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Lo dijo

Según su diario, era sábado. Por la mañana había perdido Brasil ante Francia en penales, raro porque Guadalajara se dejaba querer por los verde amarillos. Junio, 1986. La ciudad en la que creció, escribió, se había hecho pedazos y se levantó entre el derrumbe y la peste: aquello-dice- fue el 19 de septiembre de 1985. Luego cita otro telúrico el 20. Raro. Al presidente lo habían abucheado y la sociedad civil -lo que eso signifique- había salido a las calles a levantar las ruinas. Escribió en su diario que era sábado; era un escuincle. Francia llevaba aún a Platini, el astro más grande de la Vieja Señora. Dijo que era temprano. Tampoco apuntó la hora ni qué hacía mientras los galos apabullaban a Sócrates. Lo que sí dijo en el diario es que había una especie de brujería. ¿Cómo?

Sí, lo dio a entender, la madre -hija de apaches o de tarahumaras, aunque había nacido en Ciudad de México- sentenció: guarda esas lágrimas de Brasil para México. En su diario anotó que le creía. Tampoco era Santo Tomás o Pablo. Era, otra vez, un escuincle. Tampoco, ya llevaba 14 años en la espalda. No dice en el diario qué hizo entre un partido y el otro. Se intuye que tejió las horas. El equipo de Bora había ganado a Bélgica, Irak y Bulgaria. Había, dicen las estadísticas que nada dicen cuando se trata de futbol, razones para la ilusión, que según las estadísticas tampoco sirve de nada cuando se trata de futbol. Los adolescentes tienen un problema: no tienen.

Dice que creyó -no hay manera de comprobarlo, el lejano muchacho ya no existe- en una aventura al estilo de Verne o de Salgari. Según sus notas, creía en ellos fervientemente. Tampoco dice en el diario qué pasó en su corazón en el primer tiempo. Y, algo asombroso, tiene anotados minutos, datos, cifras, pero ninguna palabra. ¿Qué pasó? Incógnita. Luego su madre diría su versión, pero en aquel junio – todo parece indicar que fue el 21, cerca del verano pues- la pluma se interrumpió. El adolescente, el que no tiene, tuvo la certeza de que su equipo nacional acabaría con la potencia de Occidente. Era tarde, las nubes eran gol del cielo. Y pasó lo que pasó, según su diario. La Nacional empató. Y en los tiempos extras: empató. Los que no tienen tienen algo: esperanza. Esperó. Esperar tiene doble significado: paciencia y anhelo. Y anheló. Cinco tiros después, la madre, bruja de cepa, le dijo: te lo dije. Sí. Las lágrimas de la mañana fueron insuficientes. México perdió ante Alemania.

Dice en su diario, semanas después: “Jamás lloraré por un entusiasmo”. En sus memorias, a las que pocos han tenido acceso, asevera que, en efecto, nunca perdió el corazón: lo había perdido cuando no lo tenía en una tarde en Monterrey desde un aparato de televisión. No se sabe si todo es cierto o una fábula: el adolescente se volvió un hombre y, dicen, ya es un viejo que lee novelas y periódicos viejos….

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