No necesitaba tus besos en mis hombros; mucho menos tu sonrisa los domingos.
Inimaginable


No necesitaba tus besos en mis hombros; mucho menos tu sonrisa los domingos.

No hay motivo específico para convertirse en carterista. William S. Burroughs robó carteras durante su adicción al caballo, aunque no creo que el mamón que ha asaltado el camión del trabajo se vaya a convertir en un hito literario.

Creía que el miedo a la muerte era el sentimiento más primitivo que había experimentado, pero sin duda el pavor a la desaparición era mucho peor.

No todos los días conoces a tu escritor más admirado, ni te tomas una cerveza –o tres– con él a escasas cinco cuadras de la Fuente de Neptuno.

Cada saludo es recuerdo de esa incógnita permanente, del café jamás servido, de la cita no sostenida.

Lo que la escritora Clarissa Pinkola Estés menciona como salvaje femenino no es más que la divinidad femenina, ese lado de la mujer que ha sido hecho a un lado, ridiculizado o incluso perseguido.

Nos han presionado para encajar en modelos de mujeres que no existen; como si ser nosotras estuviera mal; como si las historias de vida que tenemos no fueran dignas de ser apreciadas o contadas.

No me falta nada, me sobras tú.

Siempre, a pesar de todo, encuentro la manera de sobrevivirme.

Porque te apiades de esta persona que te ama como nadie te amará en tu vida.

En casa debe haber más souvenirs que comida en la heladera. Desde los 15 años, cada cierto tiempo (veinte o treinta días, aproximadamente), agarro uno sin que nadie lo note y lo tiro al basurero.

Una teoría que tengo es que, tal vez, si miras allá arriba lo suficiente, allá donde las nubes nacen, te pueden salir alas. Aún no la he comprobado, sigo en eso.

Cuanto más las pienso, más se clavan, y si las dejo volar por mi cuarto como partículas, me siento huérfana de palabras.

Quedé en ese callejón con la única compañía del frío; un compañero que, por más abrigo de piel que tengas, te dará una caricia que te llega a los huesos.

Todo colisiona al afán del tacto.

Me deseo con todo mi ser. Con toda mi sed de deseos del mundo.

Haces a las mujeres cíclicas, cambiantes y hermosas. Lucharé contigo para que no te quiten ese poder.

Subió el volumen de la música, se puso unos guantes y comenzó. Era rápido, preciso, perfeccionista; el escultor de la carne, conocedor de la anatomía, cortaba y disfrutaba, mientras bailaba con los cuchillos como pareja de baile, al compás, concentrado, sin perder el ritmo.

La nostalgia había vencido a los fantasmas. Ahora era capaz de escuchar su canción sin sufrir.

Mi corazón ya tenía dueño, no debería quedar espacio para nadie más, pero no era así; aquella mirada hizo magia y encontró el resquicio justo para entrar.