La que actualmente está en el MoMA es una tercera versión, que no deja de ser motivo de polémica entre sí es arte o no. Duchamp estaba interesado en la transmisión de la idea artística, el aspecto físico exacto no le importaba tanto. Cuando presentó Rueda de bicicleta, la comunidad artística se le fue encima, porque era un planteamiento que abría demasiadas puertas hacia el futuro. No obstante, con los años se convirtió en piedra angular en la forma de hacer arte del siglo XX. Iconoclasta y revolucionario, dice Duchamp sobre su creación, uno de los primeros ejemplos de arte cinético:

Ver que la rueda giraba fue muy relajante, muy reconfortante. Una especie de apertura de posibilidades hacia otras cosas distintas de la vida material de cada día. Me gustó la idea de tener una rueda de bicicleta en mi estudio. Disfrutaba mirándola, igual que disfrutaba mirando las llamas bailando en una chimenea. Fue como tener una chimenea en mi estudio.

Autorretrato con pelo cortado (1940), de Frida Kahlo, es parte de la mirada femenina que inunda las salas del museo. En este óleo sobre lienzo, la pintora mexicana alude a su propia bisexualidad y al aislamiento recurrente que la llevaba a pintar autorretratos; siempre enigmática, los mechones de cabello esparcidos por el piso dan un aspecto siniestro, contrastando con la paz que transmite la letra de una canción en la parte superior del cuadro.

Remedio Varo con El malabarista (1956), una adquisición muy reciente del museo es una obra en la que la artista busca encontrar respuestas a los misterios del universo por medio de la magia. Por otro lado, la estadounidense Dorothea Tanning ofrece el amenazante El tiempo, tiempo apagado (1948), un trabajo plagado de surrealismo. La propia autora, esposa de Max Ernst, explicaba que no había más placer para el artista que competir con la luna y el sol, para desbaratar toda su lógica.

Joan Miró trabajó en su lienzo El nacimiento del mundo (1925) en la finca familiar de Montroig, en su Cataluña natal. Venía del éxito conseguido entre los surrealistas en Paris y existía la incertidumbre de qué presentaría ahora. Entonces, explotó su creatividad interior, avanzando más allá de las convenciones de la pintura de la época, por medio de formas abstractas que evocan un inicio, una génesis. Escisión absoluta entre el fondo y las imágenes superpuestas en él, en este cuadro la radicalidad de sus trazos resulta revolucionaria.

El recorrido sigue, mientras la mirada se llena de nombres e imágenes que todos creen haber visto en otra parte antes. Una de las cualidades del MoMA es la forma en la que conviven lo que los expertos llaman el “canon” (grandes obras maestras del arte moderno para encarnar la narrativa del arte del siglo XX y más allá), con obras quizá menos conocidas, pero no por eso menos interesantes. Por ello es por lo que nombres famosos se mezclan con artistas de Asia, África, Medio Oriente y América Latina, quienes emiten juntos con sus obras una curiosa sinfonía visual.

Dos cuadros del fovista francés Henri Matisse: Lujo, calma y voluptuosidad (1904) y La danza (I) (1909), con ese característico y provocador empleo del color, adornan la galería. El primero es un poema con golpecitos de pincel que transmite una tarde serena con sus colores vivos y claros. El segundo, hace uso solamente del azul, verde, negro y rosa para representar unas figuras humanas dinámicas. Línea, color y forma, se funden para conseguir una fluidez que no se preocupa por los detalles.

Broadway Boogie-Woogie (1942-43), del pintor holandés Piet Mondrian, miembro de la corriente De Stijl y fundador del neoplasticismo, caminó desde el naturalismo y el simbolismo hasta la abstracción. En este lienzo que parece tener vida gracias al uso de líneas verticales y horizontales, se acompañan de amarillos y rojos que transmiten incluso una sensación musical. La turbulencia de la vida nocturna neoyorkina, de la cual Mondrian se enamoró desde el primer momento que la conoció, queda plasmada aquí. La combinación de colores y formas del cuadro, además del título mismo, es un homenaje a la gran manzana.

