El futbol es una cura de la orfandad: Rodrigo Márquez Tizano

Yo me estoy largando siempre. No puedo quedarme quieto. Y a cada lugar que llego socializo con el fútbol. También bebo y hablo de libros, claro, pero siempre que aparezco en una nueva ciudad organizo un juego, un equipo. Me parece una gran manera de conocer a las personas.

Rodrigo Márquez Tizano es escritor, editor, locutor y profesor. Y lo que se sume. Pisa la pelota los viernes y se rehidrata luego con un suero con cerveza. Michelada, pues. A sus treintaiséis años es miembro del Sexto Piso, donde publicó Yakarta, en 2016, y coordinó y prologó Breve historia del ya merito, en 2018. Es feligrés de la Libertadores. Me tomé con él un par de cervezas para hablar sobre poca literatura y mucho fútbol.

¿Cómo se hizo presente en tu vida el primer nexo entre literatura y fútbol?

Me llegó más de grande, en la niñez todo era juego. Yo crecí al norte de la ciudad, en Azcapotzalco, en una colonia llamada Electricistas que era muy popular, trazada originalmente para albergar a los trabajadores de Luz y Fuerza, y donde teníamos unas canchitas de cemento bajo las torres de luz, en Aquiles Elorduy. Pasaba todas las tardes jugando ahí, en las retas, apostando naranjadas de bolsa y cotorreando de los partidos de la semana. La literatura futbolera de la niñez era más oral, de búsqueda constante. Siempre he dicho que en mi generación hubo dos tipos de lectores infantiles: los que leían el Sigue tu propia aventura y los que juntábamos el Panini. El Panini es una suerte de bestiario y su narrativa es completamente completamente abierta, a diferencia del Sigue, que te da una falsa impresión de libertad en rieles. A los seis años, en el Mundial de 1990, tuve un Panini pintarrajeado, con muñequitos dibujados, nunca fui un coleccionista serio. Ése fue mi primer libro futbolero, estar buscando las estampitas era una especie de vocación sentimental todoterreno: había deuda y negociación en los recreos, especulación. El derroche de fe al abrir los sobrecitos. Estaba, además, ese rumor de que había estampitas de México escondidas en los sobres, cuando estábamos descalificados por cachirules. La primera novela o trabajo de ficción que recuerdo haber leído, relacionada de algún modo con el fútbol, fue La Quinta Gracia de Navapelada de Sebastiá Sorribas, un escritor barcelonés de literatura infantil, muy chingón. La historia trata de un grupo de niños afincados en Navapelada, un pueblo ficticio de Cataluña, y su amistad con un inmigrante indocumentado que resulta ser una estrella del fútbol. Ya más grande, Fontanarrosa. Es el único con humor. Y qué humor. Hay muchos libros y novelas futboleras que me gustan, no temáticas sino donde el futbol aparece como horizonte narrativo: Cámara Húngara, del gran García Galeano, por ejemplo, u O Drible, de Sérgio Rodrigues. Un capo ese güey. Flamenguista. Vimos un partido en Río, buen tipo. Y también, obviamente, está el asunto familiar. Mi abuelo era muy atlantista, un hombre de otro tiempo, como todo lo que tiene que ver con el Atlante.

Alguna vez te escuché decir que te atraía más el fútbol sudamericano que el desorbitado esteticismo del fútbol europeo.

Totalmente, aunque hay cosas en Europa que aún me cautivan. La tradición, por ejemplo. Quizá es cierto eso de que el fútbol es el último vínculo con la infancia, pero yo tengo 36 años, todos los jugadores son más jóvenes que yo y los que no, están al borde del retiro. Puedes admirar las hazañas atléticas y estéticas, el juego, pero ya no juntas las figuritas.

Pero en Sudamérica sí te aparecen los que juegan hasta viejos, muchas veces en el club donde debutaron.

El Pepe Sand. Tiene como cincuenta. Del fútbol sudamericano me gusta el esfuerzo colectivo, me encantan los jugadores fuera de la norma, la divagación táctica, la tribuna, todo lo que rodea al ritual de ir a la cancha. De pronto siento que las ligas europeas y sus clubes de fútbol caro, robótico, tienen unas inferiores que parece que ensamblan como en serie, ya no hay un jugador diferente. Todos los defensas marcan por zona, tienen buen pie, los dieces son máquinas atléticas. Estamos perdiendo particularidades posicionales. En Argentina, en Brasil, sin embargo, todavía hay una paleta variada, potrero, aunque estén queriendo meter a Red Bull en Brasil, con el Bragantino. Y ya está el Fábricas City instalada en Uruguay, con el Torque. Estaba viendo ayer la Libertadores: el wing del Palmeiras debe medir 1.60 metros y pesar 45 kilos, lo sacaron de las favelas, de la peladinha y un año después está en la final del torneo más importante de Sudamérica. Un tipo con una calidad técnica impresionante, mucha jinga y deficiencias alimentarias generacionales. En Europa ya no pasa eso. Los hacen en serie. Lo que me gusta de allá, en cambio, es el fútbol popular, donde los socios se organizan y se hacen dueños del club en vez de darle su dinero a una sociedad anónima. En Argentina también pasa eso: los clubes son de los socios. Hay mucha política, claro, pero el socio aún decide. Me gusta mucho la idea del fútbol de la gente, el club como un lugar donde haces vida social más allá de alentar a un equipo; te representa de otra manera. Allá, los clubes se identifican con los barrios: van las señoras a jugar a las cartas y los señores a jugar a las bochas, las familias a la alberca. Acá estamos acostumbrados a que el gobierno provea ese tipo de cosas, cuando las provee, claro, pero allá son organizaciones vecinales, mutuales, a mí eso me gusta mucho. En Europa hay clubes como el Manchester United, que es comprado por el conglomerado de los Glazer y la afición no termina de aceptarlo. El fútbol es un deporte de la clase popular que ahora secuestraron unos cabrones con petrodólares: a mí no me interesa ese fútbol, por más preciso y vistoso que sea. Eso no es lo que me gusta. Entiendo: por eso son lo que son, por eso el Real Madrid tiene una tienda en la principal avenida de Marrakech y otra más en Paseo de la Reforma, pero estoy harto del colonialismo mental: ay, mi Madrid, vamos a Cibeles, yo no lo entiendo. No te digo que le vayas al Atlante, sería una pendejada, pero si te gusta el fútbol puedes organizarte, jugar con tus amigos, patrocinar un equipo de chicos en tu barrio, crear comunidad.

Ver el fútbol más allá del partido en la televisión.

Obvio, obvio. Dejar de ver lo que una cámara de TV te dice que veas. Por otro lado, los intelectuales trasnochados de caricatura siguen pensando en el futbol como “el opio del pueblo”, en los aficionados como brutos, y no se dan cuenta de que también posee un filón subversivo, de organización, que mantiene vivo el espíritu comunitario.

¿Tienes alguna filiación por algún equipo actualmente?

Sí, pero tampoco me vuelvo loco. Soy simpatizante de Vélez Sarsfield, cuando vivía en buenos Aires iba seguido al Amalfitani. Y de Atlanta porque ahí practicaba boxeo: me quedaba cerca, en Villa Crespo. Acá, tengo cariño especial por el Atlante y desde chico era de los Pumas. Me muero de ganas de ir a ver al Atlante al Estadio Azulgrana, ahora que regresaron. A Ciudad Universitaria fui hasta la secundaria, preparatoria, con los amigos. Pero de niño iba al Azulgrana, con mi abuelo. Ahora que regresaron, lo siento como una deuda. Es que eso es: una vuelta a mi infancia. A mí qué me importa si el Atlante juega mal. Qué importa si juegan en segunda o en tercera. Yo voy y siento que me acompaña mi abuelo: es una cura de la orfandad. Es lo que no entiende mucha gente, el fútbol es el fenómeno cultural más popular y masivo del Siglo XX, como manifestación, por todo lo anímico y sentimental que acarrea. No esas pendejadas marketineras de “sigue tu pasión”. El futbol, como la música, o la literatura, tiene la capacidad de agitar los sedimentos del alma. Ahora, con Maradona, hubo gente que no pudo entender que a otras personas les afectara tanto la muerte de alguien que no conocieron. Pobres. Yo no sentí que se murió mi viejo, claro, pero para mucha gente se murió su hermano, su papá, un ídolo popular. Y si no lo puedes entender qué lástima. Yo no te lo puedo explicar.

Escribiste que en algún momento de tu vida conseguías llorar cuando imaginabas que moría Maradona.

