Vi un colibrí en las flores que me regalaste; le costaba trabajo volar.
Pensamiento aciago


Vi un colibrí en las flores que me regalaste; le costaba trabajo volar.

Con Más Allá de Orión, Ana ha terminado de enamorarse. De una manera tangible y racional. Sólo como lo podemos hacer los que nos sentimos humanos.

He vuelto a escribir más de medio millar de páginas contando nuestras historias: el pasado que en realidad nunca se repite.

El mundo es un lugar más gris sin Leonard Cohen y, como dice The Edge, guitarrista de U2, hay que abrazar el recuerdo a sabiendas de que no existirá nunca más una figura así.

El camino que uno recorre no depende de los propios deseos. A veces existen circunstancias que debemos sortear mientras lo hacemos. Incluso, dar la vuelta y recomenzar el camino. No está prohibido, siempre hay una siguiente salida.

Y me corté queriendo empujar, de mala gana, esos eventos filosos, ideas de arcilla, pedazos funestos.

Distancia entre el horizonte y el final;
salto, beso las margaritas.

Es en la medida en que usamos el espíritu crítico que podemos dejar de incorporar estas nociones tan arcaicas y anticuadas asociadas a los sexos.

o quizás sólo nos olvidamos de ella / aunque exista, como una / sombra que sucede nuestros / pasos.

La lectura de la novela Vas a hacerlos bailar propició una suerte de interrogatorio a larga distancia con el autor.

Esbozar la sonrisa. Darle esperanza a la esperanza para que vuelva a surgir. Volver a creer y a recuperar. Volver.

El cuerpo es tan solo pergamino, cicatriz de rastro innominado, rastros de saliva. El vestigio de la memoria colectiva convertido en ruina.

Entro en la habitación vacía y solo queda el eco. Un eco vacío que no me abandona, hablándome de raíces que llaman a mi interior.

¿Los sueños tienen color? ¿Se puede soñar con los ojos abiertos? Creo que ya es tiempo de despertar.

Arranca la previa de los Óscares, la alfombra roja más larga del mundo, con una de las películas que habita varias categorías. Hablo también, por qué no, del futbolista enamorado del galardón individual y, por último, del extraño experimento destructivo que en su secuela se superó a sí mismo.

Dos epistolarios amorosos que llevan la firma de dos de las mejores plumas de la literatura centroeuropea del siglo XX.

Dos manos que gritan lo vivido, lo bueno y lo malo; que tocando abrazan, que laten, que hablan.

Imágenes llenas de cables de luz saturan mis pupilas, impiden que esta imagen quede limpia cuando se acciona el disparador.

Y si me palpo los bolsillos, sé que puedo hacer una última apuesta.

Mira los cielos llenos de humo
verde y morado. Que, entre toda esta bruma, seremos libres.