La obra de David Alfaro Siqueiros, radical y violenta, enlaza arte e ideas políticas en una voz que exalta un arte nacional, incluyente de las culturas y los pueblos indígenas mexicanos. Suicidio colectivo (1936) es una espeluznante visión de la conquista española en América, con todas las sangrientas atrocidades que aquí parecen salir del cuadro. Obligados al infierno de la muerte o la esclavitud, los conquistados deciden morir en un suicido colectivo antes que someterse, metáfora que funciona como un empoderamiento por medio de la imagen áspera y agresiva del trazo de Siqueiros.

Otras obras e ideas relevantes de la sección son: el expresionismo de Calle de Dresde (1908), de Ernst Ludwig Kirchner; la maternidad en Esperanza II (1907-08), de Gustav Klimt; el urbanismo de El Metro (1928), de José Clemente Orozco; el misterio oscuro de Ventanas nocturnas (1928), de Edward Hopper; el cubismo de Pablo Picasso en Mujer arreglándose el cabello (1940); la agresividad de Animales (1941) de Rufino Tamayo; el universo onírico de una vieja conocida, Leonora Carrington con Y entonces vimos a la hija del minotauro (1953) y el dantesco estilo del británico Francis Bacon en Painting (1946).

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Descender un nivel al piso 4 para entrar en la galería “1940s-1970s”, implica avanzar en la historia del arte moderno, que de una u otra forma, es la historia del MoMA mismo. Aquí el arte clásico comienza a quedarse atrás, para dar paso al expresionismo abstracto y el arte conceptual.

Jackson Pollock el atribulado pintor estadounidense, referente absoluto del action painting y la pintura abstracta, murió a los 44 años manejando ebrio en un accidente de auto. Su vida siempre estuvo atormentada por un alcoholismo que terminó haciendo catarsis en su obra, la cual incluye más de 900 trabajos, entre cuadros y dibujos. Uno: número 31, 1950 (1950) es quizá su obras más famosa e imponente, en donde la técnica del dripping confunde y fascina al espectador.

Los hilos de esmalte en ocasiones delgados, en otros gruesos, recorren el espacio del lienzo de forma aleatoria y surrealista, sin un punto de fuga claro. El automatismo psíquico, mezcla de la abstracción con la liberación del inconsciente, aquí alcanza niveles inesperados en la intuición pura del artista. El color negro contrasta con el fondo claro y ahí es donde se aprecian las formas; en la ligereza de un color verdoso que raspa los recovecos de la frenética intensidad de su fuerza visual. En donde algunos encuentran el inicio de la existencia misma, otros ven la ferocidad de la naturaleza salvaje. Personalmente, encuentro en el cuadro de Pollock el caótico universo de una ciudad moderna.

No es un cuadro que tenga que entenderse, tiene que disfrutarse. Justo enfrente del enorme lienzo, hay una banca en donde los visitantes pueden pasar horas contemplando el cuadro. La sensación hipnótica e inmersiva de la pintura salpicada y chorreada es coherente con la intensión del autor de nombrar a sus cuadros con números. Pollock no quería que la gente buscara ideas o interpretaciones preconcebidas de sus trabajos, quería que se conectara con la obra por lo que es en realidad: pintura pura, y nada más.

Si en el piso 5 del MoMA el surrealismo era el eje, aquí el expresionismo abstracto es el que marca el paso. Sonja Sekula, artista y activista suiza, vinculada a ese movimiento, está presente en la galería con el maravilloso The town of the poor (1951). La perspectiva desde su estudio en Nueva York, que fusiona una ciudad que crece en tamaño y caos. Los tonos azules y amarillos ejercen una melancólica sensación de incertidumbre hacia el futuro, mientras los grises evocan la fuerza del metal. Después de años de problemas mentales, Sekula se quitaría la vida en Zúrich en 1963.

Barnett Newman expone varias obras en el MoMA, pero es una la que sobresale por ese estilo de lo que se conoce como campos de color, también dentro del expresionismo abstracto. Vir Heroicus Sublimis (1950-51) es un inmenso lienzo de fondo color rojo con 5 líneas verticales que lo atraviesan y son variadas en tonalidad y grosor. La ambigüedad de la obra, cargada de simbolismos y aspiraciones de trascendencia, regala una emoción envolvente. El espectador, al examinar la obra de cerca, se topará con que las líneas divisorias funcionan también como marcadores del tiempo y el espacio.

