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Historias

De taxis y taxistas (VII)

El camino que uno recorre no depende de los propios deseos. A veces existen circunstancias que debemos sortear mientras lo hacemos. Incluso, dar la vuelta y recomenzar el camino. No está prohibido, siempre hay una siguiente salida.

CIUDAD DE MÉXICO
TRAYECTO: METRO CU
– CALLE RÍO ESQUINA CHIMALCOYOTL (Alcaldía de Tlalpan)
11.06 HRS.

Yo estaba tan feliz sin que me vinieses a contar historias.

La invención del amor; José Ovejero.

-Ana Carolina, dime la verdad, por cruel que esta sea. ¿Pasaste la noche con Luis Daniel?

-Sí, Gerardo José, lo hice porque me dio la gana. Porque podía y porque lo amo. 

Y se fue a corte publicitario. Pensé que sería todo lo que llegaría ver al abordar el taxi que el joven (de aproximadamente unos veintiún, veintidós años), Carlos Lecona, conducía. Mi trayecto era relativamente corto, considerando las distancias dentro de la Ciudad de México.

Carlos, de complexión robusta, llevaba el respaldo del asiento casi de forma horizontal invadiendo el espacio que ocuparía un supuesto segundo pasajero, a menos de que midiera menos del metro de altura. Siempre he ignorado el porqué de esta postura al manejar, por lo que tuve que acomodarme junto a mi mochila, detrás del asiento del copiloto.

El auto que estaba decorado con la intención de tener un aspecto ‘deportivo’, por llamarlo de alguna forma, tenía además de un minimonitor, rines cromados y llantas más anchas de lo normal, una pegatina que -quiero creer- era un rayo y un spoiler en la cajuela. 

El par de bocinas que llevaba, supongo, eran para darle sonido más potente a la música que pondría de vez en cuando el mismo Carlos. O no. A lo mejor era una especie de ‘home theater’ versión móvil, que daría una mejor acústica a la telenovela colombiana (supuse por la belleza del castellano que pronunciaban los “actores”) que estaba en la pantalla.

Tras el corte, y al avanzar unos cien metros, me di cuenta que el conductor de aquel Tsuru de Nissan no detendría el melodrama que se producía en el monitor. Por lo que la escena siguió su curso y Gerardo José, quien, al parecer, desconocía -pero sospechaba- la relación de Ana Carolina con Luis Daniel, no se quedó con los brazos cruzados. Avanzó un par de pasos hasta tener cara a cara la bella señorita.

-¿Por dónde nos vamos, joven? (Sí, el ‘joven’ pasé a ser yo).

El cuestionamiento, a veces me lo pregunto, y en la mayoría de las ocasiones me gustaría que alguien estuviera ahí para guiarme (o darme una ‘ayudadita’) durante momentos claves de mi vida. Y, como en la vida, mi sugerencia de ruta a seguir no procedió. El celular del taxista sonó al iniciar mi respuesta y, de inmediato, el conductor atendió la llamada. Para mí era difícil seguir el hilo de dos conversaciones al mismo tiempo. Y miren que me gusta el chisme, pero no soy multitareas, así que me decanté por lo que veía en el monitor.

-Pero, ¿ya no sientes nada por mí, Ana Carolina?

Y creo que Carlos también me ignoró mientras manejaba y hablaba por el celular -aparentemente con su pareja- ya que no ponía mucha atención en el trayecto y tomó precisamente el camino que le indiqué no tomara, ya que eso nos demoraría unos diez minutos (y unos $15.00) más de lo presupuestado. A pesar de la hora (once de la mañana), una hora dónde se supondría debería fluir mejor, el tráfico citadino parece que no varía. Siempre atascado y sin avance aparente, como ciertos periodos de nuestra existencia.

-Yo sólo sé que… que no te importo más -señaló, con cierto aire de reclamo, Ana Carolina, quien vestía de manera muy formal para estar descansando en su casa. (No es reclamo, es una observación como espectador neutral).

El camino que uno recorre no depende de los propios deseos. A veces existen circunstancias que debemos sortear mientras lo hacemos. Incluso, dar la vuelta y recomenzar el camino. No está prohibido, siempre hay una siguiente salida. Carlos lo sabía y mientras concluía su llamada con mensajes de amor, en la escena, los sentimientos de Gerardo Daniel por Ana Carolina brotaban como fuga de agua sin atender. 

-Es justo a tres cuadras del Hospital, dije, un poco contrariado.

Pero Carlos, al parecer afectado –no por la llamada, sino por la situación en el pequeño monitor que tenía debajo del taxímetro-, no pudo doblar la esquina y tuvimos que hacer un recorrido de dos cuadras (y $7.00) extras. 

Al llegar a nuestro destino, Carlos, quien miraba fijamente el teledrama (¿o taxidrama?), estiró el brazo con la palma abierta, indicándome con su voz la tarifa que marcaba el taxímetro. Si eso no es ser multitask, ignoro entonces el significado del neologismo. Descendí del taxi, llevando conmigo varios pensamientos confusos, pero que hoy que recuerdo y escribo con más claridad. Puedo estar seguro que uno va por donde la vida lo lleve (Kevin Arnold dixit) y que siempre hay contratiempos. Las cosas -situaciones-, la mayoría de las veces, no son como las pensamos o como nos gustaría pero, al final, simplemente son y debemos aprender a “pegarle con la izquierda”, porque algún día lo necesitaremos cuando estemos frente al portero sin mayores opciones que esa.

Al cerrar la puerta, pude percatarme, desde afuera del taxi, que a través de las bocinas sonaba el castellano más lindo del planeta inundando con ese acento el ambiente interior. Miré a Gerardo Daniel y a Ana Carolina fusionarse en un beso y abrazo interminable. De fondo sonaba un vallenato y Carlos, el conductor, suspiraba con sentimiento, pensando seguramente en su novia, el siguiente destino y en la dicha que, como los protagonistas, deseaba para él; todo esto al mismo tiempo. Fue entonces que envidié su destreza.

De taxis y taxistas 
De taxis y taxitas (II)
De taxis y taxitas (III)
De taxis y taxistas (IV)
De taxis y taxistas (V)
De taxis y taxistas (VI)



Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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