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Los olvidados: el México que prevalece (V)

«Las grandes ciudades modernas: Nueva York, París, Londres, esconden bajo sus magníficos edificios, lugares de miseria, que albergan niños malnutridos, sin higiene, sin escuela, semillero del futuro de la infancia (…) México, la gran ciudad moderna, no es la excepción a esta regla universal, por eso esta película, basada en hechos de la vida real, no es optimista».

El comienzo de Los olvidados es mediante una voz en off, que explora, momentáneamente, y con imágenes de las grandes ciudades, la riqueza visual de las mismas, pero esta voz le dice al espectador que detrás de toda esa belleza siempre hay un lado oscuro, una oscuridad de la cual no se habla y se esconde detrás de superficialidades. También expone que la vida real no es optimista y por eso la película es de un tono «cruel».

Buñuel no gusta de conseguir el aprecio y el cariño de la audiencia, gusta de reflejar lo que la realidad es en materia: cemento de tragedias, cementerio de vidas inocentes y robadas, injusticias y reproches de una sociedad en construcción. Por ello la «crueldad» del cineasta aragonés no radica en que parte de un deseo insólito del interior, la «crueldad» de Buñuel es totalmente objetiva, y al serlo se convierte en un mensaje frío, sádico, satírico.

Los olvidados es una superación artística después de que su creador haya estado en silencio allende de dos grandes obras del surrealismo y un gran documento histórico de una de las zonas más olvidadas del mundo y la más pobre de España. Un caso bastante notorio del séptimo arte.

Este largometraje viene cargado de referencias surrealistas y realistas de los que Buñuel constantemente partió en toda su obra fílmica: Galdós, Freud, Goya, etcétera; sin embargo, tomó prestados ciertos elementos que le permitieron exponer a las personas en su estado más puro, es decir, su esencia. Porque los olvidados son un reflejo de ese deseo que tienen todas las sociedades del mundo, pero que no quieren admitir. Los olvidados no solo son los que están en México, sino son todos los que radican hasta en las mayores ciudades de los países subdesarrollados y desarrollados. Es este discurso lo que hace que Los olvidados sea una obra que, por sí sola, pueda prevalecer a lo largo de los años, ya que sus personajes son todos nuestros cercanos, nuestros desconocidos, y es debido al retroceso que se vive constantemente en el mundo, que siguen naciendo más personas con esta injusticia trágica en la realidad.

El tema de Buñuel es documental, pero ocupa elementos de la ficción para acercarse a los estándares del cine que le permiten incomodar, entretener, tejer una relación de cineasta y espectador. Pero lo esencial del español no es el tema que expone, sino la combinación entre imágenes poéticas e imágenes realistas. Por un lado, con las imágenes poéticas se permite explorar los términos surrealistas para conseguir una impresión, una sensación en el espectador; pero por otro lado, las imágenes realistas le permiten cuestionar y analizar al espectador sobre el laberinto que va construyendo en toda la película. Para que esto tenga un efecto considerable, esta ambivalencia de recursos cinematográficos no son por casualidad, son por intención, porque Buñuel quiere destacar que la gallina que constantemente acompaña a los personajes desolados de Los olvidados es una representación de la tragedia, del desastre, de un mensaje onírico que surge como una advertencia hacia lo que viene, de un espejismo de que al final todos terminamos siendo espectadores y nada más; podemos ser exploradores, pero no invasores para cambiar el curso de las cosas. Deseamos que Pedro no acompañe a el Jaibo a ver a Julián, pero Buñuel nos encamina por otro camino: el que tratamos de no ver, de olvidar y hacer que no pasó. Y es en este olvido que el final cobra mayor sentido, ya que las muertes llegan a ser efímeras, se olvidan con el transcurso de los días. Los medios de comunicación (distractores colonizadores) se encargan de hacer populares noticias banales llenas de prejuicios, pero omiten la realidad que les rodea. Creen que en México solo hay historias de narcotraficantes, de niños ricos en busca de humillar a los demás gracias a las ganancias que sus padres les dan, de familias que pueden comer cada tarde y reírse de lo bien que la pasan en sus vidas. La realidad de México va allende a eso. Hay personas desaparecidas, familias que todos los días se tienen que preocupar por saber qué van a desayunar, comer y cenar —y si bien les va, qué antojitos pueden darle a los más pequeños para verles sonreír y disfrutar los pequeños momentos que les dan los frutos de sus trabajos—, jóvenes que son desaparecidos a causa de los estragos del gobierno, de los policías que recogen vidas inocentes para violarlas y botar sus cuerpos a la basura, quemarlos, echarlos en ácido, para que no haya pruebas de que alguna vez existieron.