Mujer I (1950-52) de Willem de Kooning, da la apariencia de un cuadro inacabado, en esa frenética búsqueda del artista por encontrar la esencia de su arte. A principios de la década de los 50, muchos pensaban que la figura humana ya no tenía cabida en la abstracción, sin embargo, de Kooning reinterpreta a la mujer por medio de agresivas pinceladas y rayones, pareciendo que está delineando una guerra interna. La carne es la razón por la que se inventó la pintura al óleo, dijo en alguna ocasión el holandés nacionalizado estadounidense, justificando su obsesión al rechazar las representaciones tradicionales de la mujer en el arte.

Sería imposible hablar del MoMA sin mencionar a uno de los artistas plásticos más importantes del mundo y referente absoluto del pop art: Andy Warhol, el estadounidense responsable de la vanguardia que hizo explotar la celebridad, el color y la publicidad en el arte. Aunque también en el cine se hizo notar, con la provocadora cinta experimental de 485 minutos Empire (1964), un plano fijo del Empire State filmado desde las 8 de la noche hasta las 3 de la mañana, con la fotografía en blanco y negro de Jonas Mekas. El museo presenta el filme con las especificaciones que Warhol dejó, en una pequeña sala oscura donde los visitantes pueden sentarse a contemplar sus retadores e hipnóticos fotogramas.

Había algo de cínico y drástico en Andy Warhol al proponer que en las paredes de los ricos coleccionistas de arte no hubiera temas elitistas, sino elementos tan mundanos y comunes como la comida enlatada que consumían las clases trabajadoras. Latas de Campbell’s soup (1962) es la reproducción de un objeto de consumo masivo en el más literal de los sentidos. Son 32 lienzos con cada una de las variedades de sopa Campbell’s que existían en la época; de forma magnética, atrapan la mirada por el singular estilo del artista de llevar la repetición al extremo.

Warhol utilizó varias técnicas para sus famosas latas: serigrafía, estampado con goma y pintura a mano. De las obras más buscadas y queridas del MoMA, Latas de Campbell´s soup tiene infinidad de historias que explican de dónde salió la inspiración del multifacético artista para crearlas. Unos dicen que fue debido a que las latas de sopa se amontonaban en su estudio, pues eran parte de su dieta diaria; otros, lo atribuyen a su desfachatado gusto por el color, la publicidad y el cómic. Lo cierto es que el contraste del rojo encendido con los detalles en dorado y el fondo blanco de los cuadros, forman en su conjunto una de las imágenes más icónicas del arte moderno, concretamente, del pop art.

Justo en medio de una de las galerías del piso 4, está el inquietante Acumulación no. 1 (1962), de la artista conceptual japonesa Yayoi Kusama, una escultura blanda en forma de sillón invadido de tentáculos fálicos de color gris. La curiosa pieza, atemoriza y da la sensación de delicadeza al mismo tiempo. La creadora le dio vida en su céntrico loft de Manhattan en la locura de los años 60, con esa ambiciosa fantasía de cubrir el mundo con sus redes infinitas. También exponente de la instalación, el arte abstracto, el performance y el arte público, Yayoi Kusama de 92 años ha tenido en el MoMa varias exposiciones temporales, como la legendaria Love Forever: Yayoi Kusama 1958-1968, del año 1998.

El artista pop Roy Lichtenstein y su Chica con pelota (1961) adornan una pared con su extravagante estilo, cercano al cómic, con esa explosión de color y la manipulación de los tonos para alterar los sentidos. El estadounidense toma la imagen de una mujer de un anuncio publicitario y lo deconstruye en forma de cómic, sin dejar de lado la ironía y el dominio de la línea de su particular estilo; consigue convertir el ideal de la belleza de aquella época, en un objeto de consumo. 

Los impresionantes e inmensos lienzos de Mark Rothko No. 10 (1950), No. 3/No. 13 (1949) y Untitled (1968), son los que destacan de entre las varias obras que el pintor de origen lituano expone en el MoMA. Bloques de color apenas separados entre sí, parecen flotar sobre el fondo liso, creando una experiencia inigualable, con la técnica color field painting. Los contornos difuminados permiten que la vista se traslade de forma suave de un color a otro. Hay que tomarse el tiempo necesario para admirarlos; acercarse y dejar que la mirada se centre y se pierda en la inmensidad del color. Entonces, sucederá el milagro al que se expone el visitante que busca una experiencia mística en el arte moderno.

En aquella histórica charla que tuvo con el poeta Selder Rodman en 1957, Mark Rothko habló sobre su obra así:

No soy un pintor abstracto. No me interesan las relaciones entre colores y formas. Sólo estoy interesado en expresar las emociones básicas del ser humano (tragedia, éxtasis, fatalidad) y el hecho de que mucha gente se descomponga y llore ante mis cuadros demuestra que he conseguido comunicar esas emociones básicas. Cuando la gente llora ante mis cuadros están teniendo la misma experiencia religiosa que yo mismo tuve cuando los pintaba.

Otras obras relevantes de la planta 4 del MoMA son: Número 107 (1950) de Ad Reinhardt y su misteriosa textura; Phantasy II (1946) de Norman Lewis con su locura en la línea y el color; The imposible, III (1946) terrorífica escultura de la brasileña Maria Martins; Composition 16 (1954-56), de Beauford Delaney, con el grueso y sugestivo brochazo cargado de amarillo; la siniestra escultura de Isamu Noguchi, Even the centipede (1952); la innovadora e incómoda Duchampiana: Nude Descending a Staircase (1976) de la artista japonesa Shigeko Kubota y las poderosas fotografías del escritor, cineasta y fotoperiodista Gordon Parks. 

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En el nuevo reacomodo que ha experimentado el museo, el piso 3 es otro espacio dedicado enteramente a exposiciones temporales de instalación y performances, además de esculturas de gran tamaño. Por lo que el recorrido continúa en la planta 2, en la que se puede encontrar una pequeña cafetería y el Creativity Lab, un espacio en el que se imparten cursos y talleres. Desafortunadamente, por el momento está cerrado por la inesperada pandemia de Covid-19, aunque en la página web del museo pueden realizarse varias actividades online. 

La galería “1970s-Presente” está atestada de arte conceptual, además de grabados, libros ilustrados, medios visuales, instalaciones y esculturas. Es el lugar donde puede apreciarse la evolución del arte hacia medios totalmente nuevos, provocadores y revolucionarios. Puede sentirse esa extraña sensación de que el MoMA es parte del arte conceptual mismo que presenta y respalda. Incluso, el visitante puede estar siendo parte sin saberlo de algún performance. Por lo tanto, la atmósfera completa es arte concepto.

El escultor minimalista Richard Serra con Equal (2015) y Circuito (1972), impacta con enormes pedazos y placas de acero que invitan al visitante a descubrir cómo la relación entre el cuerpo, la escultura y el entorno circundante, va mutando en la medida que se adentra en la amalgama multisensorial que provoca el artista. Ocho gigantes bloques y cuatro placas de metal, es lo único que necesita Serra para maravillar y desafiar.

Jeff Koons, uno de los artistas conceptuales y kitsch más importantes de la actualidad, aparece en el MoMA por medio de dos de sus famosas esculturas concepto que elevan elementos de la vida cotidiana a la categoría de arte: Pink Panther (1988) y Nuevas aspiradoras Shelton en seco/húmedo en dos niveles (1981). La primera es la fusión de erotismo y dibujos animados; la segunda, son dos aspiradoras encerradas en acrílico que revelan sus cualidades antropomórficas, como explica Koons: Es un aparato que respira. También presenta una sexualidad que es a la vez masculina y femenina. Está provisto de orificios y accesorios fálicos”.

32 bultos de cable de acero de 40 cm de altura son los que conforman la obra Leaning (1980) de la artista afroamericana Maren Hassinger, quien explota la inquietante relación entre el mundo natural y los materiales industriales. Aquí, el vínculo con el arte escénico y la danza se revela en la sensación de movimiento que expresan los montones de alambre colocados a nivel de piso. Pareciera que son levemente empujados por una brisa, al tiempo que sus formas semiorgánicas van creciendo en tamaño.

El artista plástico de Brasil, Cildo Meireles, no tiene medias tintas cuando se trata de utilizar el arte como un arma de protesta. Tres botellas de Coca-Cola sacadas de la circulación común, se convierten metafóricamente en un coctel molotov que incluye instrucciones de uso en Inserciones en circuitos ideológicos: Proyecto Coca-Cola (1970). Mientras el líquido del refresco se va acabando, punzantes declaraciones políticas escritas en las botellas van desapareciendo. 

