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La forastera de Olga Merino: ¿puede uno morirse de soledad?

Cambiar de escenario es algo que suele agudizar todos nuestros sentidos y hacernos ahondar en reflexiones. Eso fue lo primero que me pasó con La forastera. Cuando me di cuenta, estaba ya ahí, junto a Angie, en medio a un paisaje áspero y vigoroso, de espinazos rotos, avenas locas, retales de tierra roturada e inacabables hileras de olivos; en un territorio recóndito del sur; en la España despoblada.

Algunas veces “el aire inmóvil olía a lombrices y parva recalentada”. En otros momentos, “a romero y aceituna molida”. Los colores eran igual de cambiantes: “verde almendra, verde laurel, amarillo ceniciento, mostaza, gris acero, madreperla que vira a marfil”, “amarillo cegador, naranja brillante, miel, rojo sangre, negro tinta”. La música tampoco paraba de sonar: los Stones, los Clash, los Who, Rod Stewart, Eric Clapton, los Police, los Beatles. La sinestesia era inevitable.

En La forastera, la escritora y periodista Olga Merino nos transporta de escenario y juega con todos nuestros sentidos, para involucrarnos en su trama y hacernos reflexionar sobre temas que muchas veces preferimos no tocar. La despoblación de la España rural y sus consecuencias, la inmigración y el destino de esas personas desarraigadas de su tierra, el suicidio.

Con todo ello convive Ángela (o Angie), la protagonista. Una mujer que tiene la misma edad de la escritora y cuya madre –así como la de Merino–, aunque no tuviera estudios, era una gran narradora oral. Pero no se trata de una autobiografía. Ángela Maroto es una mujer con una historia propia, con experiencias y cicatrices muy suyas, con una juventud de excesos hecha de colores y canciones, y un presente opresor vivido en un paisaje dilatado. “Me están echando el cerco, y no es el viento”, dice en un pasaje.

La siento tan real, tan cercana, que a veces pienso estar dentro de su cabeza, y empiezo a narrar mentalmente en primera persona todo lo que me pasa, como lo hace Angie en la obra. “Creo que es el mejor personaje femenino que he construido”, dijo Merino en una entrevista. No dudo. Tampoco me extraña que haya dicho en otra ocasión: “Soy más de personajes que de tramas intrincadas”.

Aunque La forastera es todo un western contemporáneo. “Ahí está el territorio, la ley, el peso del paisaje y la gente dividida”, declaró en otro momento la autora, quien también confiesa que no había pensado en la novela de esa manera cuando la escribió, pero acepta la etiqueta.

Se trata, asimismo, de un western con sed de justicia. Olga Merino no rehúye a enseñar su mirada política, ya sea sobre la estructura de la propiedad de la tierra, la peonada y los inmigrantes, la iglesia o incluso sobre la gentrificación neoliberal de Londres (donde la protagonista de la novela pasó su juventud). La autora parece creer que “toda literatura es ideología”, como dijo Marta Sanz, de quien Merino dice ser muy fan.

En las ricas descripciones del paisaje y en el apropiado vocabulario rural se nota, además, la influencia de Delibes. Asimismo, hay un par de menciones directas en la obra a la más reconocida novela de Juan Rulfo. Pero quizá la autora no hubiera logrado retratar con tanta fidelidad el imaginario de la gente del campo, sus creencias y cuentos si no conociese íntimamente ese contexto, el ambiente de donde proviene su familia.

De hecho, la historia brotó de una experiencia que vivió Merino. Impresionada con el suicidio de un amigo cuyo padre también se había quitado la vida, empezó a investigar sobre el tema.

“[…] en estos pueblos extraviados en mitad de ninguna parte”, donde “solo acude el viento de visita”, “la media de suicidios se dispara”, se puede leer en distintas partes del libro.

Pero Olga Merino no trata del tema como Miguel Ángel Hernández (El dolor de los demás, Anagrama, 2018), Sergio del Molino (La mirada de los peces, PRH, 2017) o Delphine de Vigan (Nada se opone a la noche, Anagrama, 2012) –solo por citar algunas referencias–.

En realidad, La forastera no es una novela sobre el suicidio, sino sobre la dignidad, la libertad y la resistencia. ¿Hasta qué punto somos capaces de resistir a las presiones de la sociedad? ¿Hasta qué punto somos capaces de resistir a la presión de nuestros propios pensamientos? ¿Hasta qué punto somos capaces de resistir a las malas experiencias que vivimos?

Cada personaje de la obra contesta a esas preguntas de distintas maneras, y a lo largo de la lectura se nos plantean otras tantas. Al fin y al cabo, la vida también está hecha de dudas, de cambios, de impases frente a los retos que nunca se acaban. O que quizá se acaben frente a la muerte, una muerte que viene dada tantas veces por elección propia, puesto que Lo raro es vivir, como decía el título de uno de los libros de Carmen Martín Gaite.

De todo modo, escribir no deja de ser una manera de enfrentarse a la muerte. Olga Merino lo sabe y lo hace de manera brillante. No por casualidad La forastera se llevó, en octubre del año pasado, el XIX premio RAE de creación literaria. Y la escritora parece además querer llevar a cada uno de sus lectores a descubrir la recompensa que hay en resistir, en vivir, aunque eso sea lo raro.

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