Pero para el cine popular y estólido mexicano actual todas esas historias son pura ficción, que se deben contar, pero siempre romantizando su punto de partida. Este cine expone: «Todo está bien, las personas privilegiadas sufren los errores de las personas que son de un ‘estatus social menor’ que el nuestro… Debemos contar sus historias a base de robarle dinero a los mexicanos o pedirles un sustento a nuestros padres y ‘sentir empatía por la realidad que les tocó vivir’. Que sientan lástima por nosotros». Por eso es de suma importancia y sigue la lucha de visibilizar cineastas emergentes-independientes que tienen una historia que contar, otra mirada que se acerca más a la realidad.

Festivales nuevos salen y apoyan este cine, lo cual es algo importante, ya que estamos en una urgencia porque a las nuevas generaciones se les dé todo el material necesario para filmar sus miradas, ¡necesitamos que todas esas historias sean contadas! Llegará el día en que las personas juzguen los productos que ven en cartelera, porque la crítica de cine y el periodismo cinematográfico —que son dos cosas distintas— más que promover el cine, lo deben interrogar, despertar la curiosidad y el análisis por parte del espectador. Un cine que no es interrogado no tiene forma, es un objeto vacío que yace en la nada. Por eso me acerco al patrimonio audiovisual de la humanidad (Memoria del Mundo por la UNESCO) con este contexto, porque desde su realización, la sociedad de México no ha cambiado en temas de clasismo, racismo, pobreza, zonas marginales, los barrios que existen (pero se esconden), las nuevas generaciones que no tienen mayores oportunidades y recurren al vandalismo, etcétera.

El hacer una película sobre los niños pobres y «semiabandonados» sobre sus vivencias, sus familias, fue una carga emocional fuerte para el público, pero al mismo tiempo una gran historia para generar un impacto, en mostrar lo que México y demás países ocultan.

El Jaibo es la representación de la mala suerte, de todo lo que está mal, y se le juzga, pero más allá de eso, también es víctima de un sistema social que lo rige para ser delincuente, para desquitarse con los demás, para seducir y conseguir placer —a base de meterse con los seres queridos de sus cercanos—, para robarle la vida a otros por venganza, porque eso es lo que hace cometer una realidad que no tiene un orden, que no tiene moral, ética, que es víctima de sus consecuencias. Pedro, por otro lado, necesita del afecto de su madre, comer de lo que prepara para sus demás hermanos, pero en las zonas olvidadas hay niños que son huérfanos, que nunca conocieron a sus padres, que fueron rechazados por los mismos… Pedro encarna la representación de todas esas víctimas inocentes de la inmoralidad. Los demás olvidados son, también, parte de este contexto y su reproche por un mundo injusto, en el que no hay esperanza, solo conformidad ante la inevitable vida que existe. Se olvidan de quiénes son. Los olvidados existen en cada pisada que damos, en cada gesto de la realidad. Y es, quizá, su punto de partida: resistencia ante la marginalidad. Resistir… ¿Acaso una deidad los ha dejado desolados? Olvidados son, pero en recordados los transformaron. Y es precisamente con los personajes que los acompañan donde todo el discurso de Buñuel cobra mayor fuerza, ya que los mismos no tienen remordimiento, no tienen humanidad, solo se concentran en la supervivencia de su existencia, la realidad que les tocó vivir. Esto prevalece en un mundo con cambios —mayoritariamente malos que buenos—.

Los olvidados es un antes y después en la carrera de Buñuel, pues, pese que sus mejores historias fueron filmadas en España, en México exploró, de manera quirúrgica, la esencia de la realidad, la transformó, fue central con ella, la moldeó, la estudió, la experimentó, la hizo llorar, pero también la desterró para volverla a enterrar en una visión que no tenía futuro, solo presente y, quizá, por eso siempre le tuvo miedo al futuro: todos los desastres del mundo se reforzarían más y sus historias seguirán persiguiendo al espectador desde la vertiente de la marginalidad, de la supervivencia, del olvido, de la burguesía, del deseo, de la necesidad.

“Los olvidados: el México que prevalece (V)” es la última de cinco entregas semanales del autor sobre la obra del cineasta español Luis Buñuel.

Los olvidados: el México que prevalece (I)
Los olvidados: el México que prevalece (II)
Los olvidados: el México que prevalece (III)
Los olvidados: el México que prevalece (IV)

Por Sebastián López

Ser de anomalías.

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