Hilo (1990-1995) es toda una proeza conceptual de Meireles. En su afán de llevar a la representación literal el dicho “encontrar una aguja en un pajar”, se coloca a mitad de la galería un monstruoso cubo de heno que, en algún lugar de su interior, tiene una aguja de oro de 18 quilates, unida a un largo hilo dorado. La disparidad entre el sencillo costo del heno y el valioso metal, revienta del mismo modo que el olor penetrante del forraje por toda la sala. El aspecto sensorial del arte conceptual, en su máxima expresión.

El estadounidense David Hammons con Untitled (Night train) (1989) y Untitled (2010), muestra la evolución de un artista en 10 años turbulentos y de constantes cambios. La primera, es una escultura urbana; elegante y perfecto circulo compuesto de botellas de vidrio de bebidas alcohólicas recogidas en lugares sórdidos de Nueva York, con una base de carbón. Los simbolismos utilizados por el autor remiten a la cultura afroamericana y a la nostalgia de finales de los ochenta. En la segunda obra, una supuesta pintura, al parecer abstracta, se encuentra envuelta en un desbaratado plástico que sospechosamente tiene los colores de la bandera comunista. Si los agujeros son por el deterioro o por disparos de arma de fuego, le tocará al visitante decidirlo. 

Un gigante ticket de supermercado del mexicano Gabriel Kuri, llamado Untitled (Superama II) (2005), cuelga de una de las paredes del MoMA. Muchas personas se acercan curiosas para ver de cerca las letras tejidas en el singular tapete-ticket de lana. Lo relevante viene en el sentido de elevar al nivel artístico un papel insignificante que regularmente se convierte en basura. Un ticket de compra como reflejo de la eterna relación entre el arte y el consumismo. Tejido por artesanos de Guadalajara, el gran formato de la obra permite entrar en los detalles de un objeto en el que regularmente, nunca se presta atención.

Otras obras relevantes e imperdibles de la planta 2: las intrigantes litografías de la norteamericana Julia Wachtel de 1990; el trabajo de tinta sobre papel de Raymond Pettibon; la devastadora e indescifrable serie de fotografías How Much is that Nigger in the Window a.k.a. Tompkins Square Crawl (1991), de Pope. L; la radicalidad de la litografía Untitled (1987-90), de Kiki Smith; las eclécticas obras de la keniana Wangechi Mutu; la madera simétrica de Casa en el Aire, Mexico City, Mexico (1991), del arquitecto mexicano Agustín Hernández Navarro; la desesperanza fotográfica de The Invented Country (God-Will-Give-Days) (1976), de Antonio Dias; Eduardo Kac y su poema conceptual en Reabracadabra (1985) y Gretchen Bender  con su instalación Dumping Core (1984), un acercamiento a la distopía tecnológica. 

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En el piso 1 del MoMA se encuentra el famoso restaurante The Modern, un lujoso espacio culinario que cuenta con 2 estrellas Michelin y las mejores reviews acerca de su ambiente y sus platillos.  A un costado del looby, está otra tienda de recuerdos y una librería en la que pueden hallarse joyas bibliográficas, litografías, revistas de arte y un sinfín de objetos alusivos a artistas y vanguardias del arte moderno. No es barato, pero muchos de los libros, réplicas de obras y souvenirs, sólo pueden conseguirse aquí.

Lo mejor de este primer piso está en el bellísimo Jardín de las esculturas The Abby Aldrich Rockefeller Sculpture Garden, un lugar al aire libre que permite tomar un respiro mientras se sigue viendo y disfrutando de obras artísticas. Incluso, el museo invita al visitante a convertirse en arte por medio de la meditación o al ver y escuchar a los pájaros que están entre los árboles; alguna de las 250 diferentes especies de aves que pueden verse en Manhattan continuamente visitan la zona. 

Diseñado por el arquitecto Phillip Johnson al estilo de una “piazza” italiana urbana, el lugar funciona como un oasis naturalista enclavado a la mitad de la urbe de hierro que es New York City. Hay dos hermosas fuentes asimétricas que dividen el espacio. Cuesta trabajo creer que esta locación, sea la misma que usó John Cassavetes en su atrevida ópera prima Shadows (1959), pieza angular del nuevo cine estadounidense. 

