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Clásicos literarios del siglo XX en México

A propósito del natalicio de la escritora y poeta novohispana Sor Juana Inés de la Cruz, cada 12 de noviembre, desde 1979, se celebra el Día Nacional del libro en México. Con motivo de esta conmemoración, nuestra redacción se dio a la tarea de escribir sobre algunos autores clásicos de la literatura mexicana del siglo XX.

Confabulario; Juan José Arreola (1952)

Hombre de volcanes, Juan José Arreola vivía de la “pasión artesanal por el lenguaje”, misma que le impulsaba a escribir, desde las postrimerías de la ficción breve, relatos tan hilarantes como versátiles. Entre sus bestiarios y cuentos, persiste la memoria del afamado Confabulario, universo miniatura movilizado por la sinceridad hilvanada de este individuo literario adicto a la lectura en voz alta, interpretada como método envolvente y sintetizador entre texto y lector. Entre las páginas de esta antología, podemos encontrar el diálogo vivo de la gente que habitaba en el interior de la república mexicana a mediados del siglo XX, reminiscencias cotidianas sobre los que, a simple vista, parecen insulsos detalles y conversaciones, acerca de la moral católica, inhabilitante e inmersa en los juicios y las finanzas del pueblo. Hay, en estas fábulas, notas periodísticas, anuncios publicitarios, comedias azarosas y todo tipo de monólogos dolientes en contra de la inmutabilidad celestialmente diluida; en pro del cine altamente vivencial, infernal y cercanos a la ceguera de la fe, próximos al absurdo deleitante, enrevesado, que transmite caos. Persisten, entre las penumbras de los contextos desdibujados, los acompañantes que parecen agrandar la soledad, los prodigiosos miligramos, los sueños resignificados como micromuertes, la corrupción hipócrita, las bellezas imposibles y las críticas, a una sociedad mexicana, que se mantiene pendiente, ante el descubrimiento de vidas “falsas”, repletas de espejismos, terratenientes, pobrezas, miserias y tuceros, que permiten el rescate del entorno bucólico de este país. Arreola habla desde los infantes muertos por la precariedad, desde los mexicanos ofendidos por la vida privada “inmoral”, que rechazan y demuelen sin aviso; desde la congoja que provoca el acto desenfrenado de evocación, el autor juega con las infidelidades resignadas, los romances inamovibles que destruyen sus cercanías, las tragedias encarnadas y la teatralidad de los pactos inconscientes. Pero no puedo ser indiferente ante su misoginia; hay más de un relato en el que la subyugación de la mujer es evidente, en el que la manera de referirse a ella es denigrante. Su enajenación enfermiza por las relaciones paternalistas entre “maestros” viejos y jovencitas, simplemente, no puede maquillarse.

El llano en llamas; Juan Rulfo (1953)

Los diecisiete relatos que conforman El llano en llamas comparten el mismo ambiente terroso y desolador que Juan Rulfo decidió elegir como escenario para el desfile de los monólogos introspectivos de sus personajes; entre el polvo y la miseria, el realismo mágico surge y explota en Comala, ante el fracaso doloroso de la revolución mexicana. Publicado por primera vez en 1953 por el Fondo de Cultura Económica, la obra de Rulfo en su momento fue innovadora en la narrativa mexicana, eliminando al narrador omnisciente para darle voz directa a la idiosincrasia campesina y al drama social, narrando injusticias que descubren un terco tiempo circular en el que nada cambia y los vapuleados personajes están expuestos a un destino desolador. Juan Rulfo al principio pensó en llamar a su compendio Los cuentos del tío Celerino, como un homenaje al familiar que le contaba toda clase de historias después de visitar diferentes poblaciones del campo mexicano; el autor mezcló aquellas memorias con su conocimiento de la historia de México y muchas charlas con arrieros y mozos rurales, creando un lenguaje popular y rasposo, trascendental para la literatura de este país. Luvina y la poesía de un pueblo fantasmal; Nos han dado la tierra con la decepción de la reforma agraria; Paso del norte donde la migración es una salida a la miseria; Talpa con el remordimiento y la fe religiosa como ejes de acción; los delirios mentales de Macario y Es que somos muy pobres, brutal crónica que tiene como única esperanza a una vaca para evitar que el futuro de una jovencita sea la prostitución. Los surcos de lágrimas y tierra que atraviesan la cara de algún personaje de El llano en llamas son la síntesis de su esencia misma. La tristeza de un México rural que sigue tratando de sobrevivir.

