Nostalgia inexorable viene; y se detiene el tiempo un instante; y ese gusto tuyo, nuestro, se convierte en esa nueva memoria, en una nueva marca en tu piel blanca que al volver de allá se encuentra enrojecida por el sol.
A Cecilia, mi abuela


Nostalgia inexorable viene; y se detiene el tiempo un instante; y ese gusto tuyo, nuestro, se convierte en esa nueva memoria, en una nueva marca en tu piel blanca que al volver de allá se encuentra enrojecida por el sol.

Pudo quedar mejor, pero a pesar de las grapas torcidas, el rostro que te mira de regreso se parece de nuevo un poco al tuyo.

Demasiado cianuro para esos ojos de manantial. Hay tanto viento elevando su ego. Tanto vidrio de ventana trizada.

Resulta una experiencia surreal transitar por la paranoia, el miedo y la desesperación portuguesa ante el coronavirus mientras mis redes sociales, con mayoría de voces mexicanas, ríen a rienda suelta.

Hoy soy fuego y vida, hoy soy mar y furia, hoy soy calma y desdicha, hoy soy libre, sin tapujos y sin etiquetas.

Falta esa chispa, esa sutil minucia que haga estallar el mundo en pedazos. Una grieta en la corteza terrestre que se trague a todos los predicadores de esta realidad. La nuestra. La esclavitud no es un oficio, por mucho que esté aceptado por el Consejo Regulador de turno.

Te digo poco y te pienso mucho; cuando este mundo pisaste y dejaste.

Hay dos posiciones aparentemente irreconciliables entre la ensoñación romántica de Gil y el seco pragmatismo de su prometida Inez, pero no lo son tanto.

En el camino he convivido con mujeres que me han abierto el panorama y me han puesto en mi sitio, por las buenas o por las que haga falta. En esa fila de mujeres va a la cabeza mi esposa y hay otras que llegan en forma de libro, como Svetlana Alexiévich.

Mi niña de 10 años hoy caminará por las calles por todas las mujeres que no han tenido voz, siguen sufriendo violencia, están desaparecidas o han muerto. Hace varios meses tuve la fortuna de conocer a tres niñas entre 5 y 10 años, todas son muy distintas entre sí. Estaba acostumbrada a estar rodeada de […]

Cada desaparecida es una herida abierta en miles de familias, un caso sin respuesta, una fotografía olvidada en un mundo lleno de imágenes y de información acelerada y efímera.

Te hablan de él a menudo, pero para ti, es como la primera vez. Tus recuerdos te parecen de otras vidas, quizás no son tuyos. Ya no lo sabes.

Somos fuego y cenizas al mismo tiempo.

Don Gregorio lleva en la mano derecha un papel arrugado escrito de su puño y letra. Mira de lado y se persigna justo enfrente en la Iglesia de Santiago Apóstol, en el centro del pueblo.

Por: Luna Medina Demarco Nadie quiere estar lejos mío, tenerme lejos, pero pocxs se bancan estar a mi lado.

¿Cómo algo tan aparentemente escueto –y hasta ordinario, alcanzando lo nimio– puede cuantificar al ineludible titán Cronos, aprisionándole como el Tártaro alguna vez lo había hecho, de donde nunca pudo escapar, como tampoco escapó A. Ruthar Elbiar?

Mientras conduce, asimila la imagen del caballo agonizante a la muerte de un ser mitológico, de algo que participa de la esencia divina. Tal vez es la misma percepción que los indígenas de las regiones árticas podían tener del reno.

No necesitaba tus besos en mis hombros; mucho menos tu sonrisa los domingos.

No hay motivo específico para convertirse en carterista. William S. Burroughs robó carteras durante su adicción al caballo, aunque no creo que el mamón que ha asaltado el camión del trabajo se vaya a convertir en un hito literario.

Creía que el miedo a la muerte era el sentimiento más primitivo que había experimentado, pero sin duda el pavor a la desaparición era mucho peor.