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The Hives: apagón y concierto

El escenario de The Hives es absolutamente sobrio: los acompaña solamente un letrero detrás de ellos que parcamente reza lo evidente… Me perdí en él: está dividido por dos mitades, superior e inferior, blanca y negra; la dualidad que la banda maneja hasta en el outfit.

Salí de casa a las siete, hora en que se abrirían las puertas de El Plaza Condesa. Los conciertos arrancan cuando uno se dirige a ellos: ya sea en el atasco del Viaducto previo al Palacio de los Deportes, el batallón replegado en algún vagón de la línea café dispuesto a tomar por asalto el Foro Sol o transitando las laberínticas calles de la colonia Condesa antes de desembocar en el inmueble de Tamaulipas y Juan Escutia. Inicié mi concierto particular con una canción de Bruce Springsteen, I’m on Fire. La calma que antecede al huracán, dirían los Auténticos Decadentes. Tras el breve lamento del ‘Jefe’, en una de sus canciones más introspectivas, di paso a los Hives. En mis audífonos, antes de que no retumbase en El Plaza –el setlist, siempre caprichoso-, me regalé una de mis consentidas: Midnight Shifter. Joselo Rangel, miembro de Café Tacvba, definió los fans como una especie peligrosa: capaces de desvivirse por ti a medio show, pero aquellos de quienes te conviertes su peor enemigo si no interpretas su rola favorita. Faltó esa. Faltó Die, All Right. No tocaron Try It Again. Se les fue también Well All Right. Ni hablemos de la ausencia de Hey Little World. No pude evocar mis tardes en el FIFA 12 con 1,000 Answers. Poniéndonos exquisitos, no hubieran estado mal Giddy Up, High School Shuffle ni la extrañamente funk T.H.E.H.I.V.E.S. No importó, porque Pelle Almqvist, uno de los mejores frontmans que he visto, no quiso que importase.

Llegué al Plaza hora y media antes de que la banda sueca más neoyorquina del planeta pisara el escenario. Renuente a comprar una camiseta que se despintase a la quinta lavada –he atestiguado la inflación: de cien a cientoveinte, luego cientocincuenta y ahora cientosetenta-, me decanté por un pin. La insignia de los Hives sería uno de los escudos futbolísticos más atractivos: una ‘H’ blanquinegra, que alterna su dualidad con el fondo; el contorno, dorado; encima, una corona tosca. Orgulloso, lo postré en mi sudadera, cerquita del corazón. Parece del Hotel Hilton, me diría mi madre después. Aún no había demasiado movimiento en la pequeña explanada de El Plaza; la taquilla había colgado cartelito: ‘boletos agotados’, que apartaría al poco rato –nunca he entendido cómo funciona aquello-.

The Hives es parte del boom neoyorquino noventero que lideró The Strokes y cuya estela continuaron, esencialmente, Interpol y Yeah Yeah Yeahs. The Rapture y LCD Soundsystem son productos también de aquello. The Killers arribó desde Las Vegas; Arctic Monkeys hizo lo propio desde Sheffield, pero The Hives era la versión sueca. Sueca. The Vines, The Hives, The White Stripes y nosotros, con esas cuatro bandas comenzó todo; firma Julián Casablancas, líder de The Strokes. Pelle Almqvist decide hacer una analogía con pantalones para retratar el nexo entre bandas.

Me percaté de algo muy importante: un movimiento musical es un estilo de pantalones. Piensa en ello: San Francisco, 1967, sabes de qué tipo de pantalones estamos hablando; Nueva York, 1977, sabes a qué tipo de pantalones me refiero. ¿Disco? Todos nos acordamos de esos pantalones. En los noventa, vaqueros holgados y rotos. Nirvana, Soundgarden, Stone Temple Pilots y Pearl Jam. Todos llevaban el mismo tipo de pantalones. El sonido no era el mismo, pero como llevaban los mismos pantalones, obviamente formaban parte del mismo movimiento musical. Y luego estaban Limp Bizkit y Linkin Park. Ellos también llevaban los mismos pantalones, ¡por lo que pertenecían a la misma escena musical! Y los Strokes, los White Stripes y nosotros; todos llevábamos pantalones ajustados. ¡Ya tenemos otro movimiento musical! Para que quede claro, nuestros pantalones eran de la marca Tiger of Sweden. Son unos pantalones muy buenos.[1]

