Foto: Juan Pablo Martínez-Cajiga.

Sobre personas que se van (y vuelven)

Nunca he sabido si el tiempo está a nuestro favor, o en contra. Tal vez ambos, probablemente ninguno. Quizás solo sea un agente externo encargado de reproducir los sucesos de manera indiferente, porque me puse a pensar, ¿cuántas personas ha conocido el tiempo?, ¿cuántas personas conocerá el tiempo a lo largo de su tiempo?, son cuestiones que nunca podré saber. Al igual que tantas cosas. Si ni siquiera sé cuántas personas he conocido, ni cuántas me faltan por conocer. 

He estado pensando en las personas que se van, en el cementerio abstracto que cargo en medio del pecho; es más, en las lápidas que tengo repartidas a lo largo del cuerpo. Me gustaría que fueran menos de las que puedo admitir; nunca me gustaron los números, y en mi mundo, ningún ser humano, mucho menos su recuerdo, será solo reducido a un insípido signo. Pero sus nombres tallados con dolor en la piedra grisácea, hay algunos que aún les dejo flores en su recuerdo, otros el nombre a comenzado a desaparecer, más nunca se irán del todo. 

Conocer a personas es extraño: es como perderte y encontrarte, encontrarte para perderte. Ser presencia, sentir ausencia, estar dispuesta a pagar precios tan altos que tal vez tu corazón no está en las debidas circunstancias de aceptar, pero aun así lo haces. 

¿Qué es perder? Ojalá se tratara de un juego, pero perder personas, ¿cuántas personas perdemos a lo largo de la vida? Ojalá pudiéramos perder el dolor, como perdemos el amor. No pienso que perder sea estrictamente malo, pero hay veces que es terriblemente devastador. ¿Se comienza a perder desde que tenemos el miedo a hacerlo?, o ¿cómo se llama el proceso previo a la pérdida?, ¿es verdad que el tiempo nos vuelve más sabios, o solo es un mito y nada más nos volvemos más viejos? 

¿Cómo es que vuelven las personas a nuestra vida?, ¿perder es para siempre o es un trayecto momentáneo? El arte del autoengaño. Entonces, perder significa ¿adquirir?, es como una negociación fría y un tanto obligatoria en esta vida. Nadie se salva, supongo yo. Algunos quieren perder para ganar. Si pudiera enlistar lo que he ganado con las pérdidas, pero ahora no recuerdo ninguna.

Que ironía. 

Que tragedia. 

Que vida. 

Todas esas personas que se han ido de mi vida, volverán, y han vuelto de alguna u otra manera. En una risa, en alguna frase, en las canciones, en el silencio de mi habitación. A veces me pregunto si los recuerdos nos miran a nosotros en las noches mientras dormimos, porque yo veo tanto a mis recuerdos; me aterra que ellos no se acuerden de mí. Tengo que dejar de temerle al olvido, me pregunto si todavía resuena mi risa en su mente, si recuerda mi piel, algún gusto culposo, si recuerda que invento palabras para expresarme mejor, que sigo leyendo cada noche, me pregunto si al ver algo en particular recuerda mi nombre, me pregunto si aún recuerda mi nombre. Me lo repito, tengo que dejar de temerle al olvido. 

Odio esta modernidad que nos ha transformado en algo tan borrable y desechable, o es que solo soy yo, ¿cuánta olvidabilidad existe en mi persona?, ¿cuán fácil se ha vuelto olvidar a las personas?, me pregunto si hasta este punto yo misma me recuerdo. 

Me niego a pensar que somos momentos efímeros, con impactos eternos. Si es que no hemos arrebatado el derecho al duelo, si estamos atrapados (enredados) en nosotros mismos. Rechazo la idea de pensar que estamos condenados a la humanidad. 

No recuerdo que nadie me preguntara si quería ser humana, creo que hubiera dicho que no, pero me conozco un poco más que ayer y hubiera indagado ¿qué era ser un ser humano?, y eventualmente hubiera respondido que sí. 

Me pregunto si esa es una forma de libertad, olvidar. 

Jamás pensé que el lado oscuro de la libertad fuera cruel. Alguna vez leí que, si ayudabas a ser libres a las personas, es ahí donde se encuentra la verdadera libertad, y lo he estado intentando, tal vez así, me convencería de que yo también lo era. 

Quiero hacer libres a las personas que me rodean. Libres a mis padres, a mis hermanos, a mis amigas de lo que les atormenta, a las mujeres que me rodean, atrapadas en constructos sociales e imágenes estandarizadas. Hasta mis amores pasados, los fugaces y los que se arriesgaron a permanecer más de un solo instante. Incluso a los que ya no me recuerdan. 

Me pregunto si a la libertad a la que pertenezco es a la de la tinta de la pluma que sostengo. Me pregunto si habrá tipos de libertades y si ellas son las que nos eligen a nosotros y no nosotros a ellas. No lo sé. 

Tener la libertad de amar sin conocer. 

La libertad de ser valiente. La valentía de ser libre.  

Ser un refugio para las personas. En algún sueño no soñado, ser una pequeña cabaña en medio del bosque en la que (tú) vas caminando, no sabes dónde estás, ni como has llegado ahí: te has perdido. Entonces, ves la cabaña y decides entrar. La chimenea por la que viste que salía humo, está encendida. Huele a té de canela con manzanilla, y dentro de la cocina, hay una viejecita que prepara galletas con chispas de chocolate (yo), tomas el asiento que está frente al fuego, te sientes libre, no es necesario pedir permiso para sentarse, de repente lo que era tan pesado, ha perdido importancia. 

Eres libre de hablar, eres libre de llorar, de olvidar, de amar, de vivir. 

Ser un refugio para las personas, que se mueve, que respira, que comprende en carne propia la ausencia, el olvido, el rechazo, el miedo; el alma destruida. Un refugio que entiende la consecuencia de ser un daño colateral, y sentir el frío de invierno hasta los huesos. El refugio no es perfecto, no te quedarás para siempre, porque solo ahí es donde está la belleza de lo eterno.

Concluí que por alguna razón la sangre y el amor son de color rojo, ambos no perduran en el tiempo, se oxidan. Se olvidan. Son apenas un mito rupestre. 

Y apenas una pequeña porción de mí con el olvido hoy, está en paz.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *