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Las madres de culto en el cine

Para conmemorar el Día de las madres en México, la redacción de purgante preparó un especial que rinde tributo a las madres trágicas, perversas, entrañables y, sobre todo, inolvidables en el cine.

The Manchurian Candidate; John Frankenheimer

De todas las madres en el cine, -abnegadas, crueles o indiferentes, santas y putas- quizá la más siniestra sea Mrs. Eleanor Iselin, surgida de la aguda soap opera de la guerra fría escrita por Richard Condon The Manchurian Candidate, llevada al cine en 1962 en glorioso blanco y negro por John Frankenheimer (también recordada por el interesante, aunque menor, retelling de Jonathan Demme en 2004, estrenadas ambas en México con el título El mensajero del miedo). Aunque los protagonistas de esta película, ne plus ultra del thriller político, son Frank Sinatra (en la cima del pinche poder) y Laurence Harvey, en realidad el personaje que más ansiedad provoca, por su perversión maquiavélica disfrazada con elegantes trajes de Mainbocher, lo encarna de modo inenarrable Angela Lansbury (que solo era tres años mayor que Harvey, su hijo de ficción), quien ya era una estrella de Broadway y fue la adorable mamita de Elvis en Blue Hawaii. Esta mujer rompe todos los tabúes para llevar su plan de dominación mundial hasta las últimas consecuencias. Incluye, desde luego, usar al fruto de sus entrañas como punching-bag emocional, lavarle el cerebro, y hasta consumar incesto para controlarlo, cuando está en trance. En su novela pulp, Condon explora gráficamente las razones que llevan a esta dama refinada y de la más alta alcurnia, a ser la madre más deleznable de la ficción (ni la abandonadora de hijos Joanna Kramer se le acerca) pero Frankenheimer es sutil y deja que Lansbury le de matices ambiguos a la maldad de su interpretación y rompe el paradigma materno para el cinema moderno. Al hacerlo es tan icónica, que ni la misma Meryl, siendo Meryl y dirigida por Demme, consigue llegar a lamerle los tacones a este, el monstruo maternal más súperbestia de la pantalla. Ella, la peor de todas.

Hereditary; Ari Aster

Hablando de madres de culto y como un eco quizás ya muy manoseado, para adentrarnos a esta película se podría decir que El Bebé de Rosemary vino a cobrar su herencia. Con claros guiños y referencias a la adaptación cinematográfica de la novela de Ira Levin por parte de Roman Polanski en 1968, Hereditary, primer largometraje del hoy celebrado -aunque actualmente vapuleado- Ari Aster, es lo que podría ensoñarse como una conversación cafesera entre Sigmund Freud y Melanie Klein que nos muestra un legado de “maldiciones” que la familia va pasando de generación en generación. Estas maldiciones son vistas y tratadas desde los temas recurrentes de su autor:  desde el lado evidenciable con los trastornos mentales y los procesos de duelo primordialmente relacionados con la figura materna, como desde el lado sobrenatural con los cultos y las sectas que se aprovechan de la vulnerabilidad de los dolientes ayudados por una fuerza inexplicable. Esas maldiciones que se traducen como todo aquello que representa una carga o un estigma para aquellos miembros de la familia que ni siquiera pidieron nacer y cuya existencia ya está condenada. Desde la primera secuencia se nos introduce al mundo de una familia dentro de un escenario en el que se construyen y replican actos por manos externas, lo cual pareciera suprimir su propia voluntad despojándolos de todo control y convirtiéndolos en unos títeres humanos que no saben lidiar con las consecuencias de las acciones de otros. La película logra crear excelentes momentos de tensión gracias a la construcción de preámbulos constituidos por silencios y sutiles sonidos, una iluminación que inevitablemente nos evoca a la más terrorífica penumbra que hayamos vivido, el uso de representaciones oníricas que abogan más por un ambiente de desconcierto para el espectador que de susto fácil, buenas actuaciones pero sentándose aparte está la extraordinaria -hasta la fecha recordada- Toni Collette como esa madre atormentada por su árbol genealógico, luciendo esa capacidad de manejar su corporalidad, refiérase a su cuerpo y sus gesticulaciones, de manera en la que sus expresiones son capaces de mortificar nuestros propios sueños por mucho tiempo después de ver esta película.