Entre la gente que en aquellos años se enamoró a primera vista de The Hives, podemos hallar a Jack White. Arañaron el éxito en el 2000, con la salida del álbum Veni, Vidi, Vicious, donde destacan las canciones Die All Right, Main Offender y la celebérrima Hate To Say I Told You So. «Nosotros no teníamos nada que ver con el rock and roll que se hacía en aquella época. Pensábamos que disfrutaríamos de cierto éxito en el circuito punk-rock de Europa y que eso sería todo. Nuestro objetivo era hacer un disco del que nos sintiéramos verdaderamente orgullosos. Nadie lo compraría, pero gracias a él nos saldría trabajo». Marc Spitz, célebre periodista musical del New York Times, calificaba a The Hives como «unos chicos punk-rock de Estocolmo de sofisticación y belleza atípica. Su arrogancia es puro teatro (…) Su comportamiento es estudiado y educado. Si observas a Pelle –vocalista- y a Niklas –guitarrista- en directo, te darás cuenta de que controlan al público como lo haría un DJ. Creo que son el mejor grupo que he visto en directo; aunque estén sudando, siguen pareciendo muy calculadores[2].

A comienzos del Siglo XXI, The Strokes y The White Stripes, pioneros generacionales, eran bandas para grandes citas; The Hives y The Vines entraron en algo cercano a un duelo para tomar la estafeta como banda neoyorquina de referencia –irónicamente, eran suecos y australianos, respectivamente – . La banda comandada por Patrick Matthews se difuminó tras el lanzamiento de Get Free, canción que generó entusiasmo desorbitado. Ejercieron de gran influencia para grupos como los Arctic Monkeys –alguna vez Alex Turner declaró que no existirían de no haber sido por The Vines-; incluso, fueron portada de la Rolling Stone, cobijados por el lema ROCK IS BACK,antes que artistas como los mismos Strokes y White Stripes. Sin embargo, fue The Hives, con álbumes demoledores como The Black and White Album y Lex Hives, quienes prosperaron.

Me refugié en el Celtics de Tamaulipas, donde me he vuelto del Liverpool, Juventus y Alemania en diversas finales futbolísticas: dos perdidas, una ganada. Está recién trasladado al otro lado de la acera, pero mantiene las bufandas, playeras y televisiones clavadas a sus paredes como sello característico. Alineación de México: juega Lainez, juega Alvarado; yo aposté en la ‘quiniela compadril’ al improbable cero a uno favor Paraguay. Creo que el 0-1, como concepto, es mi marcador favorito: el visitante se lleva el botín, de forma seguramente inmerecida. Un Jack Daniels con agua mineral. Gol de México. Otro Jack Daniels con agua mineral. Otro gol de México. Se fue la luz. “¿Quién iba a ver a los Hives? Ya se la pelaron“, soltó a grito pelado un vecino de mesa. Los celulares fueron manifestándose como luciérnagas; el Celtics, siempre cordial, me estaba entregando Al lado del camino, de Fito Páez, mi canción de cabecera, segundos antes de perder la energía. No había señal; yo solamente quería ver si México había marcado otro gol. Si yo me la iba a pelar en el marcador del partido y en no ver a mis Jibis, ojalá toda la masa que le había apostado al dos a cero también sufriera. Apuré el segundo Jack Daniels. En una muestra de absoluta incomprensión respecto a lo que sucedía a mi alrededor, le avisé a la mesera que pagaría con tarjeta. No seas pendejo, Andrés; no hay señal.

La Condesa a oscuras rompe con toda idea que uno tiene establecida sobre ella. Está preparada, por supuesto, porque si algo le sobra son velas aromáticas, orgánicas, artesanales, pero pierde impacto. El pedazo de Tamaulipas que va del Pata Negra al Seps es quizá mi zona favorita de la colonia: hay cualquier cantidad de ofertas en cuanto a cafés y bares: desde los horrendos Starbucks y Don Quintín –desconozco si aún tiene alberca y cobra seiscientos pesos de cover- hasta mi adorado Cielito Querido esquina con Fernando Montes de Oca –adorado porque es al único que le llega buen internet- y el precioso Wallace Whiskey Bar –donde debería sonar en loop Alabama Song, de The Doors: show me the way to the next whiskey bar / oh, don’t ask why-. Ayer todos los locales eran lo mismo: miradas contrariadas entre la penumbra. La Condesa a oscuras es un poquito menos amenazante, hasta eso.

Cuando me dirigí al Plaza sobre Nuevo León, venían como salmones, a contracorriente, muchísimas personas que destilaban tufo a marihuana. Son público de los Hives, me dije; ya valió. Pero debe tener planta de luz el pinche Plaza; alguna que, al parecer, no tenía ningún local más. En el Twitter ya empezaba a haber quejas: ni siquiera del demográfico de la Condesa, sino de aquellos que se indignan cuando los condechis hacen el mínimo amago de indignarse. Ay, ahora éstos se quejan, ¿con qué cara?; Nos vale madres lo que suceda en la Condesa; Uy, no pueden vivir sin televisión ni cinco minutos esos de la Condesa. Bloqueé de nuevo el celular, al fin que el Chicharito había metido el tercero y alejaba la quiniela de mis rivales; sumarían un punto, por haberle apostado a México, pero no los tres que otorga atinar al marcador exacto. Seguramente seguiría entre los ocho mejores al terminar el encuentro. Pero bueno, qué les digo: si al gran público no le interesa lo que sucede en la Condesa, menos le interesará mi situación actual en la quiniela.

Me acerqué al señor que me había vendido el pin: ¿Sabe si acá adentro tienen planta?, oiga. Eso debería comprárselo antes del concierto, joven; aquí hay ya mucho policía. No, no joda, no esa planta; planta de luz. Ya vio que se fue en toda la colonia. Ah, no, pos yo supongo. No han dicho que se va a cancelar ni nada así, entonces. No mame, joven, cómo cree.

Me dirigí a los accesos: la gente se arremolinaba en ellos sin entrar –viejísima práctica mexicana- y ofrecí el boleto al guardia. Aquí se lo cortan. Ah, caray. El boleto; no mame, joven. Aquí se lo cortan, por ahí pasa y allá lo revisan. Apenas entrar, divisé el primer stand de bebidas embriagantes en pos de echarme cualquier cosa que no fuese una cerveza; Tenemos ron, vodka, whisky, ginebra, tequila y mezcal, pero no tenemos pago con tarjeta. Mi efectivo se había evaporado en los dos Jack Daniels y en el pin; quedaban treinta pesos que destinaría con sapiencia a lo que los vendedores definen como llévelelpósterdelevento. Ni modo. Faltaban quince minutos para que arrancasen los Hives y avancé entre el mar de gente cuanto pude.

El escenario de The Hives es absolutamente sobrio: los acompaña solamente un letrero detrás de ellos que parcamente reza lo evidente: THE HIVES. Me perdí en él: está dividido por dos mitades, superior e inferior, blanca y negra; la dualidad que la banda maneja hasta en el outfit. La mitad superior es de fondo negro y letras blancas; la inferior, de fondo blanco y letras negras. Quizá sean letras llenas, hasta cierto punto, de una sustancia blanca, postradas en un horizonte negro que luego da paso al blanco; el todo y la nada, pero no sé cuál es el todo y cuál es la nada; podría ser cualquiera, podría estar al revés; necesito un whisky, no traigo para un whisky; traigo mi propia dualidad entre Jack Daniels y Johnny Walker; tampoco sabría si uno de los dos es el todo y el otro es la nada; aunque tal vez sea que… empezó Come On. La letra es todo lo que el público necesita para saber que The Hives ya llegó: come on, come on, come on, come on / come on, come on, come on, come on / come on, come on, come on, come on… y después de varios come on más, el clímax: un incuestionable everybody come on. La canción acaba.