Claro, porque para mí representaba lo humano, lo perfectamente falible. Porque era mágico y de niño necesitas creer en la magia. Yo qué sé. Al mismo tiempo, era una figura inalcanzable. Hay una cuenta de Instagram que me encanta, Operación Pelusa, que es un proyecto colectivo donde la gente manda fotos con Maradona y cuenta la historia detrás de ella. Todo mundo tiene una foto con Maradona. O una firma falsa con el 10. Pero piénsalo bien, desde los 16, con su famoso quiero ser campeón del mundo, jugando en los Cebollitas, y hasta el momento de su muerte, tiene una cámara encima. Y todas las historias son bellísimas, pintan a un Diegote generoso que aún sin ser dueño de sí mismo, comparte su humanidad con gusto. Es una cuenta linda, de relatos corales. Hay mucho desgraciado, en cambio, al que le gusta quedarse con las imágenes feas, donde sale mal parado. Moralistas de quinta que no saben decir otra cosa que “drogadicto”. Habría que verlos en la intimidad. Les encanta este documental de mierda en Dorados, donde el tipo está hasta las pelotas y calla a unos niños a los que les está firmando camisetas. El último Maradona tenía una enfermedad, no podía dormir. Estaba empastillado siempre. Basta ver a los que se burlan de un hombre así —que como puede, como mejor le da su cuerpo maltrecho, sigue intentándolo— para concluir que somos una mierda de sociedad.

El texto que hiciste cuando falleció, cómo lo abordaste.

Yo hago una columna para Reporte SP, la revista de Sexto Piso, Ya tenía lo que iba a entregar, era otra cosa más relacionada con literatura, creo que sobre Aira. Cuando murió el Diegote no quería publicar nada en redes, no dije nada, y me puse a escribir. Una carta de amor. Salió ahí, también en El Estornudo, y ahora saldrá en un libro en España, Maradona, mito plebeyo, editado por Antonio Gómez Villar, donde también se incluyen textos de grandes amigues como Ezequiel Zaidenwerg o Luciana Cadahia.

¿Cómo surge la Breve historia del ya merito?

Me pidieron editar y coordinar un libro para el Mundial del 2018, en Sexto Piso, y pensé en un libro coral que habría de contar la historia de la Selección Mexicana a través de nuestras ilusiones truncas, de proponer un nuevo orden de los hechos basado en lo íntimo, en lo afectivo, sin por ello hacer un elogio de la derrota. La primera pieza es la de BEF, sobre el Jamaicón, un gran punto de partida. Salvo él y Claudina, la banda que participa es muy futbolera y luego, da la casualidad de que escriben. Pablo Duarte es muy aficionado, jugué fútbol con él, fue mi pareja en la central, aunque hoy se la pasa lesionado, parece Nico Castillo, están hechos de la misma fibra. Está también por ahí Juan Pablo Villalobos, atlista insigne y culé por adopción. Daniela Tarazona era mi amiga desde antes, pero le pedimos un texto porque ella trabajó con La Volpe en la Federación Mexicana de Fútbol. No tenía idea, alguien me tiró la data. La consigna también era que fueran mexicanos. Se juntó eso. Raúl Vilchis es periodista, pero aborda el texto no desde la calle o desde la fuente, sino a través de la muerte de su papá, como una deuda. Igual el de Wolfson, su padre era periodista deportivo y para escribir el texto hurgó en los archivos paternos por primera vez desde su muerte. A eso me refería con dimensión afectiva, con abrir otros espacios entre lapsos de cuatro años. El texto de Fadanelli también atiende al padre y me gusta mucho, es muy crudo, muy doloroso y con imágenes hermosas al mismo tiempo. El de Julián Herbert es muy futbolero aunque no lo parezca a simple vista, porque utiliza un relato de pareja y confrontación para enmarcar la pelota.

Siempre has hablado del viaje, el cambio de lugar, dices que siempre nos estamos yendo. ¿Cómo ha sido conocer diferentes formas de vivir el fútbol en distintos países?

Yo me estoy largando siempre. No puedo quedarme quieto. Y a cada lugar que llego socializo con el fútbol. También bebo y hablo de libros, claro, pero siempre que aparezco en una nueva ciudad organizo un juego, un equipo. Me parece una gran manera de conocer a las personas, el cómo juegan: saber quién no la suelta, saber quién no regresa, quién es el que la pisa, o la que la pisa, porque allá en Estados Unidos eran equipos mixtos. Las chavas juegan muy bien y está muy normalizado el equipo mixto.

