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Mujeres en guerra

En el camino he convivido con mujeres que me han abierto el panorama y me han puesto en mi sitio, por las buenas o por las que haga falta. En esa fila de mujeres va a la cabeza mi esposa y hay otras que llegan en forma de libro, como Svetlana Alexiévich.

Es difícil nombrar un rincón del planeta donde la guerra no haya extendido su manto: hambre, desolación, muerte y destrucción en distintas acepciones descarrilan la vida de quienes se encuentran en el medio. No es descabellado decir que la guerra representa lo que está mal en el mundo.

Lo bueno que tiene la vida es que uno puede ser imbécil, pero no tiene por qué serlo para siempre. Hace casi dos décadas pasaba cerca de la tercera parte de mi día en el metro, y cierta ocasión en que viajaba en el primer vagón el tren frenó de manera tan violenta que estuvo a punto de mandarme al piso; miré al frente y cuando descubrí que conducía una mujer, dije instintivamente: “Tenía que ser”. Mi estupidez fue todavía mayor si tomamos en cuenta que yo, entonces, era incapaz de conducir un auto.

Lo bueno de la vida es que uno no está atado a su imbecilidad por siempre y que la ignorancia se cura. En el camino he convivido con mujeres que me han abierto el panorama y me han puesto en mi sitio, por las buenas o por las que haga falta. En esa fila de mujeres va a la cabeza mi esposa y hay otras que llegan en forma de libro, como Svetlana Alexiévich.

Hay quien dice que los libros te encuentran. Siempre me pareció una frase medio insulsa (del tipo de “El cielo es el límite” o “El ‘no’ ya lo tienes”), hasta hace unas semanas, cuando llegó a mis manos La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich. La bielorrusa dibujó, con dedicación infatigable y narración magistral, el retrato de un grupo que tras la Segunda Guerra Mundial recibió un trato profundamente injusto: el de las mujeres que combatieron en el bando ruso contra los alemanes y que permanecieron en la sombra por décadas, sin el reconocimiento que sus pares masculinos recibieron por idénticos esfuerzos.

Los rostros que se encuentran en esta obra de Alexiévich son muchos y son el mismo: el de mujeres que, desde distintos frentes, fueron parte de los esfuerzos soviéticos: soldados, enfermeras, francotiradoras, panaderas, pilotos, lavanderas… La autora las visitó, charló con ellas por teléfono, intercambiaron correspondencia, para hurgar en memorias con décadas de antigüedad, que seguían siendo heridas abiertas y, en muchos casos, secretas.

Todas relatan anécdotas que exponen el horror físico y la erosión emocional que se padece en combate: “Caminábamos tres juntos cogidos de la mano, el del medio dormía una o dos horas. Luego cambiábamos”; “Pasábamos días y noches enteros delante de los hornos… Nos bombardeaban y nosotras seguíamos haciendo el pan”; “En la guerra, el alma del ser humano envejece. Después de la guerra jamás volví a ser joven”. Frases así retratan lo sucedido durante la guerra, pero otras explican lo que ocurrió después. “A mi marido no le gusta que hable de estas cosas” y algunas tan duras como “No compartieron la victoria con nosotras. Era injusto… incomprensible…”. Hay incluso quienes relatan el trato humillante que recibieron de las mujeres que no combatieron, por la sospecha de haberse involucrado con sus esposos en las trincheras.

La guerra no tiene rostro de mujer deja claro que a las cicatrices que la batalla le deja a cualquier hombre, para una mujer se suman las del regateo del mérito, del silencio obligado y hasta la del desprecio.

El Premio Nobel de Literatura que Alexiévich ganó en 2015 es justo para una obra soberbia tanto por la titánica dimensión de su trabajo periodístico como por el resultado literario que produjo (“Sus escritos polifónicos [son] un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”, anunció la Academia Sueca); mérito mayor hay que reconocerle si consideramos los siniestros esfuerzos realizados en la URSS para ocultar los mecanismos que el régimen empleaba para mantener el control totalitario. 

En estos días de jacarandas que marchan, de territorios que se tiñen de sangre y de machismos disfrazados, y de mujeres que desaparecen para fortalecer su presencia, encuentro especialmente importante la labor de Alexiévich y pienso en lo indispensable que es para tantos leerla y reflexionar sobre los silencios que imponemos y las inequidades que propiciamos. Pienso también que a veces los libros te encuentran en el momento justo y que lo bueno que tiene la vida es que uno no tiene que ser imbécil por siempre.

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