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Especial de cine latinoamericano

Para esta nueva entrega, la redacción de purgante se propuso recuperar al apóstol del cine cubano, dos laureados realizadores mexicanos, un contingente argentino variopinto y un par de obras fundamentales provenientes de Perú y Colombia. ¡Viva el cine latinoamericano!

Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968)

Sin duda, Memorias del subdesarrollo sigue permaneciendo en el tiempo como una de las películas elementales dentro de la filmografía latinoamericana. No solamente por el contexto mediante el cual emergió, sino también por la capacidad estética de traducir las palabras de Edmundo Desnoes en imágenes. No hay que olvidar que el film fue antes una novela y que, curiosamente, pertenece a esa pequeña categoría de películas que lograron adaptar a la perfección una obra literaria. Como bien lo enuncia Alain Badiou en su Théorie du sujet, debemos pensar más allá de la noción de sujeto, y esto se ve claramente en la película de Gutiérrez Alea, pues la ontología del espacio reverbera íntimamente en el personaje principal (Sergio), transformando así su propio monólogo interno en pura exterioridad. El mundo está cambiando, pero él no puede cambiar, y es en ese choque cultural y social donde emerge un largometraje en el que la magia de Leo Brouwer termina regalándonos una historia que anuncia la crisis de la concepción moderna. Tal y como lo diría después Desnoes: “Este será nuestro punto de partida. Queremos entender el mundo para cambiarlo”. He ahí el testamento político del cine.

El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992)

Probablemente estemos ante el ejercicio de cine-poesía más ambicioso que se haya filmado en América Latina. Oliverio, que bien podría tratarse del Horacio Oliveira cortazariano, es un poeta que recorre las trastiendas de la bohemia de Buenos Aires y Montevideo al son de los tangos, boleros y ráfagas de jazz propuestas por Osvaldo Montes, en busca una mujer que pueda «volar», o mejor dicho, de su Maga, «aquella mujer que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual de nuestras vidas». El protagonista de la cinta dirigida por Eliseo Subiela, sobrevive —y sobrevuela— a su entorno psicodélico y surrealista emborrachado de melancolía, a través de los versos de Juan Gelman, Oliverio Girondo y Mario Benedetti, quien incluso forma parte del reparto recitando su obra en alemán. Perseguido por la muerte, el personaje interpretado por Darío Grandinetti se enamora de una prostituta montevideana que lo inspira y lo obliga a replantearse su concepción del amor-romántico. La célebre secuencia en la que Grandinetti proclama los versos de Girondo sobre la cama ocupa un lugar preponderante en la mitología del cine de autor latinoamericano: Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible—no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. 

Amores perros (Alejandro González Iñárritu, 2000)

Está plenamente justificado que se siga hablando de Amores Perros a más de dos décadas de su estreno. Guillermo Arriaga, guionista, escribió una historia enmarañada, con cierta lógica y casualidad al mismo tiempo. La primera escena abre con cámara en mano. La persecución de los hombres del coliseo de perros en un auto; sangre y nervios despiertan la atención. De pronto, el choque épico y brutal que marca la mente del espectador. De manera narrativa y visual se conectan las historias. La escena aludida fue grabada en la Condesa, con nueve cámaras simultáneas. Para ese tiempo se utilizó la técnica de retención de plata en la cinta, que dio cierto filtro oscuro y callejero. Por ello, para mí es y será una de las mejores escenas del cine mexicano de acción. Rodrigo Prieto comentó en una plática que una de las referencias fotográficas para la película fue el trabajo de la estadounidense Nan Goldin. Alejandro González Iñárritu, quien comenzó siendo publicista, esperó algún tiempo para poder llevar a cabo el proyecto, puesto que en un principio no se sentía preparado para la película. Al final nos entregó una ópera prima digna de ver y compartir las veces que se quiera hacerlo. Al director le interesa mostrar la violencia, pero con un acto de consecuencia, porque “contar la violencia sin medir las consecuencias es inmoral”.

Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001)

Llegamos por las razones equivocadas, pero nos quedamos por las correctas. En plena adolescencia, mis motivos para ver Y tu mamá también eran sexo explícito, drogas y música de Molotov. Los motivos varían con el tiempo, pero nuestros clásicos (los íntimos), acaban volviéndose ese río donde nuestro reflejo surge revelando como la luz, el agua y nosotros somos los mismos cambiando a cada instante. Y tu mamá también despertó una curiosidad cinematográfica que ahora agradezco como cátedra inicial: el guion de un viaje superficialmente simple despliega los conflictos sociales y las heridas atávicas de una nación. Personajes humanos cuyos diálogos de naturalidad aparente traspasan muchas capas de significado. La fotografía y el narrador omnisciente (algo muy difícil de lograr cinematográficamente) me mostraron la capacidad mural del cine: donde el fondo de la pantalla tiene el mismo peso narrativo y simbólico al de los protagonistas. Lo normal es identificarse en el pasado; lo fantástico es encontrarse en situaciones ya vividas desde el recuerdo de una película. Viéndola por primera vez, emocionado con Maribel Verdú y pensando si Tepelmeme existía (sí existe), no me podía percatar de sus poderes adivinatorios: tenía que traicionar y que me traicionaran; hacer viajes tropicales con presupuesto estudiantil, beber hasta el arrepentimiento del amanecer; perder amigos, reencontrarlos y dejarlos ir para bien. Aún tenía que encontrarme en las dos caras del dolor (la ira e impotencia; la vergüenza y la culpa), ensambladas en el humor de una línea como “sin querer… sin querer, pendejo, le picas el ojo a una vieja; no te la coges”. La película me habla con la misma intimidad cada vez que la vuelvo a ver, sólo que ese día apenas intuía sin comprender como las obras maestras profetizan la nostalgia. Afortunadamente, me faltaba entender que las películas acaban y la vida sigue.

El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009)

No se podía esperar menos de una película que traduce a la imagen las palabras de La pregunta de sus ojos, novela gigantesca del escritor, guionista e historiador argentino Eduardo Sacheri. Esta versión de 2009, más cercana y sincera que el remake yanqui, relata la historia de Benjamín Espósito, un agente jurídico monótono que, desde su retiro, comienza a jugar al escritor, transformando el lenguaje penal de un homicidio impune, ocurrido 25 años atrás, en argumentos literarios que sirven como fundamento de una novela. Benjamín, envuelto en este ejercicio lingüístico que al comienzo parece capricho, cae en una amarga y compleja fuente de recuerdos de mediocridad, en una inspiración fatídica que le revela la inconsistencia de su vida y el vacío inconmensurable que lo ha perseguido por décadas. Testarudo ante resolver el brutal asesinato, que hacía tanto tiempo le había congelado y obsesionado, Espósito cae en la consecuencia de aperturar heridas: revivir la inacción. Irene, el amor imposible de nuestro protagonista, reaparece en su existencia como la pieza fundamental de una trama paralela, de este drama policiaco, para dejar claro el carácter magistral de este metraje al perfilar a un antihéroe hecho a medida, con la corrupción latinoamericana de fondo y el gobierno setentero de María Estela Martínez de Perón, preámbulo de una dictadura que le haría ver a la Argentina años de violencia y desapariciones incontables. Con falsos culpables y enredos futbolísticos, este filme nos lleva, a través de diálogos oculares, por los caminos inconclusos de Espósito, quien, además, se encarga de revelar a un sistema atestado de ajustes de cuentas y venganzas personales. Todo gira en torno al olvido, a guardar los papeles en archiveros polvorientos y a nunca hablar más del tema. Con las actuaciones espléndidas de Ricardo Darín, Soledad Villamil y Guillermo Francella, este largometraje de 127 minutos, ganador del premio Óscar a mejor película extranjera en 2010, fundamenta la buena escritura del guion recurriendo al olvido como perdón, a los sacrificios mudos y a los finales de novela, elementos que le dotan de un porte clásico, necesario en el repertorio latino cinematográfico. 