Serial mom; John Waters

Beverly Sutphin (Kathleen Turner) es la madre perfecta. Hornea tartas de frutillas, atiende a su adorable familia, le gustan las aves y pasa las tardes entre su elegante residencia y el jardín con cercas blancas. Dentro de la sociedad norteamericana (y dentro de las tramas de John Waters), nada es lo que parece; el humor negro del director sirve como telón de fondo para ofrecer una incisiva crítica al sueño americano, con su fascinación por las armas y los asesinos seriales. A la señora Beverly también le gusta llamar por teléfono a sus vecinas para insultarlas y matar a sangre fría a todo aquel que atente contra sus hijos; sólo durante los créditos iniciales, la protagonista aplasta una mosca como preludio de los seis cargos por homicidio en primer grado de los que será acusada. John Waters ambienta la historia como siempre en un Baltimore atiborrado de personajes extraños, salpicando la sátira con referencias al cine de Herschell Gordon Lewis y Tobe Hooper; en una de las mejores secuencias, Beverly asesina a una anciana a golpes, con una pata de cordero, mientras de fondo suena la armoniosa Tomorrow del musical Annie (1982). Esta abnegada y bizarra madre de familia, consigue hacer funcionar el engranaje de sus labores cotidianas aunado a su desinhibido gusto asesino, que se va intensificando conforme la trama se acerca al impostergable juicio, donde Beverly se declara inocente. Es en ese preciso momento donde Waters despliega todo el arsenal satírico tan suyo; apunta directo a la hipocresía de las clases privilegiadas, tan ávidas de historias sórdidas para contrarrestar la frustrante condición social de la apariencia, en un mundo que debe ser perfecto. En Serial mom (1994), una asesina en serie se convierte en rockstar y consigue salir exonerada de la justicia ante un público fascinado por la cultura de una violencia que está en todas partes. No solamente es una de las películas más divertidas del director, también es uno de sus trabajos estéticamente más exquisitos, con barrocos e iluminados decorados que contrastan con la psicología retorcida de Beverly, una de las madres más recordadas del cine indie.

Carrie; Brian De Palma

Antes de saber quién era Stephen King y que la película es una adaptación de su primera novela, muchos conocimos a Carrie (1976) gracias al cine. Brian De Palma, artesano cinematográfico poco valorado en nuestros días, nos lanzó de golpe un filme que se afinca en la memoria y la entraña después de verse por primera vez. No solamente descubrimos lo poderosa que es la mente de una chica violentada para colaborar en la venganza contra quienes merecen ser víctimas de ella, sino también el hecho de que es mentira un precepto social establecido como verdad absoluta: las mamás son amor. No, no lo son. O al menos no todas. Y eso es auténtico terror. Dio miedo pensar siquiera que pudiera existir en la vida real alguien como Margaret White (Piper Laurie), una madre fanática religiosa capaz de echarle café caliente en la cara a su pobre hija (Sissy Spacek), además de encerrarla en un pequeño ático para castigarla por pecadora sin pecado alguno cometido. Peor todavía es el horror de interpretar que la obsesión por un credo es la excusa para hacerle notar y sentir a la pobre chica que es una criatura indeseable, un ser nacido del desprecio, o del odio. En la ficción, la maternidad de Margaret es castigada por su propia hija; un matricidio que aumenta la dosis de horror para dimensionar que el seno materno puede ser una maldición para quien procrea y para quien nace. Sin embargo, Margaret trascendió impune en el imaginario del público. Hasta la fecha atemoriza su mano emergiendo del infierno para continuar con su fastidio hacia Carrie. Peor todavía es cuando a Sissy Spacek no la llamamos por su nombre y nos referimos hacia su persona como “la pobre Carrie”. ¡Todo por culpa de Margaret! Sus dedos macabros asomándose desde tierra maldita es la pesadilla establecida de una maternidad que únicamente remonta al pavor. Se trata de un legado de Piper Laurie que no cualquier actriz puede presumir.

Mamma Roma; Pier Paolo Pasolini

Mamma Roma, perseguida en su día por mostrar «contenido obsceno y contrario a la moral pública», es otro sórdido retrato de la etapa neorrealista del primer Pier Paolo Pasolini, a través de la mirada de una prostituta que busca la redención como madre en la quimera del bienestar pequeño-burgués tras desengancharse, sin demasiado éxito, de su proxeneta. Luego de la monumental Accattone, su ópera prima, el heterodoxo, marxista y ateo de raíz de católica Pasolini reafirmó sus convicciones montando un drama social con simbolismos cristianos —quizá excesivos e hiperbólicos—, el testigo del claroscuro de Caravaggio y una marcada voluntad marginal; aunque la película se define y se explica a partir del trabajo de una grandísima Anna Magnani, quien interpreta el arquetipo de madre provincial, silvestre y miserable que busca un poco de dignidad para ella y para su hijo en los suburbios y los descampados romanos, al otro lado del Tíber. Si me preguntan sobre mi imagen maternal predilecta en el cine, de inmediato pienso en Magnani aferrada al torso de Ettore Garofolo —a quien Pasolini descubrió siendo un adolescente como camarero en una una trattoria romana— mientras conduce una moto que, con mejor suerte, debió ser una Vespa.

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