¿Cómo algo tan aparentemente escueto –y hasta ordinario, alcanzando lo nimio– puede cuantificar al ineludible titán Cronos, aprisionándole como el Tártaro alguna vez lo había hecho, de donde nunca pudo escapar, como tampoco escapó A. Ruthar Elbiar?


¿Cómo algo tan aparentemente escueto –y hasta ordinario, alcanzando lo nimio– puede cuantificar al ineludible titán Cronos, aprisionándole como el Tártaro alguna vez lo había hecho, de donde nunca pudo escapar, como tampoco escapó A. Ruthar Elbiar?

Mientras conduce, asimila la imagen del caballo agonizante a la muerte de un ser mitológico, de algo que participa de la esencia divina. Tal vez es la misma percepción que los indígenas de las regiones árticas podían tener del reno.

No hay motivo específico para convertirse en carterista. William S. Burroughs robó carteras durante su adicción al caballo, aunque no creo que el mamón que ha asaltado el camión del trabajo se vaya a convertir en un hito literario.

Creía que el miedo a la muerte era el sentimiento más primitivo que había experimentado, pero sin duda el pavor a la desaparición era mucho peor.

Cada saludo es recuerdo de esa incógnita permanente, del café jamás servido, de la cita no sostenida.

Lo que la escritora Clarissa Pinkola Estés menciona como salvaje femenino no es más que la divinidad femenina, ese lado de la mujer que ha sido hecho a un lado, ridiculizado o incluso perseguido.

No me falta nada, me sobras tú.

Siempre, a pesar de todo, encuentro la manera de sobrevivirme.

Porque te apiades de esta persona que te ama como nadie te amará en tu vida.

Cuanto más las pienso, más se clavan, y si las dejo volar por mi cuarto como partículas, me siento huérfana de palabras.

Todo colisiona al afán del tacto.

Me deseo con todo mi ser. Con toda mi sed de deseos del mundo.

Haces a las mujeres cíclicas, cambiantes y hermosas. Lucharé contigo para que no te quiten ese poder.

Subió el volumen de la música, se puso unos guantes y comenzó. Era rápido, preciso, perfeccionista; el escultor de la carne, conocedor de la anatomía, cortaba y disfrutaba, mientras bailaba con los cuchillos como pareja de baile, al compás, concentrado, sin perder el ritmo.

La nostalgia había vencido a los fantasmas. Ahora era capaz de escuchar su canción sin sufrir.

Mi corazón ya tenía dueño, no debería quedar espacio para nadie más, pero no era así; aquella mirada hizo magia y encontró el resquicio justo para entrar.

Escribo esta carta desesperada, desde la cubierta del barco ‘Open Arms’, representando a cualquiera de las 134 personas que me acompañan. La meteré en una botella y la lanzaré al mar, sin saber qué ocurrirá mañana.

Otro día más que llego a casa, me quito los tacones y me lanzo en el sofá. Otro día más que mi mente se hace un nudo y, al final del laberinto, aparece la palabra.

Y es que hay una diferencia de amar y querer, cuando se comprende que uno no es dueño del ser amado; que amar es dejar en libertad para verlo florecer. Y entre todo, hemos decidido ver la felicidad. Juntos decidimos aventurarnos.

Hemos desgastado el tiempo estando juntos, dejando atrás una estela de horas lúgubres y putrefactas. A veces te marchabas, por breves intervalos de tiempo. Entonces, yo respiraba.