Categorías
Cine

El discreto encanto del surrealismo en el cine: Luis Buñuel, una filmografía diferente (I)

En París, cerca de mi hotel, vi un cartel de una de mis películas con el siguiente slogan: “El director cinematográfico más cruel del mundo”. Estupidez que me entristeció mucho.

Luis Buñuel

Luis Buñuel es uno de los directores de cine más enigmáticos y alabados del séptimo arte. Su nombre es referente e influencia en infinidad de escuelas y seminarios de cine. Es uno de los grandes exponentes del surrealismo y es autor de una extensa e inquietante lista de películas; algunas, consideradas obras de arte; otras, quizá, obras menores, pero nunca intrascendentes.

Nació el 22 de febrero de 1900 en Calanda, España. Desde niño, Buñuel se sentía atraído por imágenes oníricas y le gustaba hablar de insectos. En 1923, publica sus primeros artículos, que son seguidos de varios poemas y cuentos con las mismas temáticas que usará en sus películas en el futuro. Se enamora del cine después de ver Las tres luces (1921), joya del expresionismo alemán de Fritz Lang.

Debido a la vastedad, complejidad y diversidad de la filmografía de Luis Buñuel, es necesario dividirla en tres etapas: la primera, a la que llamaremos «experimental», de 1929 a 1933; la segunda —y la más extensa—, la etapa «mexicana», que va de 1947 a 1964; y por último, la etapa «francesa», de 1964 a 1977. Todas, llenas de películas que han marcado, de alguna forma u otra, la historia del cine.

Primera etapa: un perro andaluz y lo onírico como generador de imágenes

La ópera prima de un artista atípico no podía ser menos impactante. Un perro andaluz (1929) es una extrañísima cinta en blanco y negro que presenta estremecedoras y eclécticas imágenes con un guion escrito por el mismo Buñuel y el pintor español Salvador Dalí. Se dice que la única regla que pusieron para la escritura del libreto fue no aceptar idea ni imagen que pudiera dar lugar a una explicación racional, psicológica o cultural.

En su libro de memorias, Mi último suspiro (1982), el director explica sobre Un perro andaluz: «Hubo 40 o 50 denuncias en la comisaría de policía de personas que afirmaban: ¡Hay que prohibir esta película obscena y cruel! Entonces comenzó una larga serie de insultos y amenazas que me han perseguido hasta la vejez».

Más que una sinopsis, de este film se debe hablar como una yuxtaposición de imágenes oníricas que representan sueños y que así se vuelven un poema visual, bizarro y desconcertante. Los temas que toca son escabrosos: la Iglesia, la putrefacción, el cuerpo femenino, la represión sexual, muerte e insectos. Todo, sin una idea clara del espacio-tiempo. La película costó 25 mil pesetas, que fueron proporcionadas por la madre de don Luis.

Fue la película con la que el padre del surrealismo, André Bretón, finalmente decidió aceptar en dicho grupo a Buñuel y a Salvador Dalí, haciendo énfasis en la capacidad de los artistas para plasmar en imágenes lo retorcido del mundo onírico y los elementos del psicoanálisis. Dentro de Un perro andaluz, se siente clara la influencia de films como Metrópolis (1927) de Fritz Lang y Avaricia (1924) de Erich von Stroheim.

Luis Buñuel cuenta que un día cualquiera, mientras paseaba por un olivar con su padre, la brisa le regaló un «olor dulzón y repugnante» —proveniente de un burro muerto cerca de ahí— «horriblemente hinchado y picoteado, servía de banquete a una docena de buitres y varios perros». Y remata: «Me atraía y repelía a la vez… Yo me quedé fascinado por el espectáculo, adivinando no sé qué significado metafísico más allá de la podredumbre».

Eso es justamente lo que provoca Un perro andaluz, una sensación extraña de dulzura y repugnancia. Una serie de imágenes inconexas que, como en un sueño, enajenan y asustan, asombran y asquean. La famosa secuencia de la navaja cortando el ojo es ya un ícono de la cinematografía mundial. Como ante un buen cuadro surrealista, el espectador debe entregarse completo a este film de tan solo 16 minutos, sin límites.

Un año después, llega La edad de oro (1930), una controvertida crítica a la burguesía que consolidaba a Buñuel dentro del grupo surrealista, aunque existió un distanciamiento con Salvador Dalí por diferencias con el guion. El argumento es complejo pero, ante todo, es una historia de amor que persiste ante las adversidades y que trasciende porque toca todos los temas que obsesionaban a Buñuel.

Si su madre aportó dinero para Un perro andaluz, aquí fueron los Vizcondes de Noailles los que financiaron el proyecto del director. Nada más surreal para un proyecto que su génesis misma. Luis Buñuel critica a la burguesía, pero se vale de ella para hacer la película, en donde se da vuelo con imágenes que se quedan en la retina: mucha podredumbre, una vaca en una cama, el clero ridiculizado, la decadencia de la sociedad, así como el Marqués de Sade y Jesucristo como invitados de honor.

El film abre con un minidocumental sobre la vida de los escorpiones, que sirve como una analogía de lo incómodo y complejo que es vivir ante los obstáculos que la sociedad crea e impone, carcomiéndose desde adentro. En los días posteriores a su estreno, los cines donde se proyectaba La edad de oro fueron atacados por grupos conservadores de extrema derecha. Dada la polémica y lo controvertido de su discurso e imágenes, fue prohibida hasta 1980, cuando pudo ser vista en Nueva York y, un año después, en París.

Pieza indiscutible e irrepetible del surrealismo, la película es un grito del movimiento que encabezaba Bretón; con un Buñuel detrás de la cámara, lleno de confianza en las ideas que deseaba plasmar y que consiguió convertir en un documento de culto. Esos últimos minutos, con los estridentes tambores de Calanda taladrando los oídos del espectador, no pueden olvidarse. Molestan, perturban, pero también encantan.

Las Hurdes, tierra sin pan (1933) es un incómodo documental de veintisiete minutos, el cual desnuda una zona poco conocida de España. El retrato sórdido de la miseria a un nivel profundísimo, mezclando imágenes de niños enfermos y animales muriendo, revela a un Luis Buñuel preocupado por la crudeza de la realidad y la falta de igualdad en un entorno hostil, aunque también se da tiempo para alterar el entorno. Son conocidas las historias sobre cómo el director provocaba a los protagonistas del documental para que algunas acciones sucedieran.

Es considerado uno de los mejores documentales de la historia, pese a que el gobierno de España lo prohibió por considerar que presentaba una imagen nacional denigrante. La voz en off de Francisco Rabal —para la versión restaurada— le agrega una fuerza extra a un film que es muy duro de visualizar, pero necesario para entender la evolución fílmica del director español.

Por Armando Navarro Rodríguez

Periodista. Cinéfilo y lector empedernido. Escribe sobre cine, arte y literatura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *