La mesa está puesta para que Puebla recuerde su ADN patriótico y futbolístico. El primer enemigo es el Atlas, hay estrategia y soldados para lograr la hazaña. La pregunta es: ¿habrá garra, entraña, pasión y ganas de hacer historia?


La mesa está puesta para que Puebla recuerde su ADN patriótico y futbolístico. El primer enemigo es el Atlas, hay estrategia y soldados para lograr la hazaña. La pregunta es: ¿habrá garra, entraña, pasión y ganas de hacer historia?

Irle al Aclas es estar al pendiente de un “cisne negro”, esa metáfora estadística acuñada por Nassib Taleb que nos indica que un evento impactante, fuera de toda expectativa racional es, no obstante, siempre posible.

De pronto alguien me dijo al oído: ¿quieres bailar? Abrió los ojos y me sonrió con una de esas malditas sonrisas que quieres guardar en tu bolsa para que te acompañe toda la vida.

Se renta, dice un cartel. Ay, la renta. Se renta, no se vende, quiero pensar. Cambia de camiseta para luego volver a ser el monstruoso local para el que no pasa el tiempo, quiero pensar. Adáptate a los tiempos, Patrick, y luego vuelve…

El efecto de sombra llamado umbra oscureció todo el barrio. Cerré los ojos, mis párpados eran como un objeto celeste cuya traslación se ubicaba entre la luz de la recámara y mi iris, las luces dentro de mis ojos que imitaban auroras boreales y agujeros negros eran mi propio espectáculo, mi propio eclipse.

Al volante no siempre podrá hacer feliz a todo el mundo, pero podrá dirigir su destino, en taxi o en la cancha, para poder hacer feliz a los suyos.

Cuando despertó, recordó que había ganado el avión presidencial. Ahí estaban los ojos de Lulú: hinchados y vacíos, mirándolo con una mezcla de pena y compasión. El dolor de la intravenosa lo ayudó a despertar. No sólo estaba en la cama de un hospital, estaba esposado a ella.

Su vida se había reducido a nada más que su propia existencia y ya no le quedaba más que un cuerpo exiguo, esperando dar un último suspiro, porque los suspiros no se los queda la vida; se los lleva el alma.

Cierro los ojos. Llegan los fantasmas de sal. El aliento de las algas. El rumor del océano

Antes de que la ráfaga terminara, pudo sentir piquetes de mosquito por todos lados. El pecho, las piernas, los pies, la cara. Después todo fue negro.

Es el nombre del álbum de fotos que no debo mirar. La palabra que ahora escribo tanto para desahogar todas las veces que no te la he podido decir.

Hay que correr y llegar al dolor. Un dolor tan fuerte que lo único que quede por delante sea correr. Un dolor que nos permita seguir escribiendo.

Malditas flores, mil veces malditas, que hayan florecido ahora que ella ya no las espera.

No sé cuántas veces sonreímos con complicidad ante los encendedores prendiendo la flama de la realidad aumentada, una realidad que queríamos conservar para siempre.

La miré de nuevo. Desde la ventana, los brazos del sol se levantaban sigilosamente renovando de esperanza y dicha al nuevo día.

Estaba ansioso por contrastar aquella teoría del polaco Pawel Rouba, quien argumentó que las alas de los húsares fungían como un mecanismo de defensa contra el ataque de lazo de los tártaros.

Todo artista deja su obra para quien se atreva a asomarse al ataúd que estará siempre abierto. Garibay lo tuvo claro: permanecer es el afán único de todo hombre.

Es tu señal. Es el guiño terminal. Mi visibilidad se corta. Te pierdo. Es un desenlace lapidario que te corresponde cambiar o sentenciar.

Me quedé despierto, preguntándome por qué se fue, en dónde se pone todo esto que dejó y si ese raro objeto llamado ‘destino’ me tenía algo a sólo una cuadra de mi vida.

Era un cuarto cuadrangular, grande y vacío. Cerró la puerta. La oscuridad se tragó todo. Pero la risa, incontrolable, seguía. Era tan fuerte que parecía surgir de lo más profundo de la tierra.