Uno escribe y acomoda las hélices continuas de las palabras
Septiembre


Uno escribe y acomoda las hélices continuas de las palabras

A veces me pongo a pensar si el incondicional soy yo…

Ojalá nunca halléis la inconmensurable duda, la discordia, el tormento…

Recuerdo haberla enviado desde un rincón gélido londinense.

Y tal vez sea el mejor poema que se pueda escribir.

Mi vida es el salto…

Aquél viajero le arrebató todo…

De los otros que el único techo que tienen es el cielo sumergido en estrellas.

Más absurda, que aquella duda, que bailaba por tu mente.

Que no daría yo, por beberme a tragos, la absenta de tu dolor.

No me duelen los gritos, las retenciones, los empujones, las agresiones.

Entonces se dio cuenta: había perdido la piel.

Reír contigo, deslumbrarme contigo, cegarme con tu lucidez, estremecerme con tu mirada.

Yo no quiero que el miedo me denigre…

Tus palabras ya ausentes, me regresan vigor.

Las lágrimas dejaron de brotar…

Entonces asoma la crueldad que no le pertenece al poeta, sino al mismo lenguaje.

Conviertes el tiempo en cristal…

No es posible huir…

Abro los ojos, hace siglos que no estás.