El libro vacío; Josefina Vicens (1958)

Publicado en 1958 y galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia, El libro vacío es un clásico de la literatura mexicana en toda la extensión de la palabra. En él confluye un matiz eminentemente existencialista, que se va transformando en una crítica sutil a la familia nuclear y a la sociedad mexicana en general. Siguiendo la línea de análisis de Aline Pettersson, aquí existe una denuncia entre líneas al modelo patriarcal por medio de la figura de José García, por su incapacidad para comenzar a escribir el libro que desea. Paradójicamente lo lleva a expresar en papel, sus constantes dudas, su infidelidad o el distanciamiento que experimenta con uno de sus hijos, reflejando así la imposibilidad de cumplir alguna responsabilidad. “Está condenado a ser libre”, diría Sartre, pero simplemente decide no serlo. Y he ahí la vigencia que guarda esta obra, en donde lo no dicho, lo que no se escribe, esa “nada” que nos consume, termina por expresar todo un conjunto de relaciones sociales, que aún hoy funcionan como dispositivos represivos.

Aura; Carlos Fuentes (1962)

El cosmopolita Carlos Fuentes, probablemente el novelista más ambicioso del siglo XX mexicano, concibió Aura como una nouvelle gótica, ambientada en la calle Donceles —célebremente atestada de librerías de viejo— del Centro Histórico de la Ciudad de México. Cuesta no reconocerse en Felipe Montero, el protagonista que deja caer su cigarro en una taza de café ante la revelación epifánica de un anuncio de periódico: Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Escrita en paralelo a La muerte de Artemio Cruz, la novela busca explorar la manifestación de la vida disfrazada de muerte. De modo que la joven misteriosa que aparece en la historia no es más que una emanación de la vieja excéntrica que habita la casona, donde permanecerá prisionero Montero. Sobre el famoso uso de la segunda persona en la narración, Fuentes dio una gran lección ante el presentador español Joaquín Soler Serrano hace ya varios años, atribuyendo el origen del recurso a la pintura insignia de Diego Velázquez: «Es el tú más concreto del mundo, es el tú del que tiene el libro en sus manos. El tú del espectador que está viendo Las Meninas».

Los recuerdos del porvenir; Elena Garro (1963)

«Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo […] Encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.» Así inicia Los recuerdos del porvenir, una obra magistral que fue rescatada del fuego como si hubiera presagiado su propio infierno. Elena Garro fue precursora a ese realismo mágico que tanto rechazó, con una novela sin precedentes en México. Una historia que se desarrolla entre los escombros de la Revolución Mexicana y el suelo teñido de rojo de la Guerra Cristera en un pueblo llamado Ixtepec condenado al rigor del tiempo y a su borrosa nostalgia. Ixtepec dormía en silencio con un miedo disfrazado de calma hasta que se despertó en seco, después de un letargo inmenso, tras la aparición de un fuereño que llegó a desatar el caos. Ixtepec es el susurro colectivo de un pueblo que se convirtió en cementerio. La voz narrativa que protagoniza la desdicha; una garganta estrecha y empolvada por la que penden palabras en dirección a un abismo sepulcral. Garro, con una extraordinaria narrativa poética, le da voz a la desgracia y a la memoria de un lugar destinado a la tragedia, como si vaticinara sobre su propia vida. Prostitutas, militares e ixtepeños encarnan una historia llena de muertes silenciosas soterradas en el eco de la injusticia; víctimas del racismo, el patriarcado y el fracaso de la revolución. Elena Garro retrata la realidad fantasmal de mujeres marginadas a la sombra de los hombres y los vicios que las rodean con una postal desteñida por la lucha militar. Garro desnuda a las mujeres entre la línea del repudio y el deseo, arrebatándoles ese traje gastado de objeto. Los recuerdos del porvenir es el grito sepultado de Elena Garro que sigue susurrando desde su tumba la condena perpetua de la repetición del pasado y su tormentoso tránsito por un tiempo inmóvil e intacto. 