Qué interesante que abordas el fútbol como instrumento para socializar a partir de jugarlo, no de platicarlo.

Claro, es lo primero. Así se calientan las charlas. Regresé a jugar con mis amigos hace muy poquito —por viejo y por pandémico— y cómo lo extrañaba. A partir de ahí se habla y se bebe. Pero a mí me gusta jugarlo, voy a tratar de jugar hasta que mi cuerpo no pueda más. Luego ya podemos ver un partido en la tele, hablar de tal o cual escritora que nos guste. Cuando estaba en NYU, teníamos un equipo: llegamos a una Final, la ganamos, y luego perdimos tres, como el Cruz Azul. El nombre del equipo era muy cagado, porque todos éramos estudiantes de la maestría de Letras.

¿Cómo se llamaba?

Yo no se lo puse, ya existía. Furia Literaria. Nuestros jugones eran un poeta peruano y una undergrad de Ohio que no tenía edad para beber cerveza. Todo mundo jugaba y leía. Acá en Latinoamérica te puede gustar la lectura, dedicarte al arte y jugar fútbol; no está extendido el prejuicio gringo de que los nerds rehúyen la actividad física.

¿De qué juegas?

Ahora, central. Antes, contención. Soy un patadura. Eso sí, de arquero, jamás. De portero habría sido un tiro al blanco.

¿Qué engloba jugar de contención?

Correr. Correr y pegar.

Como Torrado.

Exactamente. No hay más. Correr, marcar, pegar y pasársela a los que saben.

¿Y ahora?

Depende. Jugamos de cinco, cancha chica. Es más fantasy. Todos la queremos pisar.

Decías que para conocer a alguien es importante saber qué hace en la cancha. ¿Tú cómo eres en la cancha?

Yo soy generoso con el compañero, corro siempre, pero soy calentón. Un suavecito como el Picas Becerril. No soy desleal, pero entro duro. El que me gustaba era Bruno Alves, jugadorazo, portugués. Era central con Pepe en Selección, antes de José Fonte. Ahora está Rubén Días, pero ellos eran otra cosa. Alves iba muy bien de cabeza y tiraba muy bien los tiros libres. Metía unos pinches golazos: jugó en el Cagliari, en Escocia, en el Zenit y en el Parma, cuando recién ascendió luego de la quiebra, con este marfileño, cómo se llamaba…

Gervinho.

Gervinho, Gervinho, jugaba en banda.

Lo andaban buscando los Pumas.

¿En serio? Órale, no mames. No pueden comprar ni el pase de Facundo Waller y van a traer a Gervinho.

Dentro de toda la globalización del fútbol, ¿se pueden permitir todavía ciertas historias románticas?

Todavía las hay, pero es el tipo de cosas que amenazan los delirios iligarcas tipo Superliga. El Leeds no hubiera podido subir a la Premier con Bielsa en un torneo así. Ni el Leicester ser campeón. Esas historias son lo que vale, la posibilidad de truquear al sistema. De reinterpretar la gesta. Debe existir el underdog, el equipo por el que nadie da nada. Toros Neza, por ejemplo. La Superliga elimina eso, es un negocio cerrado. Hay cierto tipo de aficionados que no quieren que se acerque nadie con dinero al club, aunque eso signifique que nunca se van a comer una liga, aunque no vayan a ascender, porque hay cosas más importantes y lo saben. Luego hay otros que quieren que llegue un jeque, pero suele acabar mal. Mira a todos esos equipos: Málaga perdido en deudas, el Valencia con Peter Lim que casi desciende, el Racing de Santander, el 1860 Múnich quebró. Por la catidad de personas que mueve, el futbol les parece la entrada a muchos otros negocios y licitaciones, a cargos políticos. ¿Pero cuánto más puedes explotar a la gallina de los huevos de oro?

Nos quedan el Rayo Vallecano y el Sankt Pauli.

El Sankt Pauli es un caso especial porque vendió muy bien esa imagen de club de izquierdas y la constata. A ver, organiza campañas por la igualdad de género y contra la homofobia, apoya a los migrantes en Alemania. El Rayo ha tenido sus bemoles. Hablando de Vallecas, me sorprendió que en un barrio tradicionalmente obrero haya arrasado la derecha en las últimas elecciones (en Madrid). Ganó todos los distritos. Me preocupa que la estupidez se propague con tal virulencia: esta derecha trumpista y bolsonarista escandalosa, adepta al ridículo, poco pensante, es muy peligrosa. Pensamos que no pasa nada, pero hay que levantar la voz. Aunque tampoco es como que la “izquierda” de acá otorgue cabida a gente muy pensante: mira a Cuauhtémoc Blanco, gobernador.

Si pudieras hacerle una biografía a un jugador, ¿a quién se la harías?

Buena pregunta. Siempre quise hacerle una biografía a Luis Pirata Fuente. Una biografía inconclusa. Ahora voy a sacar un texto sobre el Pirata en Vélez. Siguiéndoles la pista fui a Veracruz, a Vélez, a Santander, a Bogotá. Por ejemplo, a Paraguay fui solamente por eso, por el Pirata. Estaba en Buenos Aires y me fui a buscar: jugó en el Atlético Corrales y no encontré nada. Era un equipo militar, desaparecido. En México jugó, además de con el Tibu, en el España con el Charro Moreno e Isidro Lángara, lo que debió haber sido ese tridente. No nos tocó, fue en los albores del profesionalismo, pero no mames: Lángara metió goles en todos lados, el Charro Moreno jugó en la máquina de River Plate y el Pirata tenía esta mitología, era un jugadorazo; brincaba muchísimo, jugaba de ‘10’ en un país donde no sobraban, con una técnica impresionante. Se contaba que el Pirata había ido a salvar a Vélez, cuando el único descenso ocurrió con él y otros mexicanos en sus filas. Me gustaba mucho la idea de un jugador errante, bohemio, el anti-Jamaicón: jugó en todos lados y supo conocer la gloria y el descenso. Entrevisté a Chito Valdez, que jugó con él y murió hace muchos años. Es un proyecto que dejé y quizá algún día retome. No quería una biografía como tal, yo quería responderme por qué estaba haciendo eso. Era un espejeo con el Pirata: yo también siempre me estoy yendo, me gusta jugar de visitante. Jugó en el Racing porque de ahí era su familia, conoció a Cri-Cri en Buenos Aires y le prestó plata para sacarlo de un bar donde tocaba el piano. Tengo una foto única de un gol del Pirata, de palomita, al Independiente de Arsenio Erico, que hace que pierdan el campeonato. En la última fecha, como venganza, Independiente se deja ganar contra Atlanta y desciende a Vélez. Era la temporada 1939/40.

Va una pregunta muy obvia: ¿cuál es el partido que más recuerdas? Uno que hayas visto y uno que hayas jugado.

Vi Copa América, Mundial, pero recuerdo con mucho cariño que me tocó ir a cubrir a la Selección Nacional Femenil Sub-17 a Jordania.

Femenil, sub-17.

Sí, muy cabrón.

¿Quién te mandó?

VICE. A quién más le importaría algo así. Me gustó mucho ver a esa Selección, un combinado con muchas jugadoras nacidas o entrenadas en Estados Unidos. Las dirigía el hijo de Cuéllar, imagínate. Me tocó también ver al equipo de Jordania. Era impresionante, estas chicas en uno de los países medianamente liberales del mundo árabe: casi el 90% de la población practica el islam, y del equipo de las 23 jugadoras, veinte eran cristianas y/o católicas. Había un sesgo grande. También fuimos a cubrir otras cosas, historias relacionadas con los refugiados palestinos y sirios que están en campos jordanos. Muy duro. Casi conseguimos que nos cruzaran, por Ibrid.  El periodismo deportivo en México, salvo casos específicos, me parece aberrante. Está en un limbo muy ombliguero. Ni analizan el juego ni la cultura del juego, están a la mitad, gritoneándose. La gran parte son incendiarios, reventadores o confunden crítica con defender ciertos intereses. Me gustaría leer más libros deportivos escritos en México, ejercicios de investigación. Pero no: prefieren dar su opinión, hacer videocolumnas en cinco minutos.

¿Y el partido memorable que jugaste?

Uta, no sé si es memorable pero fue el último, justo antes de la pandemia. Ahí en Estados Unidos. Jugábamos la final o la semifinal del torneo, no me acuerdo, y me expulsaron. Qué raro. Un chico al que yo le daba clase, se me iba y lo levanté. Perdimos, claro. Era mi estudiante. Se me iba, un chavito de 20 años, corría como la chingada. Pero son muy nobles, no te la guardan. A la semana siguiente le dije que tenía un punto extra en el examen final pero que en la cancha ni hablar. Nomás se carcajeó, el cabrón.

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