La teta asustada (Claudi Llosa, 2009)

Un tubérculo es utilizado por la directora Claudia Llosa como metáfora del miedo y la violencia incontenible hacia las mujeres del Perú durante la terrible época del terrorismo en ese país, donde muchas fueron violadas y obligadas a vivir con un temor eterno. La enfermedad de La teta asustada se creía era aquella que esas mujeres transmitían a sus hijos por medio de la leche materna, condenándolos a existir a medias, llenos de desconfianza. El único film peruano con una nominación al Premio Oscar como mejor película extranjera es un relevante ejercicio narrativo que esconde en sus fotogramas mucho más de lo que aparenta. Narra la historia de Fausta, una joven que pierde a su madre y buscará por todos los medios darle sepultura cerca del mar. Antes tendrá que reunir el dinero necesario para tal propósito y, principalmente, deberá vencer un miedo interno que, de forma paulatina, la va carcomiendo. Las secuencias de las fiestas donde la familia de Fausta trabaja, así como la bizarra visita a la tienda de ataúdes, contrastan en color y alegría con la desoladora conducta de la protagonista, quien vive con un horror crónico y una repulsión a los hombres. Es la actuación excelsa de Magaly Solier la que carga con todo el peso dramático de una película considerada como una obra maestra de la cinematografía peruana. La banda sonora, repleta de canciones populares que actúan como gritos desesperados ante la injusticia y el horror de la violencia heredada, traza una línea directa entre el conflicto armado en el Perú y los exabruptos contra las mujeres. El tubérculo que florece en el desenlace refleja esperanza y una vital lección: se debe conocer y aceptar el pasado para poder superarlo.

Las lindas (Melisa Liebenthal, 2016)

Rememorar, reconstruir, hacer de las piezas una pieza nueva que haga eco, que sirva de ejemplo y postura ante un presente que se siente endeble, en constante mutación. Desde niña, la joven directora argentina Melisa Liebenthal ha traído consigo su cámara de video y se ha dedicado a grabar absolutamente todo lo grabable o fotografiable, todo lo posible. Todas esas cintas que ella ha acumulado, todas las grabaciones, conjugadas ahora con nuevas charlas y voces con sus amigas y compañeras ya en una temprana adultez, conforman Las lindas, una cinta sencilla, contundente, sensible, que evoca lo mismo una manifestación y una postura que un grito liberador y esclarecedor. Es ir presenciando un crecimiento a través de las voces, de un lenguaje repleto de memoria y distinciones, de patrones e incluso luchas internas que de pronto se vuelven cicatrices en la conciencia. Asomarse a la feminidad, al desarrollo, a un momento crucial en que es hora de crecer y no hay marcha atrás, sino todo lo contrario. Un quiebre, un punto de inflexión. Las imágenes evocan… no, son plenos retratos y diálogos en formato documental, que no se exigen a sí mismos un exceso de brillante técnica, sino más bien autenticidad y regocijo, sinceridad, honestidad y ejercicio pleno de libertad. No hay nada que se sienta forzado dentro de los espacios, los diálogos y los momentos fluyen con naturalidad, sin que se sienta como algo redundante o insostenible por falta de verosimilitud y consistencia. No. Todo aquí es real, palpable. Las lindas son una muestra exquisita en su fondo y forma sobre la feminidad, sobre un trabajo hecho por y para mujeres, sobre cómo debiera trabajarse con la realidad.

Pájaros de verano (Cristina Gallego y Ciro Guerra, 2018)