La escultura Pair of Rock Chairs (1980-81), de Scott Burton, son dos sillas de piedra en las que es posible sentarse a descansar un momento. El artista estaba interesado en que sus obras no sólo fueran estéticamente agradables, sino que también tuvieran un uso real. Encontró entonces estas enormes piedras en Maryland y les aplicó unos cortes que las convirtieron en muebles visualmente rocosos.

El pintor y escultor francés Aristide Maillol se presenta a la mitad del jardín con The River. Begun (1938-39; 1943, 1948), la escultura de una mujer recostada que imprime un aura de desconcierto y agresión. Maillol, trabajó antes, durante y después de la segunda guerra mundial en sus obras, que quedaron marcadas por los horrores que vio. Hoy en día, es imposible ver esta pieza sin la referencia a la siempre despreciable violencia contra la mujer.

El arquitecto francés Hector Guimard, exponente indiscutible del Art Nouveau, buscó anunciar con júbilo la llegada del metro a la capital francesa. Colocó los icónicos anuncios de hierro fundido en plazas y aceras para que todos pudieran verlos. Entrance Gate to Paris Subway (Métropolitain) Station, Paris, France (1900) llegó al MoMA cuando los franceses la retiraron de sus calles en la década de 1950. La palabra Metropolitain está escrita en una piedra de lava que ha sido pulverizada y recocida para crear una cerámica impermeable. Su retorcida forma y el clásico color verde, resaltan con clásica elegancia.

Ya casi con 70 años y después de la Segunda Guerra Mundial, Pablo Picasso se dedicó a hurgar entre su chatarra para producir piezas como su escultura She-Goat. Vallauris (1950-52). Una cabra preñada de bronce que conjunta las ideas que Picasso tenía sobre los animales, a los cuales consideraba seres llenos de emoción y espíritu. Los hijos del pintor cuentan que siendo niños, se veían obligados a esconder sus juguetes, pues si su padre consideraba que podían ser parte de su obra, no dudaba en fundirlos.

Dentro del Jardín de las esculturas, están las emblemáticas sillas en donde los visitantes pueden sentarse. Fueron diseñadas a principios de la década de los cincuenta por el artista Harry Bertoia; son de una estructura de metal cuadriculada casi transparente que no interrumpe la vista del paisaje. Si se presta atención al entorno completo de la arquitectura del jardín del museo, todas son líneas rectas y horizontales. Entonces ¿cómo puede surgir esa magia que se experimenta al sentarse ahí? La respuesta, puede ser la fusión que genera el resplandor del agua de las fuentes, la curvatura de las plantas, el color de los árboles y la fuerza de la arquitectura.

Además de una sospecha inquietante: desde los enormes ventanales del MoMA, alguien puede estar viendo el jardín y a los visitantes que por ahí deambulan, convirtiéndose éstos en arte moderno sin saberlo, mientras aprecian las esculturas, se sientan un momento o comen y beben algo en el bar y cafetería del lugar. 

Otras esculturas relevantes: Back (I-IV). Paris, Couvent du Sacré Coeur, and Issy-les-Moulineaux (1908-09), del fovista francés Henri Matisse, y Daphne (1930), de la escultora expresionista alemana Renée Sintenis.

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En este descenso dantesco emprendido desde la parte más alta del MoMA, finalmente se llega a la apoteosis inevitable del recinto y del arte conceptual, gracias a un medio tan nuevo y fascinante como es el cine. Ubicado en el sótano del museo, se encuentra el The Debra and Leon Black Family Film Center, un auténtico templo del séptimo arte, dedicado a la proyección de películas clásicas, actuales y experimentales en sus 3 pequeñas salas.

Bajando por las escaleras que van del piso 1 al sótano, se encuentra un lobby en el que actualmente se encuentra la exposición “Neelon Crawford, Filmmaker”, una hipnotizante proyección de películas experimentales de 16 mm de la década de los setenta. Mezclando paisajes, luz, movimiento y una edición pausada, la instalación visual desnuda las inquietudes del artista, que tienen que ver con el cambio climático y la esperanza en la sustentabilidad.

 

Dentro de la impresionante colección que implican 30 mil filmes y 1.5 millones de fotogramas de películas, se tiene que destacar también que el MoMA posee la compilación más grande de cintas internacionales en los Estados Unidos, que incluye todos los géneros y periodos de la historia del cine. En su acervo están los negativos originales de las legendarias compañías pioneras The Biograph Company y Edison Studios, además de la colección más grande de películas de D. W. Griffith, como la épica Intolerancia (1916).

