Al volante no siempre podrá hacer feliz a todo el mundo, pero podrá dirigir su destino, en taxi o en la cancha, para poder hacer feliz a los suyos.
De taxis y taxistas (VIII)


Al volante no siempre podrá hacer feliz a todo el mundo, pero podrá dirigir su destino, en taxi o en la cancha, para poder hacer feliz a los suyos.

En mi extravío, yo me he sentido más de una vez, una falena azul en el último trance…

Cuando despertó, recordó que había ganado el avión presidencial. Ahí estaban los ojos de Lulú: hinchados y vacíos, mirándolo con una mezcla de pena y compasión. El dolor de la intravenosa lo ayudó a despertar. No sólo estaba en la cama de un hospital, estaba esposado a ella.

Viajar ayuda a resolver el enigma del duelo: esa señal que te recuerda -cuando vas a dar un paso para ser feliz- que una vez perdiste un paraíso que alguien no te va a devolver ya nunca.

Su vida se había reducido a nada más que su propia existencia y ya no le quedaba más que un cuerpo exiguo, esperando dar un último suspiro, porque los suspiros no se los queda la vida; se los lleva el alma.

Cierro los ojos. Llegan los fantasmas de sal. El aliento de las algas. El rumor del océano

Antes de que la ráfaga terminara, pudo sentir piquetes de mosquito por todos lados. El pecho, las piernas, los pies, la cara. Después todo fue negro.

Si lo escrito perdura más, que sirva como registro de un tiempo, un sentimiento, un espacio y, por sobre todo, como registro de que alguien, alguna vez amó.

A propósito de la legendaria reflexión de José Saramago en Viaje a Portugal, como preludio a las lecturas de abril proponemos el siguiente manifiesto: Hay que leer lo que no se ha leído pero también lo que ya se leyó, leer en primavera lo que se ha leído en verano, leer de noche lo que […]

Te quiero noche a noche y beso a beso. Te quiero con mis noches y con mis días.

Tiranas páginas en blanco, nunca cambiarán la inclemencia, tu desamparo.

Es el nombre del álbum de fotos que no debo mirar. La palabra que ahora escribo tanto para desahogar todas las veces que no te la he podido decir.

Hay que correr y llegar al dolor. Un dolor tan fuerte que lo único que quede por delante sea correr. Un dolor que nos permita seguir escribiendo.

Las generaciones se miden por la coincidencia en la adolescencia. La mía se fue de largo y con ella los anhelos se convirtieron en el marco de un espejo que se niega a morir en una mudanza cualquiera.

Malditas flores, mil veces malditas, que hayan florecido ahora que ella ya no las espera.

Atravesando los cristales, respira y calla, y a su alrededor todo es símbolo.

Una historia de dolor ante la migración. La migración, también, obligada: noche y día en desvencijadas camionetas que cruzan la frontera por el desierto. Estamos llegando. Nunca llegamos, pero siempre estamos llegando.

Parece inevitable no vivir estos días con síntomas de distorsión: habitando una especie de realidad alterna.

Perderse para encontrarse. Morir para volver a nacer. Regresar al origen para reapropiarse de los símbolos, las palabras y así construir su nuevo mundo. Escribir para explicarse a sí misma.

En la decimoquinta Babosada fungen como chambelanes el Hugh Grant que dominó los noventa, una de las mejores películas en la historia del cine y una de las peores comedias jamás realizadas. Es normal, ¿no? Alguno debe ser el bailarín simpático, otro quien se luce y por último arriba quien tira a la quinceañera a […]