Un fondo simple y sesenta gritos de come on –están contados-: eso necesitan para poner patas arriba una sala de conciertos.

La alineación oficial de The Hives está compuesta por Pelle Almqvist –vocalista-, Nicholas Aurson –guitarra líder-, Vigilante Carlstroem –guitarra rítmica-, Dr. Matt Destruction –bajo-, Chris Dangerous –batería- y Randy Fitzsimmons. Éste último representa uno de los casos más incomprensibles del rock actual: The Hives habla de él como el gran director de la banda; no es miembro ni viaja con ellos, pero está legalmente reconocido como el compositor de todas las canciones.

Es una especie de mecenas que rige la banda desde Suecia –resulta revelador que una de las imágenes más comunes de la banda, hasta hace poco utilizada como telón de fondo en sus conciertos, consiste en un malévolo sujeto que controla como títeres a los mismos músicos; podría ser una representación de Fitzsimmons-. Nicholas Aurson ha sido señalado en diversas ocasiones como el verdadero compositor, siendo Randy Fitzsimmons un mero pseudónimo; él lo ha negado, asegurando la existencia del director de la banda.

Una súbita operación cuyos detalles no han sido revelados impidió que Chris Dangerous pudiera sumarse a la gira que The Hives realizó por México –primer Plaza Condesa; Pa’l Norte, en Monterrey; teloneros con los Arctic Monkeys; segundo Plaza Condesa-. Con ellos llegó Thomas Hedlund, bautizado para efectos del grupo como Boomas, elemento de nivel incontestable –es, entre otras bandas, baterista de cabecera de Phoenix: no está considerado miembro oficial del grupo francés, con más tendencia a utilizar caja de ritmos en vez de batería, pero ha colaborado en todos los álbumes representativos-. Cumplió, pero es difícil aguantar el ritmo de una banda tan cercana al punk como The Hives; el recital duró una hora, quizá motivado por el cansancio de su baterista.

Pelle Almqvist saltó desde bocinas, se balanceó por el escenario, bajó a la plancha destinada al público para interpretar entre sus feligreses Tick Tick Boom, y dejó a todos con ganas de más. The Hives es un subidón. Tampoco tocaron Patrolling Days, carajo. Una hora redonda; con ausencias, pero redonda. Masculló también un español incomprensible, le hizo cerca de siete finales falsos a la apoteósica Return the Favour –todos nos hubiéramos quedado la noche entera volviendo al oooooooh del estribillo-, que funge como metáfora fiel de lo que es un concierto de The Hives: devuelven el favor.

Llegué caminando a casa. No recuerdo si me puse audífonos, pero hubiese importado poco: tenía los oídos tapadísimos. La luz había vuelto; quizá el apagón fue premonición del terremoto que los Hives ocasionaron en un pequeño espacio de la colonia, porque de pronto todo había vuelto a la normalidad.

Habían pasado como tornado, pero se habían marchado. Un huracán; un terremoto; un tornado; algo, algo que causó un apagón. Una bomba, será; como reza su gran éxito: ‘cause I’ve done it before, and I can do it some more / I’ve got my eye on the score, I’m gonna’ cut through the floor / It’s too late, it’s too soon, or is it tick… tick… tick… tick… tick… tick… tick… BOOM.


[1] Lizzy Goodman. (2017). Nos vemos en el baño: Renacimiento y rock and roll en Nueva York, 2001-2011. España: Neo-Person.

[2] Ídem.

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