En este sótano, en algún momento se han proyectado La última risa (1924), de F.W Murnau; La pasión de Juana de Arco (1928), del danés Carl Theodor Dreyer; El ángel azul (1930), de Josef von Sternberg; Cuéntame tu vida (1945), del maestro del suspenso Alfred Hitchcock; La conversación (1974), de Francis Ford Coppola; y la inolvidable Fargo (1996), de Joel y Ethan Coen, quienes llevan el humor negro como instrumento para desvelar las complejidades de la psique humana. Ganadora de dos premios Oscar y mejor director en el Festival de Cannes, es un ejemplo de cine norteamericano al rojo vivo.

2001: una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick es muchas cosas al mismo tiempo. Maravillosa. Única. Filosófica. Visionaria. Poderosa. La famosa cinta del director neoyorkino sigue tan vigente como en su estreno en 1968. La fotografía de Geoffrey Unsworth y los bellísimos planos que han sido objeto de análisis en cientos de academias cinematográficas, son toda una referencia del género de ciencia ficción. Hal 9000, el monolito, el astronauta Bowman, el viaje interestelar y el niño estrella, son ya parte de la iconografía de la historia del cine.

Referenciada, homenajeada y parodiada hasta el cansancio, es una película de la que se han escrito ríos completos de tinta tratando de revelar sus estilizadas pero misteriosas imágenes. Proyectada en el MoMA en ciclos dedicados al género, la música de Strauss, acompaña al espectador durante el metraje que representa un viaje introspectivo y filosófico sobre la muerte y los orígenes de la humanidad. Después de ver esta cinta, no puede volverse a ver el cine de la misma forma que antes. Hay un cambio profundo.

La lista sigue con la visionaria El viaje a la luna (1902), de Georges Méliès; la entrañable La quimera del oro (1925), de Charles Chaplin; el inicio de un imperio con Willie y el barco de vapor (1928), de Walt Disney y Ub Iwerks; El hombre de la cámara (1929), de Dziga Vertov, con el surreal uso de imágenes; El ciudadano Kane (1941), de Orson Welles, uno de los films más respetados y analizados de la historia; Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio De Sica y el neorrealismo italiano que sale a las calles a filmar la miseria.

El cine es un medio frágil, si los negativos se almacenan de forma incorrecta, se agrietan, se rompen y con el tiempo se hacen polvo. Puede desaparecer el color, incluso. Tienen que estar en condiciones frescas y estables para su correcta conservación. The Celeste Bartos Film Preservation Center, es el encargado de preservar la colección de películas del MoMA en los diferentes formatos que han aparecido a través del tiempo. Así, joyas cinematográficas en su negativo original y copias de éstos, tienen garantizada su correcta conservación para que generaciones futuras puedan tener acceso a ellas.

Un ejemplo es El acorazado Potemkin (1925) de Sergei Eisenstein, que es una poderosa obra maestra. Dividida en cinco episodios magistrales, una maravilla en el uso del lenguaje y el montaje cinematográfico, que justo aquí tiene su génesis, marcando el ritmo de la acción y cambiando la forma de hacer el cine para siempre. Plano por plano, la historia de la revuelta en el imponente Potemkin y sus revolucionarias consecuencias, es una cátedra que ha sido revisada una y mil veces por profesores y estudiantes de cine en todo el planeta. El dramatismo que presenta y las ya icónicas secuencias de la escalera de Odesa, la carne podrida y el emotivo desenlace, hacen de este filme uno de los obligados para entender el alcance y la fuerza del séptimo arte.

Hay más: el primer western, Asalto y robo de un tren (1903), de Edwin S. Porter; la multiperspectiva épica en Rashomon(1950), de Akira Kurosawa; Cuentos de Tokio (1953), de Yasujirō Ozu y su homenaje a la vejez; la introspectiva (1963), de Federico Fellini; el elegante y agresivo blanco y negro en Toro salvaje (1980), de Martin Scorsese; y el videocollage Historias del cine (1988-1998), de Jean Luc Godard, son más ejemplos de la grandeza cinematográfica que resguarda el MoMA.

Pero el cine experimental y de vanguardia también tiene presencia constante en el sótano del museo de arte moderno más importante de Nueva York. Uno de los cortometrajes experimentales más interesantes de la historia es Un falso despertar (1943), de la estadounidense Maya Deren, referente del llamado avant-garde cinema. Película de trance y carente de una estructura narrativa convencional, la protagonista entra en contacto con su inconsciente y queda atrapada en una serie de sucesos oníricos que se entrelazan con la realidad. Su importancia es tal, que terminó influyendo en el trabajo de directores como Jean Cocteau, Luis Buñuel, David Lynch y Alejandro Jodorowsky.

Comienza antes de que el público llegue y continúa despues de que se ha marchado hasta el último vistante. Es El reloj (2010), del artista suizo Christian Marclay, un desafiante film de 24 horas de duración en blanco y negro, que amalgama miles de secuencias procedentes de películas en las que aparecen relojes de pulsera, pared y todo tipo de representaciones del tiempo. Sus imágenes son un microcosmos de la historia del cine y un recordatorio atemorizante de la mortalidad y el deterioro de la vida del ser humano, que minuto a minuto se va difuminando.

The unfinished conversation (2012), del ghanés John Akomfrah, comprende tres video proyecciones sincronizadas. Describe la vida y obra de Stuart Hall, activista cultural y teórico jamaicano, una influyente figura de la Nueva izquierda británica. El film entreteje material de archivo de acontecimientos históricos con imágenes personales de la vida del protagonista. El título de la conversación siempre inacabada se refiere al concepto de identidad y a la reflexión de que ésta, pertenece tanto al futuro como al pasado.

How Not to Be Seen: A Fucking Didactic Educational .MOV File (2013), de la artista visual alemana Hito Steyerl, es un video ensayístico de 14 minutos que pretende ser un instructivo satírico que describe las estrategias para permanecer invisible en una época de hipervisibilidad total. Una voz robótica escupe las observaciones mientras imágenes virtuales y reales se mezclan e interactúan entre sí. Una obra interesantísima, el video medita sobre la tensión entre las posibilidades de la tecnología para vigilar a los humanos y la invisibilidad metafórica de las poblaciones marginadas. 

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Desde su primera sede provisional en seis salas de galerías y oficinas en el piso 12 del Heckscher Building de Manhattan, en la esquina de la Quinta Avenida y la calle 57, el Museo de arte moderno de Nueva York se trasladó a otras tres ubicaciones temporales durante los siguientes diez años, hasta llegar a su ubicación actual. El icónico edificio fue diseñado por los arquitectos modernistas Edward Durell Stone y Philip L. Goodwin, pasando por varias remodelaciones y ampliaciones, como la realizada por el arquitecto japonés Yoshio Taniguchi en 1997.

En constante crecimiento y expansión, el MoMA se fusionó desde el año 2000 con el P.S.1, una organización que transforma edificios abandonados de la ciudad de Nueva York en talleres para artistas y espacios enormes de exhibición. El MoMA PS1 es un centro dedicado al arte contemporáneo ubicado en Long Island City, en el barrio de Queens, que respalda constantemente a artistas emergentes y captura a otro tipo de público.

Las galerías de la colección permanente del MoMA están en una evolución constante, con un plan de rotación de las obras de doce meses, por lo que la experiencia de visitarlo en diferentes años siempre será nueva y diferente. Las obras del museo funcionan en su conjunto como un laboratorio cultural en el que gente de todo el mundo puede explorar la relación entre el arte contemporáneo y el arte del pasado cercano. Las diferentes salas invitan al visitante a crear sus propios recorridos y explorar el recinto, conversando visual y sensorialmente con muchos de los artistas más importantes de los siglos XX y XXI.

El Museo de arte moderno de Nueva York, es un lugar que mantiene una agenda activa de exposiciones temporales que recorren diversas vanguardias, temas y artistas, quienes hoy engendran expresiones artísticas con los medios más inesperados. Pero, sobre todo, el MoMA es un templo del arte, un santuario artístico comprometido en fomentar y difundir el conocimiento y la pasión por el arte contemporáneo.

El arte va más allá de su tiempo y lleva parte del futuro. 

Wassily Kandinski

Por Armando Navarro Rodríguez

Periodista. Cinéfilo y lector empedernido. Escribe sobre cine, arte y literatura.

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