Álbum de familia; Rosario Castellanos (1971)

La ironía y el júbilo son, dentro de estos relatos protagonizados por mujeres, los motivos con que se aderezan los sucesos: una mujer joven, recién casada, que se encuentra en ese espacio de exploración-lección de cocina sobre la que se desenvuelve un monólogo de descubrimientos; otra mujer, Edith, quien recibe en casa un domingo, junto a su esposo, a sus amigos burgueses y ensimismados, donde reina una tensión sexual-social en la que se desdibujan las relaciones y el olvido que cae de peso y quiere llenarse de pronto: el de un amante; luego, también, la historia de la señora Justina, viuda ella, a quien su único refugio más allá de los instantes, son sus hijos, que se han ido alejando al ir creciendo, siendo estos unos déspotas, groseros, y sólo uno un cariñoso e hijo pródigo, donde se mira muy de cerca el sufrimiento de una madre frente al abandono que, con el tiempo, ella misma, se entiende, fue cosechando; y, por último, en el relato que da nombre también al libro, Album de familia, miramos una especie de tertulia en que reina la inquisición y la culpa: Cecilia y Susana son una jóvenes estudiantes que, con el pretexto de alguna comunicación, consiguen que una escritora consagrada, Matilde Casanova, recién premiada con un galardón, les invite a una reunión en la que asistirán, también, otras escritoras amigas de Matilde, pero que no han corrido con la misma suerte de hacerse un nombre grabado en piedra ni siquiera en tierras originarias, y es ello lo que desemboca en un dibujo de las realidades varias en que se han labrado su camino de poetas buenas, malas, madres de familia, o bien, simples estudiantes, como Cecilia y Susana, quienes solo miran de soslayo y sueltan, de vez en cuando, sus impresiones, pero lo que realmente hacen constantemente, es escuchar: ser escritoras no es sencillo, se concluye individualmente: ¿escribir un libro será viable, aún cuando ya hay millones en el mundo?

Las muertas; Jorge Ibargüengoitia (1977)

Tiempo hace ya desde que, de entre las portadas de un montón de libros, especialmente una llamó mi atención con la imperativa invitación a sumergirme en el misterio de un suceso verídico, acontecido en México durante la década de los años cincuenta y sesenta. Es así cómo la lectura de Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928-Madrid, 1983), me abrió las puertas como ritual de iniciación a su universo literario, del que ya no pude apartar la mirada hasta haber devorado por entero tan rica obra, tempranamente truncada por el trágico accidente aéreo en que el autor perdió la vida y nosotros a un enorme escritor, observador minucioso de la realidad y del alma mexicana. Mi fascinación por su forma de relatar, de adentrarse en el horror de nota roja desde un sentido del humor ácido y astuto fue toda una revelación. Hay en Las muertas un pronunciado descenso hacia la locura y la violencia que invita a indagar sobre la inexplicable y —a veces— incoherente conducta humana, a través de la resuelta descripción del caso de las Poquianchis —unas madrotas en el Bajío de México que se ven involucradas en una serie de homicidios y desaparición de cuerpos—, con un tono mordaz y desenfadado. Las protagonistas Serafina y Arcángela Baladro, personajes sin escrúpulos, representan problemáticas sumamente anquilosadas en nuestro tejido social, que lejos están aún de ser resueltas. El retrato abierto y sin suavizantes del mundo de los burdeles y la prostitución en un pueblo ficticio de nombre Plan de Abajo —escenario de varias de sus historias—,  se aborda desde sus mismas entrañas, develando abusos, corrupción y brutalidad, siempre con un realismo tan absurdo que termina por provocar tanto el horror como la risa cómplice y nerviosa, ya comunes en su lector. Tras la revelación de Las muertas, uno por uno de los textos que conforman su cuerpo literario y su incisivo trabajo periodístico —extensas antologías que reúnen sus reflexiones sobre el día a día del ser mexicano—, han pasado por mis manos incitándome a descubrir nuevas formas narrativas, construcciones y frases brillantes, plagadas de un sarcasmo lúcido y hábil ante los profundos quiebres de nuestra sociedad, los cuales han perdurado, transmutado y conforman todavía el ADN del mexicano actual. Revisando una y otra vez sus divertidos relatos nos aflige un profundo dejo de tristeza por las letras que nunca llegó a escribir. ¿Cómo nos hace falta hoy su pluma aguda y certera para exhibir nuestros reiterativos vicios? Jorge Ibargüengoitia nos legó una valiosa obra; desafortunadamente se quedó con muchas palabras por decir.

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