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Mudanza

Los libros en la sala, paraditos en un mueble, asomando el lomo, me dieron cierto calor.

Estoy a pocos días de cumplir un mes. La oración no debió terminar en mes, pero no supe cómo completarla. La manera más sencilla sería: estoy a pocos días de cumplir un mes aquí. Y así lo dejamos.

Estoy a pocos días de cumplir un mes tras haberme mudado de casa por primera vez en mi vida. He ahí otra forma. Pasé, a principios de año, dos meses y fracción en Portugal; podrían haber sido seis de no ser por el tema que nos tiene respirando a medias a través de un cubrebocas. Pero eso no es una mudanza. Un viaje no es una mudanza, aunque una mudanza sí es, en gran parte, un viajesote. No sabía cómo terminar la primera oración porque no sabía decir si estoy a pocos días de cumplir un mes en casa o estoy a pocos días de cumplir un mes en esta casa. Mi casa es donde sea que esté contigo, escribió Edward Sharpe. ¿Hay una casa o hay muchas casas? ¿O hay muchas casas pero hay un hogar?

Mientras hacía maletas en la San Miguel Chapultepec elaboré una playlist titulada Mudanza. Tengo el hábito de buscar en canciones lo que no comprendo sobre mí, lo cual me lleva a trastabillar horas y horas en Spotify. Vámonos pa’l Sur, de Joaquín Sabina, era la primera: la explicación, simple y llana, es que me iría a la CTM Culhuacán, en los linderos de Coyoacán y Xochimilco. Aburridísima justificación. La madrugada no tiene corazón, canta antes de dar paso al coro. La canción es el segundo tema de su álbum Dímelo en la Calle, mi favorito, lo cual no es poca cosa tratándose del que seguramente es, con perdón de Bruce Springsteen, mi artista de cabecera. El Dímelo en la Calle claudica en cualquier discusión sobre la discografía sabiniana: fue publicado después del elogiado 19 Días y 500 Noches, y está visto por muchos como ‘lo peor’ del artista al hacer a un lado las historias lineales en la narrativa de la canción y ponderar el metáfora tras metáfora. El valor de Dímelo en la Calle estriba en que, tal y como lo dijo en alguno de sus libros Javier Menéndez Flores, uno puede buscar significados a las canciones de manera inacabable. No dice nada, pero dice todo. ¿Tiene sentido?

Ayer mi novia restauró un mueble que estaba arrumbado en la zotehuela: lo limpió, despojó telarañas y lo estampó en la sala, bajo la televisión y junto al huacal sobre el que se erige el Xbox. Lo atiborramos de libros que estaban amontonados en un clóset a falta de espacio y repisas. Cómo se ve, me preguntó. Se ve bien: muy, muy, muy, muy. (De nuevo la oración no debería haber terminado ahí, pero mis muy se fueron concatenando y difuminando). Muy qué, preguntó. Muy. Muy qué. ¿Hogareño?, pensé. No mames, hogareño, me dije. Muy bien. Bueno. No encontré la palabra, en realidad. Hogareño y acogedor me cruzaron la cabeza, pero las deseché deprisa. ¿Más hogar es un concepto? Quizá. Lo cierto es que los libros en la sala, paraditos en un mueble, asomando el lomo, me dieron cierto calor.

Alguna amiga visitó alguna vez mi casa -¿mi casa? ¿o casa de mis papás?- y me dijo que era totalmente consecuente con mi personalidad. Pregunté por qué y la respuesta me derrotó: porque eres un desmadre, y ella también. No es que fuese un paraíso de polvo -que también-, sino que había libros regados por todas partes. Mi papá devora libros más rápido que yogures, y deja los cadáveres repartidos en la sala como aquel escenario de El Rey León donde viven las hienas, entre huesos desperdigados por todo el horizonte. Acá, en Culhuacán, en mi casa, no hay libro alguno regado -mérito absoluto de mi novia; absolutísimo-, pero la presencia de ellos me hizo sentir más cerca. Cerca de dónde. ¿De casa? ¿De lo que era mi casa? ¿Busco replicar aquí ciertos conceptos de casa en pos de crear uno nuevo? No lo sé. Quizá sea porque los libros toda la vida han sido una suerte de roomie.

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