El poder de la imagen, el alcance de la estética y el peso del color estremecen profundamente al espectador mediante esta joya del cine colombiano, Pájaros de verano. Una película que se sumerge poco a poco en las entrañas de unos fascinantes personajes, desnudando sus instintos —primitivos y ambiciosos—, que los arrastran en picada hacia la perdición. Los realizadores Ciro Guerra (El abrazo de la serpiente, 2015) y Cristina Gallego consiguen —mediante un guion cuidadosamente documentado y una puesta en escena deslumbrante—, una historia por demás interesante sobre la época de “bonanza marimbera” (1960-1980), en la que la cosecha, tráfico y venta de mariguana significaron un cambio radical de vida, además de la ruptura definitiva con las tradiciones y costumbres ancestrales del grupo wayú, una de las principales etnias indígenas de la guajira en Colombia. Dividida en cinco cantos, cual tragedia griega, Pájaros de verano —hablada en su mayor parte en lengua wayú— combina distintos géneros de un modo inteligente. Deambula entre la épica o el western, el realismo mágico latinoamericano y los relatos sobre la mafia y los gángsters; pero sobre todo nos adentra en la forma de vida del grupo retratado, sus maneras de relacionarse con otros clanes de la región, su estilo de organización y especialmente sus códigos de honor, puestos en entredicho debido a la llegada de modas extranjeras ajenas a sus valores. La intensidad dramática del filme va en aumento conforme pasa cada acto, hasta alcanzar proporciones siniestras. De tal modo que, lo que comienza con el típico ritual de iniciación de una bella joven de velo rojo —una danza sensual para ser emparejada con su futuro marido—, y las negociaciones para su matrimonio, se va deteriorando hasta convertirse en un relato que se desliza desde el amor y la amistad, hacia la traición, la venganza y la muerte. La violencia provocada por la codicia y la pérdida de sus propios principios, como el respeto a la increíble figura del “palabrero”, o la desconexión de las mujeres con su intuición mágica y su antiquísimo vínculo con los mensajes de la naturaleza, les juega en contra arrojándolos a la inevitable fatalidad. Indudablemente la riqueza de Pájaros de verano la convierte en una experiencia audiovisual intensa y enigmática, un vaivén de emociones que no suelta al espectador desde los primeros hasta sus últimos minutos. 

El ángel (Luis Ortega, 2018)

Por supuesto, esto es una película de bandidos. Una historia de criminales a la vieja usanza, con personajes de la talla de John Dillinger o Butch Cassidy. Lo que la hace diferente no es que esté basada en hechos reales (la mayoría lo están), sino que por primera vez en años se recupera el género con una novedad: el retrato psicológico del criminal. La mayoría de películas sobre atracos abogan por el sueño (el americano, por lo general) de reventar el sistema y huir impunemente. La fórmula clásica persiste, pero en este caso, no hay sueño. Sino personalidad. El crimen formaba parte de la personalidad de Carlos Robledo Puch, uno de los personajes más infames de la historia de Argentina. Lo que resulta perfecto, es que el personaje parece salido de una película de Eloy de la Iglesia, protagonizada por Jose Luis Manzano, el niño navaja. Nadie nunca lo ha llamado así, pero le va que ni pintado. ¿Quién iba a imaginarse que un chavalín con aspecto de monaguillo pudiera albergar tanta violencia? No robaba por necesidad, a su familia le iban bien las cosas. No mataba por necesidad, tampoco. Siempre que quería tenía un plato encima de la mesa. Y, por supuesto, no estaba en el ejército. ¿O sí? ¿Porque nos producen tanta fascinación los atracadores? Se han inmortalizado sus atrocidades como si se trataran de verdaderas proezas heroicas. Parece que hay algo en la lucha antisistema que nos atrapa como moscas en un tarro de miel. ¿Somos morbosos por naturaleza o es que ya es hora de que alguien plante cara? Eso sí, ojo con los daños colaterales. Nadie quiere perder un ojo en medio de un atraco. No me jodas. Las películas de la saga Ocean’s están muy bien, pero en la vida real, siempre hay alguien que sale mal parado. La violencia no es elegante, aunque el estilo de vida de los más violentos pueda parecerlo. Ostras, vino, y collares de perlas. Eso es lo que vemos en pantalla. Once muertos y dos violaciones. Eso es lo que no vemos. O, si lo vemos, lleva tanta purpurina encima que nos da igual. Porque nos gusta la violencia, joder. Un tiro en la cabeza del guardia, a tomar por culo, divertidísimo. Hasta que ese guardia resulta que tenía nombre. Ahí ya no es tan gracioso. Hagamos una cosa, guardemos las armas para el cine, que en pantalla se ven muy bien. Fuera de ella, mejor que nos dediquemos a poner lavadoras. Tenemos una imagen que limpiar.

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