Categorías
Destacados Editorial

Te quiero en mi vida

Nuestro ego ha sido el más lastimado, por esos viajes arruinados, esos conciertos perdidos, esas salidas desbocadas, presumiendo lo increíble que la estamos pasando. ¿En qué nos convertimos sin todo eso?

Te quiero en mi vida. Esa frase la he leído dos veces en menos de tres semanas, en dos contextos distintos. La primera vez a raíz de un rompimiento amoroso, la segunda de una amistad abandonada de la infancia con la esperanza de recuperarse.

Las dos causaron en mí diferentes tipos de lágrimas. En la primera decidí momentáneamente no acceder pese a la angustia, tristeza y vulnerabilidad que la situación mundial me provoca. En la segunda ni lo dudé.

Les confieso que llevo meses deprimida, me enfermé con todos esos temibles síntomas antes del caos y tuve uno de los cumpleaños más tristes de mi vida. Pero sin la intención de causar lástima… el verdadero shock fue darme cuenta que estaba interpretando mal el confinamiento y los juicios que tenía no eran propios, sino copiados.

Me quejé hasta el cansancio del carente servicio de salud de nuestro país, por semanas critiqué a todas esas personas inconscientes saliendo de sus casas sin importarles el aislamiento, pero ayer me llegó un paquete de DHL, resultado de una compra de aburrimiento en un miércoles cotidiano de insomnio.

En ese preciso momento entendí que aquel hombre estaba exponiendo su vida y la de sus familiares por mi capricho de tedio al encierro, por su necesidad de trabajar y de preferir sobrevivir y no vivir. Qué egoísmo e hipocresía de mi parte.

En mi casa hay una persona que tiene que seguir saliendo a trabajar. Cualquiera criticaría y lo tacharía de una forma cruel en redes sociales como egoísta, porque siempre creemos tener el derecho de tener la razón sin conocer el contexto. Me di cuenta que era el símil de ese mensajero de DHL.

O renuncias y vives, o sigues sobreviviendo ganándole la batalla a la devastadora crisis económica y laboral que ya estamos sufriendo a nivel nacional. Dos integrantes más tuvieron que cerrar su negocio desde hace un mes y en efecto, no hay ingresos.

Leí en alguna nota que el virus es el mismo, pero la clase social a la que ataca, no. Tiene razón; ahora mismo en esta colonia no tenemos agua algunos días, ¿cómo se supone que debemos lavarnos las manos sin ese recurso? Al ser un tema delicado, lo dejo a consideración del lector y de sus propias vivencias o juicios personales.

Tenemos el poder de satanizar y criticar. Repito, es un arma peligrosa opinar sin conocer el trasfondo. Quizá hay alguien que se fue a su casa en Acapulco con una inmensa alberca y el refrigerador lleno de cervezas heladas, pero probablemente esa persona tiene una depresión más horrible que la mía y está pensando en quitarse la vida.

Hay muchas mujeres que eran golpeadas todas las noches por su marido, lamentablemente ahora lo tienen las 24 horas, y me duele pensar en el infierno que están viviendo.

Quizá tengamos a un conocido que diario se va de fiesta, pero ¿alguno de nosotros sabe si alguno de sus familiares abusa de él desde pequeño?

No pienso defender o justificar a nadie. La interpretación que tengo es a partir de mi experiencia, ojo. No quiere decir que tenga la razón. Todos tenemos la capacidad de saber si nuestros actos son responsables o no.

Lo que sí me gustaría exponer es que el mayor problema es que nuestra sociedad ha vivido escudada de ratos comprados de felicidad efímera. ¿Cuántos de ustedes se sienten completamente felices con lo que tienen, lo que sienten y con la compañía o la soledad que los acompaña?

Estamos ansiosos por salir, viajar, hacer todo lo que no hicimos en años. ¡AÑOS! al menos yo tenía casi un lustro sin dibujar, sin hablar por teléfono con amigos y familiares que viven en otras partes del mundo y tristemente sé, que si esto no hubiera pasado, seguiría sin hacerlo.

Nuestro ego ha sido el más lastimado, por esos viajes arruinados, esos conciertos perdidos, esas salidas desbocadas, presumiendo lo increíble que la estamos pasando. ¿En qué nos convertimos sin todo eso?

Creo que en ninguno de esos planes y dinero invertido (o gastado) estuvo aprender a lidiar con nuestros sentimientos, angustias, problemas y carencias personales, al menos en mi caso; es lo que verdaderamente me está asfixiando.

¿Cuántos nos propusimos este año amar sin miedo, perdonar, aprender a vivir con nuestros defectos? o más difícil aún… aceptar que algo en ese corazón o cabecita no está funcionando bien. Me atrevería a decir, que casi ninguno de nosotros.

Creo que para ser parte de la vida de alguien más, primero debemos estar cómodos con la nuestra, antes de tomar esa enorme responsabilidad para dedicarle tiempo, atención y cariño.

Ya sobrevivimos a un terremoto y estamos en casa. No para aburrirnos a propósito, sino para evitar formar parte de esa angustiante estadística diaria del país. ¿Cuántas otras llamadas de atención necesitamos para saber si estamos haciendo las cosas bien?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *