La vida misma es como ser del Cruz Azul: tiene momentos muy amargos, pero algunos pocos que te llenan el corazón; te caes, pero te levantas; te vuelves a ilusionar hasta que aprendes a disfrutar el camino.


La vida misma es como ser del Cruz Azul: tiene momentos muy amargos, pero algunos pocos que te llenan el corazón; te caes, pero te levantas; te vuelves a ilusionar hasta que aprendes a disfrutar el camino.

Que te pensé cada día y que deseo que tengas tantos, tantos años de vida y tantas historias por contar, que no me aferro a ninguna de estas ilusiones.

El voto centennial, es decir, de chicos y chicas de 18 a 24 años de edad, será decisivo en las próximas elecciones, aseguran especialistas.

Cada palabra cuenta en un espacio de papel finito. Por eso muchas personas atesoran las cartas. Tal vez por eso mismo antes eran menos las palabras que se llevaba el viento.

Hemos cerrado este capítulo de forma circular, jamás había conseguido cerrar así una historia y tú como siempre me enseñas hasta en tu último aliento. Nos volveremos a ver.

Conocí a ese hombre quien espolvoreaba sus maleficios con azúcar, quien tejía una telaraña de conquista y cosquillas, y quien se transformó en aquella araña del rincón.

No te metas conmigo, le dije, que no sabes con qué te puedes encontrar. Él se sobó el brazo asustado y volvió a respirar buscando algún testigo de esa tremenda humillación que él mismo había creado. A mí se me llenaron los ojos de fuego, de infierno, y me convertí en un recipiente de ruido y desorden.

Solía creer que la vida era así, ahora me entero de que no lo sé. He vivido poco, de a poco, aletargada y es hasta este momento que me siento vacía, confundida, perdida.

¡Justicia! ¡Pido justicia para mi hijo! Por 20 soles me lo mataron a mi hijo, 20 soles no me lo van a devolver.

La capacidad de este equipo de reinventarse es increíble, no somos fieles ni leales… somos cruzazulinos.

Cruz Azul juega la Final. Corrijo, otra Final. Así, con mayúscula. He vivido cinco… Todas perdidas. Nunca dejé de creer en que merecía, por fin, ganar. Supe esperar. La gente supo esperar. Ya no queremos esperar. Estamos hasta la madre de esperar.

En esta final puede venir lo que amo, pero desconozco. Y me asusta, me asusta tocar el cielo. Porque para irle a Cruz Azul hay que tener cojones.

Todo eso quedó en un país del que somos constantemente rehenes. Ah sí, también me acuerdo de ti.

…el colega era campeón mundial de Muay Thai, solo lo supimos después, a ver… ¡a hostias!… a hostias se cargó a su compañero de celda… pero… ¿el compañero de habitación quién era?

Breve homenaje a esos maravillosos versos de Coda (con todo y Alfonso André o el doble no reconocido de Alfonso André) que nos recuerdan lo que fue y no sabemos si va a volver a ser. Para bien… y para mal.

Luego se hizo un silencio. Un silencio sepulcral, casi perpetuo que me permitía darme cuenta que seguía teniendo el rostro infantil, los ojos vivos, la piel clara y la nariz aguileña de los años de juventud.

Trató de captarlo todo con los ojos, pero un par de lágrimas se lo impidieron. Darío encendió un cigarrillo. Juan movía la cabeza al ritmo del sucio rock que sonaba más fuerte que todas las sirenas que se lamentaban por la ciudad. El Volkswagen avanzó deprisa cuesta abajo sobre la pronunciada avenida, hacia la noche.

Estoy en bancarrota y desempleado, pero con un buen presentimiento. Y a veces con eso basta. Eso y también que los hijos de puta que hoy jugaban, que hoy defenderían la camiseta —la que corrí a comprar— me habían demostrado durante diecisiete jornadas que ni mi estúpida maldición podía con ellos.

Un día ganaremos: te juro que un día ganaremos. ¿Por qué somos del Atleti? Por esto. Porque capaz ganamos. Capaz ganamos. Puta madre, ya me cayó el veinte: puede que ganemos.

Todo listo. No olvides gritar para sacar el odio, pero cierra la boca, no te vaya a entrar una mosca. Disfruta el vuelo, sin importar cuánto dure.